Blanco sobre negro

Juan Diego Madueño

El otro Juan Diego

En Córdoba, durante la Navidad, volví a ver al holograma de mí mismo corretear por las calles. No pasa siempre, al contrario, sólo en determinados momentos. Si la realidad era propicia aparecía este otro Juan Diego sin gafas, afeitado y peinado con gomina. No hemos cruzado ni una palabra pero lo sé: es un viejoven prejuicioso, con convicciones ardiendo como antorchas y feliz en la parcelita de la vida que abarca abriendo un palmo. Tiene cara de frase condicional. Al menos no es como los fantasmas malencarados de Dickens, auténticas pesadillas. Este monstruo respeta el sueño; se dejaba caer con el primer sorbo de las copas, estuvo a mí lado en el ambiente distendido cargado de amigos, paseó por las noches de abrazos y felicitaciones, saludaba efusivamente a la gente con la que ya sólo intercambio un gesto furtivo.

Al otro Juan Diego me lo encuentro desde hace tres años, siempre en las mismas fechas. La Navidad es el ambiente perfecto porque estamos todos de vuelta, apelmazada la ciudad con balizas que señalan qué sería ahora. El holograma salta de una a otra. Encontrarme con el Juan Diego transparente activa un presente que no vivo. Lo sintoniza exponiendo las situaciones que, simplemente, quedaron atrás por las decisiones tomadas en lo últimos años. Si aparece, trae el aroma de los momentos. La primera vez que lo vi fue en el McCauto del Brillante, lugar de referencia para toda una generación. Olí los días de la casa de Quino y los chistes y el whisky al verlo pedir varios menús mientras agitaba una tarjeta universitaria caducada. La presencia del espectro-del-otro-presente es fundamental porque ni yo mismo sé qué he hecho en estos años. De algún modo, instantes o personas reales activan a este ser navideño para vivir la existencia de la que me fui, exponiendo como la mercancía de un mantero la otra vida que surge bajo mis elecciones. Toman cuerpo por contraste y me permiten, más o menos, entender lo que soy.

Sin embargo, esta Navidad cambió, y no sólo actuaba por los bordes del presente, sino que me emboscó con algunos recuerdos. El otro Juan Diego me esperaba por las esquinas agazapado en el pasado. Lo encontré apoyado en un portal de Jesús y María, como esperando. También estaba tirado en la escalinata del Museo Arqueológico con una americana de terciopelo a medio quitar y la bragueta abierta. Desde el Angelillo, lo vi gateando por la puerta de la antigua discoteca Cibeles, apuntando las arcadas al espacio entre dos coches. Son ejemplos de la selección de rincones en los que vomité etílico o le metí mano a alguna chavala, esquinas del mapa de Córdoba –un tesoro– que tengo marcado con pes: petting o pota. Desde fuera, el resto me habrá visto mirando a la nada, distraído, concentrado en una pared cualquiera. No saben que ante mí se sucedían estas espantosas escenas representadas por una presencia fantasmagórica.

La presencia de este tipo me resulta incómoda pero reconozco que en el fondo me gusta. Proyecta la sombra de un personaje divertido y simple, extrovertido hasta la exageración, al que alguna vez he seguido en secreto, vagando por las madrugadas frías de la Judería, trastabillándome alcoholizado al pasar por las Tendillas, espiándolo oculto detrás de los setos de Cruz Conde. Hay algo adictivo en ser espectador de los trozos de vida que dejé atrás. Otras noches me sigue él a mí. Lo descubro traspasando los taxis parados, apurando por las esquinas, en medio del vial rodeado de coches en marcha. Intenta camuflarse por detrás sin éxito: siempre lo pillo. Acelera cuando llego a casa. Giro la llave y antes de acostarme ya se ha fundido conmigo.

Al día siguiente, siempre es el último día, compruebo, todavía en la cama, obligado por el otro Juan Diego, si existe la opción de viajar en algún tren que salga más tarde de Córdoba. Me abruma la obligación de hacer la maleta. Nunca encuentro nada de lo que me tengo que llevar. Doy vueltas por casa sin sentido. Me siento en la cama a esperar no sé qué sin hacer nada. Mi madre dice que espabile, que siempre se me olvidan las llaves y el cepillo de dientes, porque no conoce a esta presencia que actúa por mí; simplemente no tengo la culpa. Voy arrastrándome hasta la estación cargando, además del equipaje, con este otro yo, un lastre que me obliga a visitar siempre el kiosko cuando en la tabla de horas parpadea mi tren, ir al baño o, simplemente, ralentizar mi marcha sin ningún motivo. En el control de seguridad me miran raro si hago aspavientos para quitármelo de encima. Arranca el convoy y por fin se esfuma hasta la próxima vez. En ese momento llega la misma odiosa resaca de siempre: una estúpida ilusión sobre lo fácil que sería vivir de otra manera.

Alejandro Ruiz-Huerta

A Alejandro Ruiz-Huerta lo veía todos los días en la Facultad de Derecho de Córdoba. Casi siempre en compañía de Annaïck, nuestra profesora de Constitucional, tomando café en la barra de la cafetería o caminando por el claustro. La barba le oscurecía la cara. Parecía demasiado serio. A las pocas semanas de iniciarse el primer curso pasó por delante de nosotros. Descansábamos entre clases apostados en la puerta de la antigua aula magna. Puedo oler esas mañanas frías, los tonteos torpes. Alguien susurró algo sobre un atentado y Atocha, nunca hubo concreción al respecto. A partir de ese momento Alejandro Ruiz-Huerta se convirtió en el tipo al que tirotearon de joven en una pierna. Sin más: “Un rojo”.

Cinco años después de mi último día en aquel edificio por donde me movía feliz y despreocupado, la Policía ha detenido a Carlos García Juliá. Leo las dos entrevistas de la periodista Leyre Iglesias a Alejandro Ruiz-Huerta y me siento estúpido por las risitas, por la oportunidad desperdiciada. Ni siquiera Annaïck me miraría con compasión, como hizo tantas veces. No sé si Ruiz-Huerta, que vio morir ejecutados a sus amigos con la misma edad que tengo ahora, nos dio clase algún día. No lo recuerdo.

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La finca portuguesa de la familia de Carol es enorme y quebrada, ideal, según dicen, para la caza. Los bichos aparecían entre los matorrales o correteaban en grupo. Verlos está bien pero no me entusiasma. Las paredes de la casa estaban decoradas con los trofeos de calaveras, cabezas disecadas y colmillos. Me impresionó la parte repleta de búfalos –la última cabeza rozaba el techo a gran altura–; sobre nosotros, que bebíamos y reíamos en aquel salón, parecía una instalación artística enviando algún mensaje. Tampoco me preocupé por descifrarlo. El viernes cenamos lasaña de gamo. Y el sábado, víspera de las elecciones andaluzas, comimos carne a la brasa en un claro del bosque, sentados en una mesa larga y estrecha las cinco parejas y media. Marta viajó sin Ángel. El pollo asado de la última cena también estaba buenísimo. Mer se enfadó conmigo porque confesé que no había votado ni ahora ni en las convocatorias anteriores, generales o autonómicas. Pues si no votas no te puedes quejar, dijo. Ese argumento siempre me ha parecido una mierda, le respondí. El resto participó de la discusión floja. Clara intentó ayudarme. Definitivamente, estaba en minoría.

Los hombres habíamos jugado al póker por la tarde. El viernes perdí la primera mano, cuando aún no habíamos retirado los comodines. El sábado se la devolví a Jaime, que apostó todo como Borja y perdieron, también en la primera jugada. El amigo invisible, los jerséis navideños y el juego de mesa –qué aburridos son– nos metieron en la cama sin que nos diéramos cuenta. Al día siguiente, desayunamos los últimos.

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El viaje a Zaragoza en autobús no fue tan penoso como imaginaba. Consumimos, en total, siete horas del día en el trayecto. Leí El Mundo sin marearme. Se agredece que los periódicos impresos tengan batería siempre y no digan la hora. Ver a Andrea, aunque fuese por un motivo triste, mereció la pena. Nos reímos. Siempre se activa la misma conexión entre los que nos conocimos en Módena. Un soplo, no sé. De vuelta en Madrid cenamos con Lucía en la Mucca de Almagro. Nos repusimos rápidamente del viaje y bebimos los tres en un bar de Chueca y en el Triskel y acabamos en Lavapiés, haciendo cola para entrar a Candela. Vi dos argentinos vestidos con el chándal de River Plate caminando por Santa Ana. Adolfo se quedó con nosotros. Me decepcionó un poco que el camarero no me reconociera después de la charla que tuvimos un domingos de madrugada, cuando se había ido todo el mundo y me enganché a la barra con Carlos. Al menos pudimos comprobar que, tras siete años, Clara, por fin, baila algo parecido al flamenco. Llegamos a casa a las 8 de la mañana, justo un día después de quedar con Tito para ir andando juntos a la estación de autobuses. Como no aguantaba y sólo tenemos un baño, bajé de nuevo a la calle a mear en un árbol.

Mi patética adicción

No puedo dejar de comerme las uñas. Disfruto arrancándome pedazos de mi cuerpo con los dientes. Lo hago de forma automática o señalando un objetivo difícil —las mezclas de piel y uña son muy preciadas— y no paro hasta masticarlo. Eso dice de mí varias cosas. No sé explicar exactamente qué. Sólo puedo interpretar las conclusiones, los mensajes que voy dejando por ahí al airear los dedos erosionados, pero soy incapaz de concretar el resultado de añadir este defecto estéticamente desolador a la imagen que proyecto. Imagino algo por comparación: me horroriza descubrir en la gente uñas vaciadas, pegadas a la carne, restos enrojecidos o pequeñas heridas abiertas en la zona cero. Cambia radicalmente mi percepción sobre esas personas y me acojono si pienso que el resto me ve así, una persona débil o algo parecido, como si hubiera crecido con un escalón mental sin superar. Cristiano Ronaldo tiene unas uñas lamentables que le desmontan un poco. Algo falla. Lo pienso de mí cuando me las veo en fotos. “Eres un tipo patético”, me digo. Por eso a veces escondo las uñas cerrando el puño si echo el brazo sobre alguien. También junto muchos los dedos al coger cualquier objeto frente a otra persona.

Con los años, esta enfermedad ha empeorado irremediablemente. En Primaria le cogí el gusto a lamer la guindilla que rociaba mi madre sobre mis manos. Disfruté del sabor agrio de un líquido que vendían en la farmacia, un pintauñas medicinal transparente. No ha servido el acoso al que he sido sometido durante años por mi familia cada vez que me descubrían con los dedos en la boca. Sus reproches alimentaban la obsesión. Me aíslo de la realidad mientras afeito las garras agotadas, como quien bebe sediento de una fuente de la que sólo se escapa ya un hilo de agua. Siento alivio cuando consigo llegar a los recovecos inaccesibles, las rugosidades, la última esquirla de uña, pero al momento me arrepiento, me limpio y procuro no pensar más en ello. Inconscientemente, a los pocos minutos estoy otra vez martilleando cualquiera de los dedos.

Una vez dije que sucedía por nerviosismo ­—“estoy nervioso”, me excusé— sin conocer en realidad por qué lo hago. Nunca lo he sabido. Desde entonces tengo que aguantar preguntas lamentables sobre si estoy nervioso en situaciones evidentemente relajadas. En realidad me sirve para concentrarme. Es un círculo vicioso. Cuando me bloqueo, me distraigo. Si me distraigo es para morderme los dedos. Y a su vez me ayuda a desatascar ideas. Las frases aparecen cuando aprieto mis pequeños muñones. Mejor si me araño finamente con las aristas sin consumir; lo he convertido en una atrocidad. Sólo he podido llegar hasta aquí gracias a una sobredosis, arrancando letras y padrastros.

Dos veces he conseguido enlazar varios meses sin hacerlo. Nunca me lo propongo. Primero durante el Erasmus y después el pasado invierno, hace justo un año. Siempre pasa lo mismo, poco a poco me disuelvo hasta que apenas me quedan ya meñiques. Esa es la luz verde para atacar al resto. La dimensión real del problema la descubro ahora. Entre frases golpeo de forma inconsciente unas uñas con otras, mientras pienso lo que sigue el anular ataca al pulgar, poso el corazón sobre los labios, me toco las mejillas, la nariz, la barbilla, bordeando siempre la esquina del crimen, los pasos que me llevan al callejón oscuro del subconsciente. Ahora mismo hay saliva en el teclado. Algunos restos blancos alrededor de las teclas. De un índice apenas se distingue la línea dura sobre la piel. Esta adicción patética palpitaba mientras intentaba desgranarla.

Un lunes perfecto

Mi lunes perfecto siempre es el mismo e incluye planes como si viviera de algunas pequeñas rentas heredadas o de los royalties de una novela mediocre y pudiera permitirme desayunar fuera, pasear observando el primer atasco del día, ir al cine, entrar en algún museo, tomar el aperitivo y leer algún diario o comprar algún libro nuevo en las dos o tres librerías que tengo localizadas cerca. Normalmente no ocurre eso, sino que me levanto demasiado tarde para presenciar el atasco a primera hora, me entretengo usando el móvil en la cama, desayuno mal, leo por internet, curioseo títulos de libros en Amazon, y así hasta la hora de comer, deslizando minutos de las mañanas de los lunes que el turno de la redacción me cambia por la noche de los viernes.

Madrid tiene esa influencia terrible por la que uno cree que suceden cosas interesantes continuamente y se las está perdiendo. Eso me agobia, consigue paralizarme. Pocas veces salto a la calle cuando el resto trabaja para ver qué pasa. Cuando ocurre, es a horas complicadas y vagabundeo buscando algún destello, la terraza en la que sentarme o el personaje al que seguir discretamente un rato, miro de reojo a algunas chavalas, intento leer los labios de las conversaciones, me las subtitulo. No utilizo el metro desde hace meses. Siento el alivio de ir a contracorriente, eso me sitúa en algún puesto entre los imbéciles. Durante tres semanas trabajé como comercial de una aplicación para bares, si es que vale como aventura en Madrid.

Este lunes comencé a caminar por Velázquez sin rumbo veinte minutos antes de las dos, un poco agobiado, viéndome en el vertedero de las mañanas en casa. En esta ciudad se reforman pisos sin freno, los obreros dan unos golpes tremendos, y en esos sonidos naufrago un poco. Las reformas son el drama silenciado de Madrid. No sé por qué llegué hasta El Prado. La fiestecita del segundo centenario había acabado, los trabajadores saludaban enajenados hacia mi dirección, como chiquillos. Miré hacia atrás. Sólo estaba yo. Sin entrar al museo, volví inmediatamente a casa en una de esas motos eléctricas de soltero, que sólo tienen un casco y parecen tuneadas en tonos verdes.

Me sorprendí a mí mismo cogiendo el paraguas el miércoles tras observar el nublado. Siempre me ha parecido una aberración anticiparse de esa forma tan pesimista y, por lo tanto, realista. Igual que en esas noches universitarias nunca llevaba preservativos en la cartera porque prefería el placer de ser yo el culpable del fracaso. En esos casos no me gustaba ser tan optimista, me producía una pereza indescriptible la obligación de intentarlo. La ausencia de paraguas y condones ha provocado situaciones descacharrantes, me he mojado más veces de las que creía, para mí eso es lo más interesante, ser feliz sólo en la meta es triste: todos los polvos que quedaron flotando en el ambiente también me los cuento.

Lo de Italia está gastadísimo

Este fin de semana viajé a Milán para hablar de toros. Posiblemente sea lo más exótico que he hecho nunca, chapurrear italiano delante de una docena de personas en un local lejano al Duomo llamado Punto Flamenco. Dentro, en un salón con biombos y sillas monísimas, había un almohadón como un estrado líquido ocupando el centro de la habitación. Pensé que el resumen de la temporada lo haría sentado ahí, medio tumbado, con una actitud distraída, consultando de vez en cuando el cuaderno de notas y mirando a los ojos a alguna italiana guapísima, con fluidez en el idioma y el carisma de los desganados. Sin embargo, nos dirigimos hacia el interior del lugar, a una habitación más pequeña, oculta, supongo que tendría ventanas. A la mesita le colgaba una muleta a modo de decoración. Desde ahí hablaría, en compañía del presidente del club. Paolo me miraba con sus gafas redondas y esos rizones castaños. La gente me rodeó expectante: a los cinco minutos una señora dormitaba mientras yo trataba de conjugar verbos paralíticamente. Poco a poco conseguí rebajar el exotismo hasta el nivel canapé-en-la-Maestranza consiguiendo dormir profundamente a la pobre anciana.

Quería escribir en realidad sobre mi primer viaje a Italia siete años después de volver de Módena y tenía una frase preparada: “el Erasmus es una tortura en diferido”, para hablar de las nostalgias y cómo se acumula el tiempo y el retrovisor se hace cada vez más pequeño. En realidad ya no lo siento de esa forma, quizá porque tengo el tema gastadísimo. Alguna vez pensé que si lo guardaba llegaría el día en el que pudiera describirlo magníficamente. Me habría gustado escribir en otro momento algo lacrimógeno que conectara con todos los que alguna vez han vivido asalvajados y subvencionados nueve meses en otro país pero, sencillamente, se ha agotado. La única tortura es recordarse a uno mismo que ya fue feliz, que tuvo tiempo libre y que conoció a gente y recordárselo a otros. Reconozco esas miradas de impaciencia cuando cometo la torpeza de contar alguna aventura, nunca son tan graciosas. Una buena cantidad de dinero público ha chafado la vida a varias generaciones de jóvenes convirtiéndolos en viejos instantáneamente, atiborrados de experiencias antes de empezar a vivir.

Fui un invitado sencillo en Milán, Turín y Alba, al que algunos socios se turnaron como una antorcha, y me dejé hacer, feliz de ser escuchado, hasta que cogí las riendas un segundo y derramé una copa de grappa. En el Langhe llueve despacio.

Iba preparado para aterrizar en Italia casi una década después. No sentí nada. Ni yo puedo estar a la altura de mis propias expectativas.

El monstruo de la madurez

Para obligarme a escribir comienzo a teclear de forma aleatoria y van apareciendo frases con alguna conexión entre sí. A veces me hablo a mí mismo, utilizando el folio en blanco como un espejo al que me grito lo que pienso. Sólo yo sé cómo soy en realidad y me lo digo sin medias tintas, a la cara. Me permito un poco de agresividad contra esa persona que espera a escribir mientras aguanta el tiroteo de verdades. Suelto cosas desagradables que jamás reconocería en público, insultos verdaderos y sangrantes, para esculpir una fotografía realista de lo que soy a través de los defectos. Mis palabras van cayéndome como dardos certeros, aniquilándome un poco, practico bulliying conmigo mismo, y así me motivo para sacar algo en claro cuando me bloqueo o enfermo de pereza, que es lo habitual. Después de un mes sin pulsar una tecla, ese proceso me ha permitido completar este párrafo. He borrado las primeras líneas de improperios y críticas.

En los últimos días he recibido la visita del monstruo de la madurez. Apenas me queda algo más de medio año para cambiar de década. El lunes llamó a la puerta para ver cómo iba todo, provocando nuestro primer encuentro tras años evitándolo. Fue sonada mi forma de escabullirme cuando llegué a Madrid y desde entonces me buscaba. Cambié dos veces de domicilio pero ha logrado encontrarme. Con el aspecto de un padre de familia estándar, sus gestos eran graves, entró en casa sin preguntar, se puso cómodo mientras encendía un cigarro. Me ofreció un contratito de cinco días con horario de panadero y un plan perfecto para acostumbrarme al antro de la vida normal, tan lejanas ya las horas dulcemente desperdiciadas de los últimos meses. Asistí atónito a su conferencia, paseaba por el salón a la vez que hablaba y señalaba un power point. La palabra ahorrar estaba repetida en cada diapositiva, la consigna era clara. No fue muy bien recibido por mi yo posadolescente, al que le cae bastante mal la realidad, hubo un pequeño forcejeo cuando mencionó algo sobre reducir las tertulias entre semana en Richelieu. Se mantuvo firme colocando la hoja de ruta a seguir los próximos años en la puerta del frigorífico: esto ya ha empezado.

El proceso está siendo un poco extraño: de los 16 a los 25 fui un adulto adelantado con prisa por tener una vida ejemplar y ahora soy un joven tardío sin perspectiva ni paciencia, cómodo en el sofá, abrumado por las ambiciones, pasando los ratos en Insta y paralizado. Hago malabares con una ansiedad nueva que se cobró la peor víctima: el volumen de mis rizos. Supongo que la ilusión por escribir ya no se pasa en el Café Gijón sino navegando por Internet viendo a otros triunfar, leyendo sus artículos, escuchando sus músicas, viendo sus películas. Los 30 me esperan en el chalé hortera de las afueras de la vida y a mí me apetece seguir tirado en este descampado.

Un pedo para mí

El otro día en el gimnasio la mujer que hacía abdominales agarrada a la última lista de la espaldera se tiró un pedo tan cerca de mí que pude escuchar a su vergüenza desplomarse. Simplemente se le escapó en mitad del esfuerzo un silbido sordo, un levísimo escape de gas unplugged, acústico, íntimo, sin mayores pretensiones, un soplido capaz de atravesar las mallas quedando entre nosotros dos como un regalo de la naturaleza dentro de uno de los monumentos de la impostación. No dejó de subir y bajar  las piernas, tenía muy contraído el vientre. Sonreí discretamente, casi agradecido por la generosidad de aquella confidencia, y, cuando me miró un poco triste al terminar su ejercicio, le dije mentalmente que lo sabía todo, “te he escuchado”, le susurré mediante telepatía, también que no se preocupara; no iba a decir nada, claro, quizá sí a contarlo después, esa es la verdad.

Lo comprendí perfectamente porque era justo después de comer. No había roto a sudar, su cuerpo, todavía flojo, estaba en ese fastidioso trance de coger la posición adecuada entre decenas de personas empapadas, con el ambiente cargado, todo un poco a medias para ella, lanzada al ejercicio de manera repentina. El cuesco acentuó la incomodidad de su situación, le puso un marco. Quedó la misma sensación que se siente cuando algo te obliga a abandonar la ducha sin estar completamente mojado, esa sustancia sucia, maloliente, viscosa y ahumada que es la primera agua fue la pequeña flatulencia que compartimos de manera improvisada. Por un momento esperé al olor como se espera al trueno pero no sucedió nada, por lo que el compromiso no adquirió nuevas profundidades. Lo fétido me habría obligado a desenmascararla con algún gesto sutil, supongo que cambiando de sitio.

Luego, se levantó y no la volví a ver, abandonando la esterilla gris. Los demás seguían con su actividad, tan peinados los hombres, maquilladas las mujeres, a mí me goteaba la nariz y la camiseta de propaganda se me pegaba al cuerpo. A veces huele a colonia y sudor frío. Esa aparición gaseosa –fugaz– fue una metáfora sobresaliente sobre el significado de septiembre en Madrid después de otro agosto solitario y maravilloso: la vuelta a la rutina del resto se pee en mi cara. Bienvenida.

Lo peor del verano: la sede de Playground

Anoche, mientras volvía del periódico, hice recuento del verano. Eran las cuatro de la mañana, se podía pasear por las avenidas vacías y eso era exactamente lo que hice, caminar por el asfalto haciendo equilibrio sobre las líneas pintadas. Balanceaba los brazos y me sentí un poco ridículo, la verdad. La sensación de ser diferente, estar despierto sin tener que esperar al lunes, era más fuerte. Los aparcamientos estaban completos otra vez. El chaparrón marcaba el ambiente, olía a curso nuevo, a tardecita en la papelería. Volé con una moto eléctrica bajando Serrano y en el único semáforo con cámara que encontré por el camino frené a tiempo, derrapando un buen tramo con la rueda de atrás. El chirrido se sintió en la noche vacía. No ladró ningún perro lejano, lo que hubiera completado el cuadro y el relato, lástima. Era fantástico ser la única persona despierta en dos o tres manzanas.

Llegué a la conclusión de que lo peor del verano en Madrid había sido la visita a la sede de Playground, la empresa encargada de las redes sociales del periódico. Cumplía con lo que imaginé: piso en el centro de la ciudad, espacios diáfanos, conversaciones telefónicas en inglés, ajetreo y trabajadores-marca con la actitud de quien está siempre a punto de ser fotografiado –pasa igual en algunos restaurantes– acompañados de un outfit, un hastag y un género confuso moteado de tatuajes.

Ese primer vistazo fue lo único concreto. El objetivo de la formación estaba centrado en el uso de Facebook. Acudí con interés pensando en conocer a gente interesante que perdería el tiempo mostrando sus avances para triunfar en las redes a quien sólo sabe escribir. ¡Llevé hasta un analógico cuaderno! Dos horas después, tras repasar un extenso y vaporoso power-point y escuchar a tres personas diferentes, llegué al fondo de la estrategia: los adultos se comportan como niños y hay que alimentar ese infantilismo. En medio del debate entre los tres expertos a veces resaltaba el nombre de un tipo que parecía lejano y ausente –atendía sólo por videollamada–, una especie de gurú en la nube capaz de acertar en la diana de los sentimientos con el emoticono adecuado para cada enlace. Cualquier duda podía ser resuelta por él de manera urgente, menos mal.

Al final, el nuevo trabajo es una rueda mecánica de Control C más Control V sobre un excel diferenciado con colores. Eso fue lo más extraño. Hay una enorme organización pensante detrás de ese simple gesto repetitivo. La cara de sorpresa que le va como un guante a la pieza sobre Julián Muñoz sujeta una jerarquía importantísima y exigente asentada en distintas teorías encargadas de reflejar nuestros gustos o comportamientos. El plan de una cadena de varios hombres y mujeres muy preparados consiste en colocar un fragmento de texto sobre el enlace. A eso lo llaman copy en su argot, plagado de anglicismos curiosísimos, hablaban un spanglish técnico. También hay un tipo encargado de buscar imágenes sorprendentes de los protagonistas de las historias, quizá mejor trabajo que ser segundo portero en cualquier equipo. Las envía con mucho boato. Su opinión es muy relevante. Supongo que el fondo es lo importante, programar los temas, utilizar el anzuelo adecuado, no sé, pensar que si se lleva de manera ordenada es mejor. Ordenarse, qué hallazgo.

El enlace, ya digo, se coloca y a esperar. Por las avenidas virtuales pasean las personas y allí está el medio, muy bien analizado, guiado por una niñera carísima y ciega. Ni si quieran tenían claro si su estrategia lograría el objetivo: admiro a quien gana dinero manejando suposiciones. Me resultó curioso observar la forma que tenían de señalar a Facebook, como los curas a un dios caprichoso y vengativo, viviendo en una especie de Antiguo Testamento en el que, de repente, mueres. Igual un día de estos piden sacrificar a uno de los redactores por convencer al algoritmo y vamos convocados a Playground ciegos de fe. Sospecho que si hay algún fallo siempre será culpa de la volatilidad caprichosa de la red. Los periódicos dependen de estos kiosqueros de nuevo milenio. Qué negocio.

Fueron muy amables conmigo, sujetándome ante el gran precipicio de Internet. Me hablaban despacio, abriendo mucho la boca, y en ese paisaje descubrí un escenario prácticamente vacío. Detrás de la diligencia, la paciencia y algunas sonrisas noté cierta compasión como si aquella sala de reuniones fuese Facebook, el simple mensaje disfrazado de forma exótica su gancho y yo el pobre guardia civil o la pobre ama de casa que tiene que pinchar en el enlace, comprar esa mercancía, hacerles parte del trabajo porque ellos no están los fines de semana.

11 de agosto – 18 de agosto

Las horas más tristes son las previas a abandonar algún sitio. Ahora en verano todo se magnifica, surgen unos significados tremendos, y las despedidas son pequeñas muertes de las que me recupero a los cinco segundos. Esos ratos son punzantes. El dolor de verdad que es físico, intenso, una especie de mareo, sufro más por decir adiós a algunos lugares que a determinadas personas. Muchas veces intento frenar al tiempo sin hacer mucho, con la simple contemplación, pero cómo va a funcionar.

El sábado volé directo desde La Toja a la redacción. Algunos lo siguen llamando oficina, como si allí fuésemos a hacer cuentas —los números del tráfico confunden a los periodistas—. El contraste, naturalmente, fue extremo. La mañana de sábado que dejaba atrás era la mejor de la semana, calurosa, despejada y sin viento —esto es muy apreciado por los veraneantes—, y en la tarde de Madrid había suciedad, un sol marrón. A la salida del metro espanté a cientos de palomas que picoteaban ociosas arroz cerca de Príncipe de Vergara.

El otro contraste fue salir del Casino para entrar a olisquear teletipos —¡las breaking!— en un intento triste de recuperar lo perdido. Sólo salió una vez el 8 negro al que aposté casi todos mis días fuera de Madrid. Unos tipos morenos, gordos y tatuados —concluimos que eran de etnia gitana— dejaban billetes de 100 resplandecientes sobre el tapete. Qué verdes. Ellos estaban forrados, nosotros nos acabábamos de duchar. Mis 20 euros tenían un tono más apagado. Estoy en un momento de mi vida en el que prefiero perder dinero que ganarlo, gastarlo en libros, taxis, copas, periódicos o frutos secos.

Me decepcionaron las peñas de Pontevedra. La plaza de toros es bonita, como un hórreo al que le pusieron un horrible capuchón de metal. El pragmatismo está acabando con todo. Al menos el taxista nos llevó en su Mercedes por la costa, obviando la autopista, hablando sobre los motivos de la subida del precio del pulpo. La culpa, entendí, la tenían los chinos. Me asusto porque muchas veces pienso que esto o aquello tiene una historia, hablo ya como ellos, anunciando las piezas que se vienen. La pereza es indescriptible. El penúltimo día manejé brevemente un barco con dos motores sorteando faros, salpicado por el agua, concentrado en mantener la vista fija en el horizonte y las manos firmes sobre el pequeño timón. Fue una sensación estupenda. Fuera, he sido el encargado de sostener un bichero durante las maniobras críticas, como en Monkey Island.

El aperitivo en la terraza del golf estaba lleno de chiquillos. Iban de un lado a otro con sus palos. No le noté nada a Carol. Clara decía que ella lo vio venir, que si estaba nerviosa o muy interesada en vernos. El abrazo fue verdadero. Será en 2019. En aquella feliz burbuja ya somos los últimos. La vida, fuera, aún no ha arrancado del todo.

Dadme de fumar

Las ganas que me dieron de fumar un cigarro el domingo. Quería estar rodeado de humo, salir del cine apretando el mechero y dar la calada con la que podría empezar una novela, la nueva vida. Sólo estar rodeado de humo vale el precio, la hipoteca en los pulmones, el sabor malísimo de los pitillos y su rastro por la mañana, el plomo en el paladar, la resaca ardiente en la garganta. Fumar es el hábito idiota que transporta la realidad a una pequeña parcela de literatura. Por eso es impresionante. ¿Qué se puede decir del genio que inventó la combustión individual de sustancias potencialmente letales sólo por el hecho de hacer interesante a quien lo consume? Siempre me ha gustado ver a los que sujetan el tabaco con los labios mientras tienen ocupadas las manos. Entornan los ojos, aprietan la boca. El plano es perfecto.

Recuerdo a mi padre fumando en el salón con mi hermano y yo sentados junto a él, flanqueando la humareda. “No fuméis nunca”, nos advertía, y la escena tenía el resplandor amarillo y frío del humo viejo, los colores del Marlboro, las cortinas manchadas por la nicotina, el último sol cayendo detrás de los ventanales. El verano se acababa y mi madre apuraba a escondidas las colillas en la cocina, apoyando una mano en la encimera mientras daba la última calada con el grifo abierto. El chorro de agua borraba las pruebas. “No digas nada”.

Después de los recreos de la ESO había un grupo que olía a humo. Llevaban el olor pegado al cuerpo. A Pilar le olían las manos y el pelo, el chándal, hasta los ojos azules con los que prendía el alquitrán. Aquel gas nunca se gastó. Nos sacaba tres metros y cinco vidas, fumándose los cigarrillos igual que mis papelitos arrugados –cartas de confesiones– de caligrafía menuda y nerviosa que le entregaba a escondidas.

Las historias de los que fuman cinco o seis cajetillas diarias son historias de obsesiones, de fugas silenciosas, de persecuciones quietas. ¿Dónde se van, lanzados por millones de caladas? Eso que llaman cartones y el ruido al abrirlos. Los gitanillos de las Margaritas preguntaban si teníamos un sigarro radiografiando nuestro bolsillos. La sigaretta en Via Emilia, el olor de aquel estanco regentado por dos abuelos.

A mí me gustaría parecerme a Manzanares padre y sacarme el paquete arrugado de un bolsillo de la camisa. Fumar como si fuese lo más sano del día sin rutina. El vicio más chiquillo. La llama que cualquiera guarda entre los dientes. A este cigarrillo invito yo, maestro, decirle. Y esconderme un día para fumarme uno pensando que lo hago con él.

En casa, después de la mudanza, ha quedado un paquete blando de Ducados encima de una estantería. Quedan cuatro pitillos. Hay que esquivar la desagradable imagen de una garganta agujereada. La bala está dentro, el gatillo se ilumina con un simple click, viene a explicar la nefasta advertencia. En esa hipocresía nos matamos, la verdad. La gente ahora camina absorbiendo batidos multifrutas. La tragedia es doble: no encuentro ningún mechero.