Blanco sobre negro

Juan Diego Madueño

La huida hacia delante de Antonio Lorca

El pesimista profesional Antonio Lorca huye hacia delante en un artículo en El País que ha levantado la natural polvarea en las redes, esas plazas de internet donde muy pocos creen ser los portavoces de todos y en realidad no. Lorca utiliza el espacio de la opinión para interpretar una denuncia pública de los males que viven en el toreo con no sé sabe muy bien qué fin. Sostiene la diarrea, por el rugido, la peste y la forma ha debido ser una liberación para él, una crítica directa a su profesión. “Y todo ello sucede con la cooperación necesaria de unos periodistas -aquí nos incluimos todos- empeñados en cuidar, proteger y preservar la fiesta de los toros, y, en consecuencia, ocultar sus pecados”, escribe. Chirría que se incluya precisamente en ese apartado cuando sus esfuerzos durante los últimos años han agotado la dirección contraria. Si ha estado comedido habrá que darle hasta las gracias. En realidad, adjetivo a adjetivo, Antonio Lorca ha diseñado una fiesta derruida, sin matices, que lleva muriendo toda la vida. En ese relato encaja a la perfección su última pieza, caducada ya antes de escribirla porque el fondo, “la fiesta desaparecerá”, es su habitual rompeolas.

Escenifica en cinco puntos su disgusto. Llama mafia a los empresarios. Y ridiculiza a algunos toreros. Tiembla de placer escribiendo que la noticia está en ver llena una plaza de toros y da definitivamente la espalda a lostoros describiendo las actitudes políticas prohibicionistas y sectarias y al ventajismo pueril animalista de los últimos años como “fuertes razones” para consumar su pulsión más conocida: el fin.

 Lo único serio que transpira en todo eso es que el periodista Antonio Lorca deja de serlo desde el mismo momento en el que apretó la primera tecla para redactar esta frase dentro de su no reportaje de denuncia e investigación: “El periodista debe buscar la verdad y contarla. Sin más”. Se trata de una dimisión explícita cubierta de ironía. ¿Dónde está esa verdad contrastada durante todos estos años? Se denuncia a sí mismo. Es un caso único en el periodismo de este país: nadie había cavado antes su propia tumba con tantísima diligencia.  

En este adiós tan novelado sí coincide con el último editorial animalista de El País, periódico para el que trabaja con la convicción de que su trabajo no sirve para nada, que habla de las becerradas de Valdemojado, cercanas a la tauromaquia porque se celebran en un recinto cerrado y redondo, y las acerca en crueldad -“de crueldad parecida”, como si la crueldad admitiese grados- al correbous bordeando sin pisar el terreno de las corridas de toros, rematado por un lacrimógeno final en el que se apela a los niños, pretendiendo educarlos desde la distancia. Todos los ingredientes perfectamente alineados. El artículo de Antonio Lorca, nuestro pesimista, acompaña la vanguardia contraria a la fiesta subrayando y alimentando ese relato místico en el que el toreo es el desagüe de la sociedad, un nido de caspa y derechas, violencia gratuita, machismo y mala educación. Quién mejor que alguien de dentro para contarlo. Logra sin embargo equiparar su prosa a las divertidas e inocentes descripciones arrojadas por los antis de lo que les ocurre a los toros en los chiqueros antes de salir, por ejemplo, o a la injusta y acaramelada realidad, en la que se regodea, de un toro inofensivo recién muertos en el ruedo Víctor Barrio, Renato Motta, en la UCI El Pana, amputado el subalterno José Manuel Soto, desangrado Manuel Escribano, aturdido y contusionado Roca Rey, por citar los primeros que se me vienen a la mente. 

Antonio Lorca huye hacia delante con cierta razón. De casi todos los males interiores que acechan al toreo, los monolitícos y convergentes grupos empresariales, de los que también forman parte apoderados y ganaderos, la nula pedagogía taurina en el público actual, la reducción del aficionado, la fractura que avanza entre tauromaquia y sociedad, la desafección de los jóvenes, polarización, la pereza de ciertos toreros, la incapacidad para la renovación de ideas y estilos, los personajes de western, el monopolio, las malas prácticas y el fango inexplorado de las plazas de tercera, entre otros, la mayoría tienen solución. Está claro que lo más difícil es buscarla, airear con testimonios y datos lo que ocurre. Lo fácil es accionar la bola de hormigón.

Mi primera noche

Hace exactamente una semana entré al Bernabéu de noche por primera vez. Coincidía que el Real Madrid jugaba una eliminatoria de Champions con la Roma, el único equipo que carga con la ciudad y no al revés: en ese escudo está la civilización. El estadio de la Castellana es un lugar extraño. De día aparenta normalidad, no es más que un jardín enorme, pero cuando cae la luz en el césped aparecen cosas que han costado caro. Trotan desde la nada, van floreciendo, y como en ARCO, algunas se mueven más que otras. Allí, entre las cuatro rayas de cal, se hace al fin y al cabo deporte mientras una multitud desbordada, heterogénea y espumosa grita generalidades, ingenuos, como si los millonarios escucharan. “¡Corre!”, “¡Se nota que saliste ayer!”, “¡Te pesa el escudo!”,”¡Hay que ver!”. ¿A dónde?, ¿de dónde?, ¿cuál?, ¿el qué?

El espectáculo era tal que a la gente le dio por comer. De repente comenzaron los crujidos, una granizada de mordiscos, redoble de dentaduras, papeles arrugados. A mi alrededor los bocadillos volaban en un recreo gigante y el ambiente pasó a ser de sala de cine, el otro sitio donde el mundo aprovecha para alimentarse con los merenderos vacíos. Ocurre algo parecido en las bibliotecas, donde sólo se va a beber agua. Asistí alucinado, respirando fuerte, haciendo acopio de caras y anécdotas para contarlo en la provincia: no eres nadie en Córdoba si no has ido al Bernabéu viviendo en Madrid, poco más que una sombra: más vale quedarse en casa para siempre. Me vi donde siempre me había asomado desde la televisión en una suerte de autoconsciencia de plató. Fue el partido, en realidad, donde caí en la cuenta de que el fuerte del Madrid está en los fichajes soterrados. El miedo escénico elige más certero que Florentino y convenció al 11 y al 9 de los otros. Siempre hay otros cuando juega el Madrid.

Este Madrid Kardashian que se reparte en el culo de Jesé y los mofletes de Casemiro marcó dos veces en la portería que tenía justo delante y la Roma falló allí y en la otra.

El ejemplo de David Mora y Jiménez Fortes

David Mora y Jiménez Fortes resucitaron este domingo completando un proceso devastador de introspección: mirarse al espejo para evolucionar, cada uno desde su sima. Los dos, deconstruidos por dentro, se unieron al último pedazo de ellos que quedaba sin resolver cuando sus pies tocaron la arena de Vistalegre en un encuentro con la parte más brillante, atemporal y fundamental de lo que son. El hombre se reencontraba con el torero repeliendo a la muerte impecable e impaciente. Aún no se conoce la distancia que alcanzaron las ondas gravitacionales producidas tras la unión, que las hubo, pero el fulgor estremeció hasta el último rincón taurino e hizo lo que pudo para atravesar la barrera que separa la sociedad civil de la taurina, diferenciadas desde hace un tiempo al igual que el iceberg se aleja del continente helado, lento y constante, vagabundo de sí mismo, pérdido en la inmensidad, derritiéndose a cada segundo, inerme e inerte y, como ese azucarillo gélido que rompe perezoso y a la deriva la superficie, lo más importante no se aprecia a simple vista.

La fuerza de los dos ejemplos más sinceros y tangibles de los valores que dan base al toreo, aunque a veces en la jungla de su representación cotidiana se desdibujen hasta la grosería, el ímpetu que tiene la vida cuando es intensa, rebotó contra el alto y cada vez más concreto contorno de la tauromaquia misma, pudriéndose en ese mismo instante, diluida entre los comentarios, crónicas y televisión de siempre. Mora, de verde manzana y oro, y Fortes, de rioja y oro, anunciaron la victoria, alzaron su pendón remendado, se vistieron de vida otra vez y sobre ellos en el preciso instante del paseíllo atronó la tormenta del reconocimiento unánime de los mismos, de los que quedan, en una nueva oportunidad perdida de transcender.

Descanse en paz, Josefina

Como no hay mejor funeral que el final de carrera de un amigo, este fin de semana nos hemos reunido en Córdoba para despedir a Josefina, que desde el viernes es ya un hombre llamado Antonio, bien peinado y con responsabilidades. La tristísima comitiva se detuvo primero en Rabanales, un campus donde salvo estudiar algunos hemos ido a hacer de todo (como aquella vez en la que estuve a punto de hacer el salto de la rana ante un auditorio lleno), para escuchar la lectura del proyecto como misa de despedida. Por suerte, llegamos media hora tarde porque contamos con la ventaja sobre el resto, la evolución definitiva del Homo Sapiens, de llegar a tiempo a nuestra manera: la célebre puntualidad andaluza. Al irrumpir en el lugar donde se velaba el último suspiro universitario de Josefina, la pena nos estremeció el alma. Allí, de cuerpo presente, estaba él delante de un tribunal, serio, un fiasco. Nos secamos los lagrimones cuando lo vimos con traje fuera de una caseta y sin albero en el pantalón. Qué drama.

Fina, el mote del mote, se fue transformando en Antonio conforme pasaron las diapositivas y hubo un momento a mitad del proceso en el que se encontró sin nombre, dos segundos de angustia en los que miraba consternado al proyector mientras apuraba botellas de agua en una especie de resaca sobrevenida, fin del sueño, con las Conclusiones del trabajo en frente. El nombre con el que llegó a Córdoba con gorra campera, botos y zoom en las patillas fue apareciendo de nuevo mientras respondía las preguntas de los profesores. Se completó cuando escuchó la nota final, convertido ya en ingeniero, cerrando un círculo que se abrió hace una licenciatura y dos años en un bar muy oscuro, de nombre premonitorio: La Leyenda. Rodeados de gitanos, humo y guitarras, gritando vivas a Morante, empezó todo. Una pérdida irreparable.

Después, lo arrancamos de allí en una compleja y precisa operación de rescate que consistió en tocar mucho una bocina y agitar fuerte una pancarta mientras lo paseábamos a hombros por una explanada vacía, con la repercusión de las cosas que son realmente importantes. No hubo más remedio que pasar el día junto al cadáver apestoso de un universitario, que era el de todos, velándonos a nosotros mismos hasta las siete de la mañana por los bares. La más penosa alegría.

Certezas

El avión se sostiene inmóvil, suspendido, flotando en lo que parece un escenario apagado, una representación de motores y tiniebla, desde que despegó en Copenhague. Como si fuera la noche la que se traslada y no el avión, amasijo de hierro y carne, reunión de técnica y anhelos, envuelto de oscuridad. La noche como decorado abisal avanza y no nosotros, masa de extras, sombra de individualidad, esbozos, acurrucados en el fuerte y persistente rumor de la máquina, incrustados en un número.

Madrid al fondo, abajo, es por fin suelo que nos alcanza, firme y rugoso, casi tres horas después. Tu cabeza dormita en mi hombro, la única realidad este tiempo.

Córdoba a pie

Hay algo diferente cuando se gira la calle y aparece Manolete de espaldas, perfilada su imagen, una sombra de luces, sobre el muro de piedra de la iglesia. Bajando la ciudad, dejando atrás la abandonada sala de cine y siguiendo el curso natural del trayecto, izquierda y después derecha, se accede al empedrado de la plaza del Conde de Priego como albero crujiente. Acompañado de dos caballos que relinchan en silencio, Manolete reposa en la manera que tienen de estar de pie los inmortales, el capote a punto de ser desplegado, desmonterado.

El rosetón fernandino, esa gota que no deja de hundirse en Santa Marina, la iglesia que da nombre al barrio, con el que la piedra encierra la luz, parece la corona del torero si se sigue observando desde atrás la estampa. El aire en ese lugar es más pesado, como solemne, que en el resto de Córdoba. La gravedad de la figura atrapa y los pasos se deslizan en redondo por la plaza de manera automática: es difícil pasar de largo sin observar el rostro de bronce que mira a su izquierda. Avanzar de una vez dando la espalda al conjunto es imposible; algo respira en la nuca, escuece, pica: esa sensación de que lo importante se queda atrás se esfuma volviendo la vista una vez más.

La fachada de ventanas y balcones que se asoman a la figura por su lado izquierdo desemboca en la calle principal que parte en dos el lugar, orillando la entrada de la iglesia y los elevados pies del matador. Justo ahí comienzan los naranjos en dos hileras, una por acera. Cada bocacalle es un afluente en ese Amazonas que serpentea el distrito, sobre el que se cierne la frondosidad del interior infectado de esquinas, recovecos y pasadizos. En uno de esos brazos, a modo de check-point, está La sacristía, una taberna donde el tiempo se escurre entre vino y molletes, mesas coquetas, taburetes y sillas de enea marrones, sobrias, con respaldo alto y tallado, una cabeza de toro, un traje de luces blanco y azabache, fotografías de todo tipo de toreros y muchos carteles; hay salpicados algún cuadro de Julio Romero de Torres, fotografías del lugar y retratos. El local dibuja una jota cuadrada estando la entrada en el vértice. El brazo más largo acaba en un saloncito privado. La barra es pequeña y la cocina liga con el portal de al lado, entrada del edificio donde vive la familia que regenta el negocio.

La carta plastificada es concreta y los servilleteros son de metal y plástico negro, horizontales, delgados. También los hay de los otros, verticales y gordos. Los camareros cumplen su función con corrección, sin gracia en sus movimientos secos y rápidos. El jefe tiene una media sonrisa perenne bajo sus gafas definida en su mentón redondo, un punto engreída, tal vez pícara, pero no de simpatía. Los relojes no sirven allí como no le sirven a nadie en su casa. Sube al ambiente un acolchado eco de voces seseantes que pronuncian blando. No existe la prisa y el tiempo está detenido en un presente continuo que se derrite como la pringá en la boca, acompañada por el pan caliente que la envuelve, aceitosa, suave, algo salada, deshilachada, liviana y contundente a la vez.

 

 

 

 

 

 

El sueño de Rajoy

España busca algo muy concreto: dormir desde hoy mismo hasta después de las elecciones y más allá. Despertar con los pactos cerrados, las investiduras en el cajón, los políticos en sus escaños, todo funcionando de manera automática; con el olor a democracia recién hecha, así, humeante y en taza. Si la campaña está dejando exhausto al elector, con esa especie de resaca sobrevenida, lo que venga después puede ser fatal para un país que mira, sobre todo, por su salud.

Lo mismo ha hecho Rajoy durante estos cuatro años. Ha disfrutado de un sueño profundo de cara al ciudadano, plasmado durante toda la legislatura. Sin embargo, en todo ese tiempo el registrador de la propiedad que ha caído más bajo de la historia no ha parado a la vez de hacer cosas a espalda de los españoles por ahorrar unos cuantos disgustos. “Bruselas, economía, Bruselas, economía”, se le escuchaba rechinar en Moncloa a altas horas de la madrugada. “No lo van a entender jamás”, repetía. Al presidente, efectivamente, no lo entendían ni en su partido.

Pero llegó su momento. Seguía dormido cuando se sentó en aquel plató envuelto por la niebla post transición que salía de Campo Vidal, convertido para la ocasión en máquina de humo. Cuatro años después, allí mismo, entre el sueño y la bruma, creyó ver a Zapatero y a punto estuvo de cumplir su venganza con el aluvión de datos, cifras y cosas que volcó de manera automática para demostrar que de una vez por todas le había ganado la partida definitiva al zapaterismo. Había que salvar un escollo sin importancia: casualidad o no, enfrente estaba Pedro Sánchez, el político de plástico. Indecente, le dijo el guapo al traspuesto, suficiente para sacar del trance a Rajoy, que se vio de repente en 2015, con una campaña a medias, un señor random a su derecha y muchos folios delante.

 

 

La luz de noviembre

Andar estos días Madrid es como saltar entre los números de una cuenta atrás. Las calles se van llenando de gente, en los escaparates asoma algún abeto artificial, oscilan como metas volantes las luces todavía apagadas a lo ancho de las avenidas y hay un rumor in crescendo de tarjetas de crédito y cajas registradoras, jugueterías, cafés, cines y teatros, tabernas, centros comerciales y restaurantes. Los madrileños alimentan y se apresuran alrededor de ese murmullo que asciende ligero al aire conquistando la ciudad. Los niños respiran cierta ilusión con medias sonrisas y hay algún catálogo roto, tirado en la acera, recortado, manoseado, arrugado. El fulgor que se desprende cuando cae la noche es diferente auspiciado, entre otras cosas, por la llegada del frío, o por que en noviembre todo tiene otra luz, creando un ambiente distinto que se repite cada año. El abrigo nuevo, los gorros, los guantes, la lana; el vaho congelado. Ya hay en el metro otras caras, como una primavera de miradas subterráneas, excepción en la mordaza asfixiante de la rutina. Por encima de las cabezas y los paseos la presión acumulada se va a desatar en los próximos días deshaciendo la previa, lo único interesante en esta vida de conquistas, como una tormenta. Para entonces estaré a resguardo. En el antes ya está todo.

 

 

 

 

Madrid sin madrileños

Después de un año aquí, caigo en la cuenta de que en Madrid no hay madrileños. Sí una masa de gente, de personas al fin y al cabo, que vive una especie de inercia costumbrista sin apego alguno con la capital. Así, mientras la ciudad atrae a hombres y mujeres -héroes- dispuestos a meterse en un metro todos los días, chuparse atascos en hora punta, beber tercios de Mahou los jueves y pasear esquivando turistas, va dándose lugar una transformación en serie capaz de crear una legión de seres sin identificación concreta, a medio camino entre su nacimiento y su estado futuro: el genio centrista germen del madrileño. De este modo tan certero Madrid se regenera año a año y cualquier ciudadano de España, no digo ya del mundo, es madrileño en potencia. Sin embargo, esto es algo único, impensable, por ejemplo, en Roma, donde su personalidad es tan inequívoca que cualquier intento de camuflaje constituye una burda impostación; ni en Bruselas, donde, en un proceso contrario al de nuestra capital, la urbe adquiere del visitante toda la personalidad que le falta. En realidad todo el sistema de transformación se desencadena en el centro; ese lugar a partir del cual Madrid se divide en distancias de 20 minutos. Para encontrar al autóctono basta con acudir a esos archipiélagos temporales incluso a pesar del riesgo existente de arruinarse la vida en los mares de universidades y multinacionales que los rodean: se puede acabar estudiando un máster o, peor aun, trabajando.

De todas formas, esa fábrica fordiana de madrileños que es Madrid no es ni mucho menos lo más sorprendente. La despersonalización adquiere su mayor grado de crudeza en una de las configuraciones más terribles que mis jóvenes e inexpertos ojos hayan podido ver nunca: las iglesias construidas en los cruces de grandes avenidas. Terrorismo urbanístico; ISIS del diseño urbano. Es impensable, pongamos, que nadie pueda casarse mientras, delante del lugar, hay un flujo continuo de coches aleatorios conducidos por conductores aleatorios e indolentes ante el suceso. Atrona una ambulancia y tú dando el sí quiero, pues no lo veo. No lo digo por una cuestión de fe, al contrario: Madrid te hace suyo y a la hora de tomar decisiones personales no te ofrece la posibilidad de darte importancia. ¡Fuera ya! Qué habrá más propio de una ciudad con ciudadanos felices e independientes que paralizar una parte de ella para celebrar algo tan tuyo que merezca la pena involucrar a todo el vecindario.

El polvo de la Historia

A veces pienso en cómo hubiera sido todo, si nosotros, la raza humana, hubiéramos existido antes que los dinosaurios. Parece una gilipollez, y lo es. Pero resulta curioso de qué manera nos hubiéramos olvidado de nosotros mismos al morir. La verdad, no veo a un Tiranosaurus-Rex, con sombrero y chaleco multibolsillos color crema, intentando escudriñar el pasado a través de los fósiles. O a lo mejor nos encontramos ahora en ese mismo proceso de preceder a algo o álguienes que van a pasar olímpicamente de nosotros durante los próximos millones de años. Vaya a saber.

Si es así, algo ganaríamos. Entre otros pasajes luctuosos, con el derrumbe de nuestra civilización, con las cenizas de lo que somos, desaparecería el Holocausto: el pedrusco en el zapato de la Historia. La carga de todas las generaciones, la vergüenza de un mundo que vio como a un tipo se le ocurrió industrializar sus delirios y convertir la muerte en algo metódico, en serie. No estaría nada mal que todo ese recuerdo quedara enterrado, podrido para siempre. Pero no como una manera de olvidar o esconder lo ocurrido. Sino a modo de renacimiento. Ojalá el día que nos toque nacer de nuevo no forme parte de nosotros esa fina capa de mierda que recubre todo nuestro pasado.

¡A los molinos!

“Cada vez que se encuentre usted del lado de la mayoría, es tiempo de hacer una pausa y reflexionar”. M. Twain

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