Blanco sobre negro

Juan Diego Madueño

‘An da luuuces’

La única épica que le queda al 28 de febrero es tratar de gestionar el himno. Hace años que no lo escucho y cada día veintiocho del mes dos estalla en mi cabeza. An da luuuuces. Es la tragedia de los niños amasados en colegios públicos, instruidos con la flauta dulce y el coro, expuestos a un orden y una letra repetitiva que se incrusta, joder. El autotune de la Junta produce estos éxitos tan facilones. Por eso, el pitido, la funda verde y el color crema del plástico son en este instante mi bandera de Andalucía. Terrible. Sudo por enlazar alguna idea con sentido mientras dentro de mí hay gente levantándose, pidiendo tierra y libertad. Así claro que dan ganas de pasar el día en la cama, amanecer sólo para comer, bajar de nuevo las persianas sacralizando la siesta, merendar, cabezadita y hasta la cena.

Es hora de desactivar el himno, que es nuestra carga, y pedir disculpas a las víctimas. Bajo el sol deee nuestra tieerra. La letra está trufada como de quejidos con los que se pretende, no sé, activar el sustrato flamenco de cada uno. Sobre Andalucía habría que decir mucho más si cada abstracción no fuese interrumpida por esas frases cortas y punzantes que apuntalan, clavándose, la conciencia. Le van taaaaaaa ooos. Quizá es que deba ser así. En realidad, me habría gustado escribir algo concienzudo, sopesado, profundo y leve a la vez. Haber dirigido la mirada desde la distancia, levantar la vista por encima de Despeñaperros, asomarme a lo que somos. Describir la contradicción de ser andaluz, hacer un análisis eficaz de lo que nos caracteriza, repetir, otra vez, los nombres propios de la cultura. Hubiera quedado bien alguna gracieta en la que apareciera el nombre de Juan y Medio, su afición por los abuelos y los niños y ese caracter suyo de seminario, gracioso con mensaje, que convierte la región en un conjunto de gente sin definir, sombras en ese punto intermedio entre sus hijos y sus padres. Vol ver a seer lo que fuiimos. Aludir a los desayunos, hacer una especie de deconstrucción del mollete, jamón, tomate y aceite, la gastronomía. Siento que este texto sería definitivo si escribo que el himno real es esta o aquella canción, que el nombre de Andalucía es una mezcla de palabras que nos define y que en realidad nada de esto es verdad porque lo auténtico, lo que nos describe y posiciona en el mundo es una determinada actitud. ¡La historia! Esa mezcla de pueblos, cómo no. La bandeeera blannnca y veeeerde. Obvio, los tópicos, mencionarlos como de pasada, sin darle importancia, en esa pose de no querer pero estar obligado, como ahora.

Pero no, además de que la banda sonora es implacable, empapa su lluvia fina descargada durante años, Andalucía ya está secuestrada por bastantes consideraciones. Una jungla de definiciones, dentro y fuera. Después de algunos años viviendo en Madrid, aún me siento un poco extranjero. No quiero dilapidar esa sensación, y la guardo, pero el tiempo pasa. Mi patrimonio es exactamente eso, y unos cuantos recuerdos. Sería una tragedia perderlo, hay que seguir resistiéndose al metro y a las cenas -en Madrid no se pasea, se sale a cenar-, poner a todo volumen Poema para los muertos. Son demasiadas palabras sólo para decir que Andalucía se hace gitante en la distancia y empequeñece al volver, como cualquier hogar.

 

 

 

 

 

 

Londres se llueve

Ocurre casi siempre. No sé por dónde empezar. Tecleo y tecleo y los caracteres se van ordenando solos, sin pensar. Los párrafos fluyen y me hablo a mí mismo en un espejo de letras y frases. Un poco para darme ánimos. Intento estirar desde ahí lo que viene, como si existieran dos puntos gigantes por los que se deslizan las ideas. Luego borro rápidamente o me espero a terminar el texto y antes de enviarlo elimino la parte que me dedico siempre, no en un acto de ego horrible, narcisista, si no a modo de calentamiento. En realidad esto lo es y no lo voy a borrar.

Por suerte en Londres, muriendo enero, llovió. Hizo un magnífico fin de semana de perros, con frío y lluvia, nublado, tan londinense, un monumento más, definitivo para disfrutar de la ciudad. Parece que llueve como por obligación, de una forma funcionarial, a sus horas determinadas, sólo por mantener la imagen casi bucólica de parques verdes y calzadas mojadas. El sonido de los coches al pasar, esa pequeña explosión de agua. La lluvia ficha en Londres. Y llover en Londres en enero debe ser para la lluvia igual que para el sol amanecer en Córdoba en agosto: es el momento, es el lugar. Sin embargo no hubo niebla, no ya de esa en la que no se ve la mano propia y se comenten fechorías, en la que se difuminaba Jack, ni siquiera un poco. Ni una mala nube baja que rematara el fantástico clima. Es precioso el tiempo de Londres como lo es el de Mallorca. Debe ser desolador, terrible, encontrar un día azul, radiante y cálido en la ciudad de Churchill, tan grave como para abandonar el lugar por mal tiempo, claro. “Con sol, Londres resulta absurdo, y uno no se lo explica”, decía Julio Camba. Quien habló de la lluvia en Sevilla definitivamente no tenía ni idea. Londres se llueve muy bien. “Lo que cae del cielo” es también ciudad, forma, plano. Su esencia en gotas frías.

Londres es una ciudad inabarcable. Los innumerables rincones, los infinitos autobuses de dos plantas, los lentísimos taxis, el acolchado metro, los feísimos vestidos con los que salen a divertirse las inglesas, sus mechas, los fatigosos museos, el Tamésis, el acento, las funciones de teatro y los musicales, la diversidad, el pescado frito, los rascacielos, los puentes, la cerveza, los jóvenes que se drogan, los mercados y la comida callejera, hasta la masa folclórica de personas congregada por la mañana en Buckingham Palace, todo eso, merece un año completo, un poco de vida. No está hecho para una visita fugaz. Por lo que resignados rápidamente, en cuanto tuvimos ocasión, Clara y yo nos entregamos a las tabernas, a comer y beber. Aprendido el guión, en mi propia función, practiqué un inglés preciso y escueto. Dormimos en un futón en el suelo del salón de un coqueto apartamento en Herne-Hill y yo ya me veía escritor gris y atormentado, viviendo en Londres, depresivo y sin éxito, muerto joven, afectado por una pulmonía, padre de hijos sin conocer, pasando las mañanas mirando por la ventana mientras saboreaba la derrota editorial y de la vida. Por eso apenas me importó estar a punto de perder el vuelo de vuelta a Madrid, ya me había mudado allí. Londres es también sobria y establece una distancia con el visitante. Es un animal sin domesticar que mira insolente. Supongo que luego acoge. Hasta los edificios, en esa arquitectura robusta, alcahueta por su expresión, lo observan todo a punto de la expulsión. Hay ardillas también, que es siempre un punto a favor.

Vamos, que a Londres hay que ir.

 

A la nieve

Hace tres semanas viajé con Clara a la nieve. Es extraña esa forma de convertir la nieve en un lugar y no en el accidente que es. Decir “viajé a la nieve” es igual que explicar un día de playa con “estuve en la arena”. No se dice nunca la ciudad, ni la estación, que tienen también unos nombres que sólo pronuncian en España con el boato y la dignidad suficiente Josemi Rodríguez Sueiro y algún Borbón suelto. Estuvimos en Alto Campoo -cómo se llena la boca- y a mí me da un poco de vergüenza escribirlo. En mi familia se celebró como si yo hubiera salido en la portada del Hola o encontrado un trabajo normal por lo mucho que hemos avanzado en una generación: mis abuelos  se fueron de viaje de novios a Córdoba, al cine.

La deformación por la que se llama nieve al conjunto del lugar se pega y justo cuando bajábamos del coche ya la utilizaba, adoptando esa pose con la que se pretende hacer normal el hecho de arrojarse voluntariamente por una pendiente helada. En la nieve todo es complicadísimo para el humano: desde calzarse las botas, no digo ya andar con ellas, hasta el simple hecho de pronunciar la palabra forfait. Tampoco sé si se escribe así. Se exige un esfuerzo extra: incluso es obligatorio madrugar. Me sorprendió porque si la naturaleza tiene algo que decirnos suele ser menos irónica.

Existe gente intentando parecer natural en esa situación. Es imposible. Por eso las gafas son tan grandes que tapan la cara, a las gorras les ha crecido la visera una barbaridad y los pantalones son anchos. De este modo se puede disimular la cara de espanto mientras se bebe una cerveza o el temblor de piernas en las colas, los peajes que hay que pagar continuamente para disfrutar de la aventura. Forma parte del paisaje aquella roca, ese señor tan rojo y las numerosas e interminables filas de personas. Los abrigos de color vivo, la música que suena sobre las pistas y los bares repartidos por la bajada intentan maquillar la horrible realidad. La palabra remonte suena practicamente a suicidio y es tétrico el instante de desremontar, una operación tan exacta de coordinación entre hombre y máquina que se soluciona como casi todas las cosas en esta vida: tirándose al vacío.

Mi relación con la nieve ha sido difícil siempre y se complicó hasta límites tremendos calzándome los esquíes por primera vez el otro día. Hasta entonces, intentando eludir ese instante practicamente me provoqué un esguince en la ESO y tuve que romper con una antigua novia antes de un viaje a Sierra Nevada. Volví con ella cuando volvió el calor. Tengo la típica foto en Córdoba lanzando unas bolas y bajando con un trineo en Granada con cinco o seis años, mucho más directo y con apenas parafernalia. Al verme sobre esos dos tabloncillos con los que uno se juega la vida en las cimas caí en la cuenta por fin de por qué se llama nieve a todo el viaje: pasé las primeras dos horas envuelto en ella aprendiendo a levantarme, algo muchísimo más difícil que caerse. La nieve es la cuarta dimensión, las cosas suceden al revés.

Por fin enlacé cinco segundos deslizándome en una recta. Me relajé tanto, confiado, que me caí. No me respondían las piernas, ni Clara, que ya volaba cuesta abajo. Al final del día, cuando nadie me vio, bajaba solitario y mirando al horizonte, erguido, fácil y con empaque, relajado y concentrado las pistas más fáciles rodeado de niños, intentando disimular que no competía con ellos.

 

 

Magdalenas por la mañana

Hace algunas semanas leí el obituario de Amy Winehouse publicado en la revista Rockdelux el mismo día de su muerte y encallé en el inicio. El enlace lo recuperó Juanfran -es terrible la sonoridad de este nombre pronunciado a golpes-, la única persona de su edad sin definir por las obligaciones: en él lo esencial es una mezcla de veloz idealismo, música y toros y libros, un ramillete de aficiones de helio que lo elevan y lo elevan extrayéndolo de las islas individuales de castigos, amigos y novias, lugares, recuperaciones y expedientes. Los compartimentos que nos han definido a todos, al menos, en ese momento. En el texto, decía, emerge un escollo que es su primer párrafo. Seis líneas convertidas en obsesión. Las frases descarrilan sin estruendo.

“Es un tópico pensar que la muerte de una persona joven es más dolorosa que la de otra mayor. Pero cuando hablamos de artistas con una brillante carrera por delante, la pérdida es doblemente dolorosa. Eso nos ocurre con Amy Winehouse: su repentina desaparición a los 27 años, por causas desconocidas hasta el momento, frustra todas las esperanzas de quienes veían en ella el verdadero presente y futuro del soul. Y, muy a su pesar, se ha convertido ya en un mito”.

Releerlo es observar un cementerio de tumbas mal selladas a las que se asoman auditores con papel y boli inventariando todo lo que la muerte tiene de obligatorio: la edad, las circunstancias, el nombre y la vida. El autor explica el fallecimiendo tomando la frustación del resto en un gigantesco ejercicio de egoísmo reflejado porque en realidad describe su propia rabia. Quizá no sea suficiente con morirse, y hasta ahí, en ese instante en el que no se existe más, detenidos automáticamente en la oscuridad absoluta, hay que hacer recuento de emoticonos de aprobación. Fiscalizada la potencialidad, como si lo vivido fuese poco argumento y todavía quedara decir que sí, que nunca cumplirá con las expectativas. Aunque desembarazarse de ellas supone cierto alivio. Tampoco reconozco la primera sentencia. Tengo la sensación de que la juventud es el tiempo perfecto para descubrir el misterio. Descabalgar mientras todavía es de día, sentir el acero justo al recorrer los bosques tempranos, cuando se olfatea la primavera, recién inaugurado ese resplandor, es casi perfecto. El final mejora a primera hora; no hay estribillos. El único problema es no poder volver para comprobarlo.

Los últimos y penosos días de mi abuela coincidieron con esa lectura frugal. Quizá por eso no valga lo anterior. Hubo un contraste enorme entre vivir la deformación monstruosa de la meta y leer su temprana aparición. Preferí lo segundo, a pesar de que si le hubiera tocado a ella desaparecer a los 27 yo permanecería aún en el hueco de la Historia desarmado, apagado mientras todo gira y existe, como en los años previos al nacimiento. Pero en qué quedan 92 años si el final es un borrón de heces y miradas perdidas. A la vida hay que darle muchos relojes, suelas y eyaculaciones en una recta larguísima recorriendo siempre la misma dirección, porque no hay manera digna en terminar igual que se empieza, tan reducido. Nunca hay que tomar aquella rotonda. La muerte es un gran malentendido sostenido por detalles. Como buen final, sólo merece acabar de un modo simple y directo, mucho más si coincide con el derrumbamiento de una era formidable de mañanas y magdalenas.

 

 

 

 

Deconstruir la semana

Los martes son como los viernes. Siempre he tenido esa sensación. Para mí el día más feo de la semana es el miércoles. A todo el mundo le gusta el jueves, es el lugar común de la vida. Igual que odiar el lunes. Viva el lunes. A mí el jueves se me aparece como blanco. En los años de la facultad, sobre todo en los primeros cursos, era perceptible el nerviosismo por la cercanía del jueves, una sensación, en menor escala, parecida a la del día de las notas en el colegio; pocas cosas más ridículas y reconfortantes. Lo del jueves y la universidad, claro: el colegio es sagrado. A la semana le crecen los juncos en el tobogan del sábado. El domingo por la tarde es una derrota maravillosa, el cosquilleo de abandono, todo el desasosiego de las últimas horas merece recrearse en él, manosearlo, un libro.

Vivir ajeno a todo esto, deconstruir la semana, es la última lucha digna que queda. Las vacaciones son una actitud.

Hablar bien

Yo suelo desconfiar siempre un poco de todos (es un mecanismo de autodefensa que en realidad funciona a la inversa: termino rodeado de gente poco apropiada. Peor incluso, termino queriéndolos). Mucho más de quien pronuncia todas las eses. Que se escape alguna, vale. ¿Pero todas? Venga, hombre. Demasiada impostación. Hay incluso quienes las silban. Resulta increíble el ejercicio fonético musical para terminar una frase y que se escape el aire por la rendija inter paletal creando una levedad tonal perceptible por Rex, un polícia diferente. Una vez lo intenté y casi me hago un esguince de tobillo. Como aquella vez, en el patio de mi colegio. Un balón perdido de baloncesto, que algún prodigio de la Logse confundió con uno de fútbol, fue a darme en toda la cara. Gafas incluidas, claro. La épica necesita de imágenes potentes para perdurar. La mala fortuna quiso que la fuerza de aquel estrambote saliera por el último lugar imaginable: esguince de grado tres.

Caigo en la cuenta de esta manía de pronunciarlo todo porque el domingo viajé a León en autobús. Y todo era tan distinto al ambiente andaluz que la ansiedad de escuchar todas las sílabas me llevo a abrazar a una señora que resultó ser Siri. Muy Her todo, le dije que allí era la única que me entendía. Si te paras a observar te das cuenta de que viajar en autobús, además, es un ejercicio antropológico fascinante. Llama la atención la manera en que la idiosincracia de una ciudad cabe entera en el trayecto desde la taquilla hasta el andén, McDonald’s incluido. El primer escaparate de una ciudad son las franquicias y sus mendigos. Como si fueran realmente conscientes de su potencial y lo escondieran todo población adentro. Para que vuelvas la esquina y te encuentres con la catedral, el museo, el puente, la casa que cuelga o el jardín bonito con fuente de turno. Mantener el misterio de esa forma es tan propio de Carlos Ruiz Zafón que puede que vivamos dentro de una novela mal escrita que se vende muy bien.

 

 

 

 

Esplá y la perversión obsesiva por el vídeo taurino

Luis Francisco Esplá completó en Salamanca una conferencia sobre la tauromaquia hace once días. El monólogo de hora y media concluyó la jornada que anualmente celebra la Junta de Castilla y León para pensar lostoros, remover el caldo tratando de que no se enfríe. Una iniciativa rompedora porque modifica la dinámica de charlas vacías dirigidas al público convencido con dos mesas redondas dispuestas para el debate a puerta cerrada, confinadas en una filmoteca con cientos de botellas de agua y un baño minúsculo, con el objetivo de alcanzar alguna conclusión pegada a la tierra, eficaz, vaya. En este intento de alcanzar el salvavidas me quedo, al menos, con la originalidad. Además, contaron conmigo, que me hizo mucha ilusión. Ojalá sirva para algo.  

Esplá finalizó el día abordando los problemas, que según a su juicio, impiden al toreo adaptarse a este tiempo. Esplá describió el frágil ecosistema que sostiene esta expresión única explicando la sociedad en la que se produce. Sostuvo el soliloquio en el filo de la siesta, el calorcito del salón de actos y la tercera edad congregada. Se mascó la tragedia. Los alumnos más jóvenes de la escuela taurina soportaron atónitos conceptos que se les escapan todavía. De todo lo que dijo el maestro me quedo con esto. 

“Lo que no sabíamos nunca es que la imagen iba a acabar tiranizándonos. Es un pasto vacuo que se consume sin medida. No satura nunca la atención. Arruina la memoria a largo plazo. Crea una estúpida adicción. Impide la metabolización cognitiva de la corrida de toros, que es un espectáculo muy codificado, difícil de entender. El tiempo que se necesita para entenderlo, no lo tiene la sociedad”. 

Y sigue. “La tauromaquia permite una acotación personal con interpretación. Nos hace confeccionar idealizaciones. Hasta ahora el aficionado ha vivido sin imágenes. No ha tenido más remedio que idealizar”.

“Las imágenes”, insistía concentrando su pensamiento en el toreo, “arruinan todo proyecto de idealización. No permiten confeccionar imágenes propias”. 

El uso obsesivo del vídeo, ese bufé libre de la repetición administrado por franquicias fast-food, grasiento y pornográfico, atiborra al aficionado a través de internet y la televisión mientras elimina una parte fundamental de la tauromaquia: la capacidad para la sorpresa. A las plazas se acude ya sin ilusión, con los toreros desnudos y el movimiento del toro delimitado, mecanizado. Este espectáculo se marchita cada vez que una genialidad se repite hasta el atracón. No han pasado ni 48 horas y ya estoy harto de la faena sublime de Morante en La México. Por suerte, no he pinchado en ningún play. Qué se puede decir de la Puerta Grande de Julio Aparicio en el 94 o el indulto de Arrojado, por poner dos ejemplos de manoseo reciente. La anécdota de la manguera en Alicante se convirtió en pesadilla en la madrugada del domingo al lunes. 

El problema está en la modernización postergada. Al no alcanzarse nunca, se encuentra atascada en una jungla de imágenes en movimiento como eterno proyecto, primera piedra de su encaje exterior, que al final resultan consumidas por los de siempre, viendo lo mismo realizado por los mismos en un bucle repugnante.

Esplá salió de nuevo a la superficie. “La naturaleza intuitiva de la imagen se puede administrar sin esfuerzo. Garantiza un discurso fluido. No hay adverbios ni verbos. Nada que complique su lectura. Al evitar elaboraciones subjetivas permite ser compartida con cualquier cultura y sociedad. Es un lenguaje que entiende cualquiera. Todo el mundo. La imagen es aliada de los intereses que tiene la sociedad por arruinar la muerte. La alta definición se muestra inclemente con la perfección. Arranca el vestigio de lo caduco, lo marchito y lo perecedero. Los toros son tremendamente imperfectos. Debe haber una tensión constante para esperar a que se produzca ese momento sublime. No puede interesarle a la imagen algo que hace de la muerte su punto de inflexión”. 

¿Hasta cuándo?

Morante se evapora

Morante de la Puebla vive un extraño proceso por el que se evapora cada vez que torea. Morante se deshilacha. Existe sin anudar. Esta madrugada le ha cortado dos orejas a un toro en la México mientras levitaba. Flotar sin agua. Al paso.

Con sólo tres tandas ha despejado, aniquilándola, la incógnita que mantiene en vilo al toreo: el cuerpo. Traspasó la barrera del abandono, ese concepto kitsch que ha provocado tantísimas lesiones cervicales y desencajado miles de hombros durante décadas, y se ejecutó. Murió en sus brazos. El cuerpo como armazón inútil. Morante es ventrílocuo de sí mismo. La tumba de la afectación. 

La faena resultó una composición esquemática. Un bosquejo. Apuntes a lápiz. Filamentos sueltos. Hilos transparentes. La polaroid de su concepto. Una panorámica accidentada. La brisa que infla la cortina. 

Hace tres horas Morante trasladó el impulso de la toalla a una plaza de toros. Algunos simples lo llamarán la difícil facilidad, la expresión espejo (tolerancia cero con su uso; cuánto trabajo tiene la Fundación denunciando a esos tipos). 

Morante ha acotado una nueva naturalidad, que es la de no estar, desaparecer, expandirse. Morante es un peldaño que se desvanece. 

Qué felices fuimos

Apenas entraba luz en el estrecho patio de cuadrillas. En el ajetreo de mulillas, fotógrafos y banderilleros, toreros y mozos de espadas, ambulancia, amigos y areneros había cierto orden. El caos fluía, todo se deslizaba en una atmósfera irreal, los abrazos y las conversaciones, las miradas perdidas. Nunca nos habíamos afeitado tan bien. Ganaba el silencio, asfixiando poco a poco. Un ruido apagado arropaba el túnel. La jaca de Ignacio apareció flotando. Hubo segundos tan largos como minutos. Algunas cabezas se asomaban desde los tendidos ilusionadas, escudriñaban el fondo oscuro. No veían; nosotros sí. Aumentaba la tensión, expandida hacia atrás, inundando el pasillo tan concreto. Delante, el albero descansaba brillante. Hasta la cal estaba como esperando algo. El cielo gris encerraba una cascada. Algunas gotas escapaban. Bajo la fina lluvia salimos al mundo, a los tantísimos ojos, y los relojes volvieron a cero.

Alrededor saltaba una quietud extraña. La banda sonaba lejanísima. Las caras eran un laberinto de familiares y amigos. Levitábamos. Apostados en el tercio, no había más remedio que ir hacia delante, volver a pisar tierra firme. Aquel sábado 600 personas miraban mientras echábamos a andar. Daba cosa pisar demasiado fuerte. La plaza, tan coqueta, las acercaba. No sabía qué cara poner. Estábamos rodeados. Atrincherados en el traje de corto. Cómo nos reíamos en febrero. Todo fue encajando progresivamente. Giramos y enfilamos los últimos metros apurando el vacío cuando la realidad nos alcanzó. Saludando al palco éramos más altos, distintos. Crecimos durante la transición, paso a paso, asumida la responsabilidad, tragando el último tirón de miedo.

Liberados del marsellés y desplegado el capote, flameó un pañuelo blanco. Se hizo el silencio. ¿Por qué no habla nadie? El primer becerro tardó en salir lo que dura un parto. Allí estaba, al fin, recortando su negrura en los grises, rojos y mostaza. El enemigo común, un sueño compartido. Dos horas después, empapados, llenos de barro y rendidos, cabalgamos. “Viva el toreo”. Ensordecedor. Qué felices fuimos.

 

El núcleo de mi afición

No tendría cinco años y mis abuelos me montaron en el coche. Me arrojaron al asiento de atrás. Íbamos al pueblo de al lado. En Villa del Río había montada una portátil. Recuerdo el momento en el que se paró el motor, la explanada dispuesta en torno a la chapa roja y el color azulado de la tarde avanzada, un tono antes de ser morado, con el que se desprende el verano. Era principios de septiembre. Nos unimos a la multitud. Filas de personas se acercaban a la ensamblada plaza de toros desde lugares diferentes. El metal se alzaba delante. Todo parecía gigante. El ambiente era ligero, agradable y leve. Las fiestas de la localidad lo arrastraban todo. Andaba levantando un pantalón corto azul. No se podría decir que pisara. En realidad flotaba en la isla de la infancia. Asistía al mundo desde la mano con la que me sostenía y equilibraba mi abuela, alucinado. Un murmullo de pura alegría. El costumbrismo desenfadado de los pueblos. Las caras toscas, diseñadas del mismo modo inocente y bruto, se despejaban en sonrisas. La única referencia que tenía sobre el espectáculo al que iba a asistir era una frase que oscilaba delante de mí desde días antes. Todavía lo hace, suspendida en esa emoción que tragué como si me hubieran hundido en un lago dulce y sin oleaje. “Torea El Soro”, era el ritornello.

Juan y Ramona, los padres de mi padre, me acomodaron en nuestra localidad. Delante, detrás y a los lados se alineaban cientos de personas. La lidia fue para mí un transcurso de chillidos y explosiones de voz, movimientos oscuros y borrosos en medio de una claridad amarilla de luz artificial. Sentado allí, distraído, sin saber a lo que asistía, mis abuelos me habían abandonado a los toros sin intención de recogerme. Se habían desecho de mí con el coche y me perdieron en la plaza, entre ellos, disuelto por la algarabía. Volvería otro nieto a casa. Pero antes debía ir al baño. Lo anuncié y me dejaron bajar solo. Dentro de la grada hueca me aposté. Me bajé la cremallera. Disfruté de aquel momento repentino de soledad adulta, encarcelado como estaba, debajo de tantas personas sentadas sobre los tablones, una mota entre polvo y ruidos, reducido el mundo al chorro con el que aplasté la arena. Terminé y se escuchó algo. Del jaleo se precipitó un golpe grave en el metal, brusco. A la derecha, no lo había visto, un tablón encerraba paralelo a otro el frágil pasillo de toriles. Me giré. Antes de salir al ruedo, al resplandor amarillo, aquello que se escurría con violencia en el interior pegó un brinco: un pitón asomó por encima del filo alcanzando el mismo espacio en el que yo estaba. Cortó el aire con un flash blanco. Ese instante lleva congelado más de dos décadas en una herencia inagotable. Casi se puede decir que me quede allí, como esas sombras de Hiroshima sobre el asfalto. El epicentro de mi afición. Vivo encerrado en una plaza portátil con una media luna clara y afilada al lado. Es confortable, la verdad. Quizá explique el miedo irrenunciable.

(Artículo publicado en la revista del Club Taurino Trujillano con el título El miedo irrenunciable)

¡A los molinos!

“Cada vez que se encuentre usted del lado de la mayoría, es tiempo de hacer una pausa y reflexionar”. M. Twain

El derecho y el revés

El objetivo de este blog es contribuir al debate jurídico con personas que no están seguras de tener razón.

detorosblog

los toros y alrededores

Maven Trap

Economía, RRII, periodismo

betiquismiquis

Into the spotlight

Damas y Cabeleiras

Historias de un tiquitaquero blandurrio cuyo único dios es el pase horizontal