Blanco sobre negro

Juan Diego Madueño

Madrugada en Madrid

Lo mejor de agosto en Madrid son las madrugadas solitarias por las avenidas gigantes. Ya no hay coches pasadas las cuatro de la mañana. El silencio del asfalto es una bruma de vida. Los camiones la apartan y las furgonetas con los periódicos vuelan en el reparto. Dentro, la mercancía más suave. La letra impresa es un retablo. Cada frase, los blancos, el color, pesan, tienen sentido más allá, parece que perduran capaces de ganar algo al tiempo. Sólo parece. Espera la basura antes de pasar el checkpoint del quiosco. Las carreteras no están pensadas para esta quietud, ni para estar vacías. Atravesar de lado a lado Príncipe de Vergara transporta a un escenario apocalíptico, las caras en el metro a esas horas lo confirman, ojos cerrados, semblantes serios, cejas caídas, las constantes vitales de la ciudad detenidas incluso en el hormigueo subterráneo de las personas. Fuera amanece en un tono gris azulado. Dos copas no son suficientes para observarlo literariamente, ver en él la vida disoluta de escritor atormentado y despojado de casi todo por la que Madrid existe. Acechan las franquicias. El cielo se aclara por sistema: verlo sin dormir no tiene nada especial. Por Lavapiés, frente a Candela, varias personas rodean un cajón flamenco, víctima del compás. Todos son guiris en estas circunstancias. “Payos go home”, debería poner en las paredes del barrio. No hay nada más ridículo que intentar pasar por flamenco. En el Toni2 apenas quedaba gente media hora antes de las seis. Cuatro asomados al piano, un grupo tirado en los sillones de detrás, así colocados como si tuviera que pasar algo inmediatamente entre ellos. Hablaban, se agachaban, reían. El pianista tocaba al aire. Nadie le hacía caso. Cerca de Gran Vía un joven sudamericano ofrecía “chicas con datáfono”: ganarse la vida como redactor de cargos en la tarjeta para camuflar la actividad debe ser divertidísimo. Pastelería José, Talleres Fergón, Frutería Hermano Plátano, Floristería Katie. Los títulos, todos una mierda, se me ocurrían bajando Velázquez. Faborit, ese sí que es bueno. Qué desagradable este vientecillo.

Vaya luna fea

Jamás he visto una luna llena tan fea como la que colgaba esta madrugada sobre Pío XII. Madrid es capaz de destrozar hasta eso. Oscilaba sobre la oscura Avenida de Burgos. La M30 vigilaba el encuentro en silencio, fumando, vestida con una gabardina, oculta tras media sombra. Rozaba el reloj las cuatro en punto. No había personalidad ninguna en la noche, fresca y veraniega, horriblemente práctica. Dos grupos de gente joven la rompían ligeramente. El primero sentado en un banco. Diseminados varios vasos, con el último sorbo en el fondo. El otro más adelante de pie en la acera. Reían, votaban algo. “¡Democracia!”, gritó uno de ellos. “¡Empate a cuatro!”, celebró una de sus amigas. Pisaban hierba fresca, separados los dos mundos por el punto de partida, la velocidad de mi paso y los auriculares. Miraron a ver quién se inmiscuía en su alegría sin dejar de reírse, girando la cabeza, despreocupándose en el mismo segundo. La cadencia de los semáforos, algunos taxis, un autobús en dirección contraria. Los automóviles se perdían detrás de la joroba que hace la calle al partir Comandante Franco. Otros asomaban desde abajo apuntando con los dos faros deslumbrantes, tomando forma progresivamente. Haciéndose coche desde las penumbras iluminadas por las farolas. Qué tentación la luz verde de un taxi. No pasa nunca este autobús.

La primera década

Hace diez años sostenía mi primer carnet de conducir. Recuerdo la frescura del césped de Vallellano cuando llamé a casa al salir del teórico, la luz del aula estrecha, los pupitres, los folios. La mezcla de olores del coche de la autoescuela, el humo del cigarrillo del profesor devuelto por el vientecillo que entraba desde la rendija del cristal, su colonia, el ambientador. Lo removía todo el aire acondicionado. Traqueteaba el motor de gasoi. La impaciencia, los ojos de todos los ocupantes sobre mí durante el inicio del examen práctico. El profesor Lara, la chica morena que vivía en la ribera del Guadalquivir, en una de esas casas de ladrillos amarillos sin urbanizar, guapa pero sin confianza, apenas resuelta, cobijada por su padre, protector, tan atento que salió a la puerta de la cochera para indicarle la maniobra en su primera clase práctica, aparcado el coche, en vilo por los aspavientos y la mirada perdida de su hija, a la que despidió como si navegáramos en el Titanic, la muchacha lloró al acabar el examen mientras esperábamos las calificaciones,  capaz de tener muchos pretendientes en su zona de confort, amigas, llamadas al fijo, recados, paseos, puertas de instituto y que fuera de todo eso era una mota de polvo, un insignificante átomo, una melena morena sin brillo y apagada en el exterior, y el examinador, un hombre mayor, enclenque, trajeado, resignado e irónico, que había estado tomando carajillos un rato antes de montar en la parte de atrás, apoyado en la barra a primera hora de la mañana, solo, delgadísimo, derrotado. Con la vista clavada sobre la palanca de cambios escuchaba los pensamientos de los tres, veía girar el boli a mi espalda, el filo del suspenso marcado en el lenguaje corporal del profesor mientras intentaba avanzar marcha atrás con el freno de mano puesto, la tranquilidad perpleja de ella. El vehículo rojo coronado por el letrero “Autoescuela Lara” estaba paralizado. Caí en la cuenta antes de que se desmoronara todo, como siempre, las ruedas se movieron y varios días después de aquel 24 de julio de 2007 abría la esperada carta.

El carnet, blanco, con una foto mía de perfil terrible, resplandecía. Pesaba. Tenerlo era subir un pequeño escalón. Había mucha luz. Era una mañana espléndida. La inercia en el inicio del verano de la vida. Lo volví a mirar de nuevo en la calle. Le di la vuelta. La fecha de caducidad resaltaba como un neón. “24/07/2017”.  “¿Dónde estaré dentro de 10 años?”, pensé. Era imposible responder, ni siquiera lo intenté, dejándome llevar por esa sensación de victoria continua porque todo estaba en su sitio, 2017 ni se intuía, quedaba un año de Bachillerato, sólo había entrenamientos, pitones muertos, capotes y muletas, paseos al parque, mañanas de sol.

El tiempo son montones de distancias cortas. Si me pusieran en frente de aquel muchacho que mira embobado su carnet de conducir, parado en mitad de la acera, ni hablaríamos, tan diferentes. Soy lo que nunca pensé que sería. Ya es diez años después. Un amigo ha cortado dos orejas en La Maestranza mientras cierro de madrugada un periódico digital. No trabajéis nunca.

 

Irse de Pamplona

El pañuelo sobra a doscientos kilómetros de Pamplona. La derrota es quitarlo sin poder desabrochar el nudo, en ese instante todo es pereza. Llevarlo en la mano es la coartada para las manchas, el mal olor, el paso arrastrado. En las estaciones de tren están acostumbrados a todo tipo de individuos pero no a que vaguen al mediodía. La gente mira y al segundo lo entiende. Por dentro me sentía listo para protagonizar alguna secuela española de Trainspotting, lo mío no será nunca la heroína porque las agujas me dan cosa, podría hacer un esfuerzo con el vermut, por fuera era un pobre diablo en camisa, con cientos de huellas sobre los cristales de las gafas redondas, un bigote maloliente y la cara gris de todos los personajes de Alvite, a punto siempre de morir porque están muertos. Sin batería en el móvil, con la resaca sostenida, aburrida, sin dolor, templada y espesísima, San Fermín es una hermosa fábrica de zombies. Con los rayos de sol en la plaza del Ayuntamiento, el sueño es el primer gol en contra.

La estación de Zaragoza es así como faraónica. Renfe propone este tipo de graciosos transbordos. Tiene luz de grandes dimensiones, un color beige, de pirámide diáfana, y está desierta. Para hacer efectivo el cambio de tren había que bajar una rampa metálica. Los pasos me sonaban como a Tomb Raider en el videojuego durante una misión en el Támesis. Siempre me perseguirá esa mujer en bikini y pistolas. Un señor revisó mi billete juzgando mis últimos 15 años de existencia. Pude ver en su cara nefasta a aquel profesor de tecnología, a la entrenadora de natación, al suspenso en francés, al 4 de música, los suficientes a boli, el enorme guantazo que me devolvió a la realidad. La jodida negra de la facultad de derecho también estaba, su mierda de definición del derecho procesal, aquella cara de yonki asquerosa cuando suspendí la séptima vez. En el control, el policía rezó para no tener que cachearme. La espera fue trágica: pegajoso, arrugado y borrado ya por algunas partes, apretaba el billete junto al pañuelo como un retrato donde señalarme en caso de desaparecer. A esas horas nos parecíamos muchísimo. Pasó un día entero en el bolsillo trasero del vaquero sin escapar, un éxito de gestión sin precedentes por mi parte con la colaboración crucial del artefacto que más me ha ayudado siempre: la suerte.

La cabeza se me caía sentado allí, en aquel lugar tan color crema. No hay postura digna para el sonámbulo. Quedaban dos asientos vacíos a cada lado y mucha gente en pie. Hipotequé el andén, se puede decir. Cuando se me cerraban los pesadísimos párpados escuchaba voces siseantes en mi cabeza que venían del interior porque cuando los abría todo seguía igual fuera, el reloj parado y mi postura inalcanzable, las piernas del resto en la misma posición, el silencio de espera. Así, tirado sobre el asiento frío, partido y duro, no veía sus caras. La oscuridad volvía al dormirme otra vez, el sonido terso, cubierto de terciopelo, todo ralentizado, lentísimo, no por el cansancio, había una cosa diferente, extraña, familiar, otra velocidad. Algo susurraba sin hablar. El tren llegó. Monté por la inercia, empujado por las obligaciones, la cantera, las piedras, el látigo, con un deseo íntimo de no volver nunca a ese trabajo de Madrid. Me hubiera dejado coger por un toro de Victoriano con tal de no subirme al último tren. Ocurre que soy un enorme cobarde: pasé por Estafeta a solo 40 minutos del cohete y no opuse resistencia al suave movimiento del vagón, dormido ya sin traumas, dejándome llevar por la tragedia de irse de Pamplona en julio.

El mendigo de General Oráa

Hay un mendigo en la calle General Oráa, justo antes de Núñez de Balboa. No se le puede llamar señor y en realidad tampoco mendigo. Todavía no. Un cartel con tres frases directas y bien escritas que no recuerdo hace equilibrio en el suelo frente a él. Se nota que aún lucha contra el destino infame que lo ha reducido tanto, sentado en el duro, liso e impersonal, una metáfora de lo que ya casi es, suelo de entrada al bloque de edificios que se eleva detrás. A las puertas de la vida del resto, en la salida de la suya.

La mueca de rabia, las mejillas coloradas, el ceño arrugado, la palidez de la tristeza y el pelo leve, moreno, con algún claro. No hay nada más a su alrededor. Está él, con el llanto contenido, siempre a punto de estallar, que es como se llora cuando se llora tanto. La ropa aún no es ese bloque compacto de mierda. Se diferencia una camiseta, ese pantalón creo que vaquero y el calzado, la higiene en retirada, la intimidad que caduca. Parece siempre que acaba de llegar. Las arenas movedizas de su nueva condición lo atraen, intentan hundirlo. Él lucha y empuja, cayendo algo más. Su mirada se clava en el transeúnte, en mí, joder, al pasar por delante. Verlo allí, abajo, sentado con las piernas dobladas, las rodillas a la altura de la barbilla. Esa milésima de segundo es un bochorno para los dos: en él hay una vergüenza sin márgenes, desbordada, ajena de sí mismo, como si se mirara desde fuera, como si viera a los que le conocen viéndolo allí, tirado, solitario, joven, abandonado; la mía es diferente, interior, descriptiva, una solidaridad idiota, este artículo inservible. No puedo hacer nada, qué voy a hacer.

Es todo familiar en él: podría ser un hermano, un primo, el mejor amigo. Las terrazas están llenas de gente igual, con su cara. Extraña tanto verlo así. No forma parte del mobiliario. Las papeleras, las farolas y los coches aparcados, las baldosas, los andamios, el ruido y la suciedad aún no lo han disuelto. Los días de calor me acuerdo de él. Cuando llueve también. Hay veces que no está. Otras sólo el cartel. Esta mañana tenía un vaso rojo con tres monedas. Suelo mirar las monedas que tienen los mendigos. A veces soy un poco miserable.

El balón, qué invento

Las cinco o seis veces que he ido al Bernabéu me he propuesto escribir algo después. No lo he conseguido. La atmósfera, la gente, aquel jugador, la portería, el movimiento de la red, el trueno que le sigue como si el gol fuera un rayo o ese silencio incómodo. Me fijo en cosas. Me gusta el sonido del larguero, las carreras del árbitro y las conversaciones de los jugadores cuando la guerrilla se traslada a otra zona del campo, en ese período entreguerras que es cada jugada. Los partidos en vivo son divertidísimos porque pasan muchas cosas sin la tutela de la televisión. Ir al estadio -creo que ya lo he escrito, esa es la suerte de no tener lectores, el reciclaje- es sentirte parte de un gran espectáculo que llega empaquetado a las provincias. Puedo verme señalado por mi yo de hace 10 años desde aquel bar en la esquina del kebab en Avenida de la Victoria. Ver al Madrid siempre ha sido bar.

Luego está el balón. El primero al que se le ocurrió llenar de aire a la pelota primitiva jamás pensó lo que ese gesto iba a provocar. Sólo un genio pudo ver algo transcendente en echarla a rodar porque es mucho menos aparente que inventar la rueda o el primer natural, dos instituciones que marcan y construyen la civilización. Ese gesto sutil ahí sigue, igual de indiscutible. Es curioso cómo lo redondo, la curva, ha marcado profundamente a la humanidad. Alrededor de la pelota se ha creado un imperio gigantesco, ¡un invento!, la gran start-up de la Historia, y allí estábamos este martes decenas de miles de personas en un lugar con el cesped muy bien cuidado observando a dos equipos tratando de superarse para avanzar en un torneo.

No puedo enlazar ni dos frases de algo concreto que sucediera en el partido. Nada tiene que ver el licor café, Jaime. Las estrategias, los cambios y las alineaciones son la prosa horrible que esconde el fútbol. Es dificilísimo. Los partidarios de los que vestían de blanco respiramos aliviados con el segundo gol de Cristiano, mucho más cuando transcendió que ocurrió en fuera de juego. El doble suspiro, de la vida y la ley. Me hubiera gustado apuntar cosas sobre los lances del encuentro, pero nada. Isco corría sin correr, dando una vuelta de tuerca al modo Rajoy, andando deprisa limpio de aspavientos, con fluidez de cinta transportadora. Temple. Qué maravilla tener el centro de gravedad tan bajo, que tu vida la gobierne tu trasero. Los de rojo marcaron dos veces y jugaron con uno menos. A Zidane, un hombre envuelto en talento e inercia, el fútbol le regaló otras cuatro rete de la cosecha que sembró mientras estaba en activo. A nosotros una fantástica previa en la terraza de Richelieu, tanto, que el partido fue en realidad un after bien organizado.

 

Periódicos como prostíbulos

Me gustaría escribir sobre mi viaje a París de enero para rematar la serie viajera, pero no me sale nada que no sea decir “estuve en París”. Y ya está. Tengo anotado por ahí, en alguna aplicación del móvil, lo siguiente: “Ciudad con empaque”; “más que Viena”; “buenísima esta tortita”; “la gente pasea”. Literal. Y una foto del Sena subida a Instagram con un título tan intenso que da un poco de apuro sacarlo de ahí. Ojalá reunirlo todo, batirlo y crear una pieza límpida, brillante, cristalina. Sin embargo la literatura, la poca que albergaba, parece que me va abandonando desde que ocupo un nuevo puesto dentro de un periódico. La sección de últimas noticias la podría desarrollar perfectamente un robot y allí estamos unos cuantos, escudriñando teletipos, poniéndolos bonitos, otorgándole su función -enfoque- para que reciban a los visitantes y los atraigan desde el escaparate de la portada. Perdón, ya no existen portadas. Quería decir la home. Los periódicos son pequeños prostíbulos. Un poco como Westworld, los textos son los hosts, esos seres humanos donde las personas se descargan sin compasión. (Ahora encajaría aquí perfectamente alguna frase pronunciada por el personaje representado por Anthony Hopkins, ocurre que la he visto en inglés y en fin). Nuestro Sweetwater es el enlace y a partir de ahí que cada uno decida. Las noticias, tan bien vestidas, con sus ladillos, negritas y cursivas, las fotos, los pies y los enlaces, sin firmar, son como esos autómatas tan diferentes entre sí pero iguales que esperan en el saloon, diseñados para gustar, con una función muy clara, corta y concreta, acotadísima la personalidad, editorializados. Algún día se volverán en nuestra contra y los pinchazos rebotarán como balas perdidas.

Westworld tiene algo del mundo de Paterson. Son dos versiones totalmente diferentes de la rutina (loop). Las balas sustituyen a los poemas. La poesía es una forma cuidadísima de rutina. Describir es sacar de la nada a algo, meterlo en una serie, inventariarlo en palabras. Fabricar fordianamente noticias también es otra rutina, mucho menos valorada, claro. Los push, la notificación que avisa de la última hora en las aplicaciones creadas por los diarios, son el nuevo ¡extra, extra! Quiero imaginarme esos días donde la impresión pesaba desde la propia palabra. Ya no se venden periódicos a voces como tampoco existen juncales. Juncal, por cierto, tenía otra rutina cumbre, la única en la que me reconozco: coger el regalo diario de 1.000 pesetas y un paquete de Coronas. El resto: aventura. Para qué trabajar si tenemos literatura. “Si no te la merese, si no te la merese”, se lamentaba Paco Rabal pensando en Doña Teresa, su apoderada y novia, y el revuelo de faldas de la Igna cuando metía la mano en aquel cofre enano de la entradita. “Santa, santa”. Con la libertad y el Cossío, ese era su tesoro diario.

En París todo muy bien. Los franceses tienen ese punto de conmovidos que los hace especiales. Fuimos unos cuantos a visitar a un amigo economista que investiga cosas y da clases en la universidad. Me hace ilusión contarlo porque es un triunfo del idealismo. Él fue capaz de liberarse del cepo de la rutina. Vive en el Colegio de España, un lugar que acoge sólo a artistas, profesionales liberales, estudiantes e investigadores. Hay rutinas que no lo son. Cierta élite española se pasea por Francia sin que sepamos nada. En Madrid nos conformamos con el aperitivo en Richelieu. Allí, la llama del soldado desconocido seguirá ardiendo, el sol poniéndose frente al Sacre Coeur, el Taj Mahal del cristianismo, tan blanco y resplandeciente. Por las laderas de Montmartre continuará la gente ascendiendo. La ensoñación egipcia, todo eso, qué ciudad.

‘An da luuuces’

La única épica que le queda al 28 de febrero es tratar de gestionar el himno. Hace años que no lo escucho y cada día veintiocho del mes dos estalla en mi cabeza. An da luuuuces. Es la tragedia de los niños amasados en colegios públicos, instruidos con la flauta dulce y el coro, expuestos a un orden y una letra repetitiva que se incrusta, joder. El autotune de la Junta produce estos éxitos tan facilones. Por eso, el pitido, la funda verde y el color crema del plástico son en este instante mi bandera de Andalucía. Terrible. Sudo por enlazar alguna idea con sentido mientras dentro de mí hay gente levantándose, pidiendo tierra y libertad. Así claro que dan ganas de pasar el día en la cama, amanecer sólo para comer, bajar de nuevo las persianas sacralizando la siesta, merendar, cabezadita y hasta la cena.

Es hora de desactivar el himno, que es nuestra carga, y pedir disculpas a las víctimas. Bajo el sol deee nuestra tieerra. La letra está trufada como de quejidos con los que se pretende, no sé, activar el sustrato flamenco de cada uno. Sobre Andalucía habría que decir mucho más si cada abstracción no fuese interrumpida por esas frases cortas y punzantes que apuntalan, clavándose, la conciencia. Le van taaaaaaa ooos. Quizá es que deba ser así. En realidad, me habría gustado escribir algo concienzudo, sopesado, profundo y leve a la vez. Haber dirigido la mirada desde la distancia, levantar la vista por encima de Despeñaperros, asomarme a lo que somos. Describir la contradicción de ser andaluz, hacer un análisis eficaz de lo que nos caracteriza, repetir, otra vez, los nombres propios de la cultura. Hubiera quedado bien alguna gracieta en la que apareciera el nombre de Juan y Medio, su afición por los abuelos y los niños y ese caracter suyo de seminario, gracioso con mensaje, que convierte la región en un conjunto de gente sin definir, sombras en ese punto intermedio entre sus hijos y sus padres. Vol ver a seer lo que fuiimos. Aludir a los desayunos, hacer una especie de deconstrucción del mollete, jamón, tomate y aceite, la gastronomía. Siento que este texto sería definitivo si escribo que el himno real es esta o aquella canción, que el nombre de Andalucía es una mezcla de palabras que nos define y que en realidad nada de esto es verdad porque lo auténtico, lo que nos describe y posiciona en el mundo es una determinada actitud. ¡La historia! Esa mezcla de pueblos, cómo no. La bandeeera blannnca y veeeerde. Obvio, los tópicos, mencionarlos como de pasada, sin darle importancia, en esa pose de no querer pero estar obligado, como ahora.

Pero no, además de que la banda sonora es implacable, empapa su lluvia fina descargada durante años, Andalucía ya está secuestrada por bastantes consideraciones. Una jungla de definiciones, dentro y fuera. Después de algunos años viviendo en Madrid, aún me siento un poco extranjero. No quiero dilapidar esa sensación, y la guardo, pero el tiempo pasa. Mi patrimonio es exactamente eso, y unos cuantos recuerdos. Sería una tragedia perderlo, hay que seguir resistiéndose al metro y a las cenas -en Madrid no se pasea, se sale a cenar-, poner a todo volumen Poema para los muertos. Son demasiadas palabras sólo para decir que Andalucía se hace gitante en la distancia y empequeñece al volver, como cualquier hogar.

 

 

 

 

 

 

Londres se llueve

Ocurre casi siempre. No sé por dónde empezar. Tecleo y tecleo y los caracteres se van ordenando solos, sin pensar. Los párrafos fluyen y me hablo a mí mismo en un espejo de letras y frases. Un poco para darme ánimos. Intento estirar desde ahí lo que viene, como si existieran dos puntos gigantes por los que se deslizan las ideas. Luego borro rápidamente o me espero a terminar el texto y antes de enviarlo elimino la parte que me dedico siempre, no en un acto de ego horrible, narcisista, si no a modo de calentamiento. En realidad esto lo es y no lo voy a borrar.

Por suerte en Londres, muriendo enero, llovió. Hizo un magnífico fin de semana de perros, con frío y lluvia, nublado, tan londinense, un monumento más, definitivo para disfrutar de la ciudad. Parece que llueve como por obligación, de una forma funcionarial, a sus horas determinadas, sólo por mantener la imagen casi bucólica de parques verdes y calzadas mojadas. El sonido de los coches al pasar, esa pequeña explosión de agua. La lluvia ficha en Londres. Y llover en Londres en enero debe ser para la lluvia igual que para el sol amanecer en Córdoba en agosto: es el momento, es el lugar. Sin embargo no hubo niebla, no ya de esa en la que no se ve la mano propia y se comenten fechorías, en la que se difuminaba Jack, ni siquiera un poco. Ni una mala nube baja que rematara el fantástico clima. Es precioso el tiempo de Londres como lo es el de Mallorca. Debe ser desolador, terrible, encontrar un día azul, radiante y cálido en la ciudad de Churchill, tan grave como para abandonar el lugar por mal tiempo, claro. “Con sol, Londres resulta absurdo, y uno no se lo explica”, decía Julio Camba. Quien habló de la lluvia en Sevilla definitivamente no tenía ni idea. Londres se llueve muy bien. “Lo que cae del cielo” es también ciudad, forma, plano. Su esencia en gotas frías.

Londres es una ciudad inabarcable. Los innumerables rincones, los infinitos autobuses de dos plantas, los lentísimos taxis, el acolchado metro, los feísimos vestidos con los que salen a divertirse las inglesas, sus mechas, los fatigosos museos, el Tamésis, el acento, las funciones de teatro y los musicales, la diversidad, el pescado frito, los rascacielos, los puentes, la cerveza, los jóvenes que se drogan, los mercados y la comida callejera, hasta la masa folclórica de personas congregada por la mañana en Buckingham Palace, todo eso, merece un año completo, un poco de vida. No está hecho para una visita fugaz. Por lo que resignados rápidamente, en cuanto tuvimos ocasión, Clara y yo nos entregamos a las tabernas, a comer y beber. Aprendido el guión, en mi propia función, practiqué un inglés preciso y escueto. Dormimos en un futón en el suelo del salón de un coqueto apartamento en Herne-Hill y yo ya me veía escritor gris y atormentado, viviendo en Londres, depresivo y sin éxito, muerto joven, afectado por una pulmonía, padre de hijos sin conocer, pasando las mañanas mirando por la ventana mientras saboreaba la derrota editorial y de la vida. Por eso apenas me importó estar a punto de perder el vuelo de vuelta a Madrid, ya me había mudado allí. Londres es también sobria y establece una distancia con el visitante. Es un animal sin domesticar que mira insolente. Supongo que luego acoge. Hasta los edificios, en esa arquitectura robusta, alcahueta por su expresión, lo observan todo a punto de la expulsión. Hay ardillas también, que es siempre un punto a favor.

Vamos, que a Londres hay que ir.

 

A la nieve

Hace tres semanas viajé con Clara a la nieve. Es extraña esa forma de convertir la nieve en un lugar y no en el accidente que es. Decir “viajé a la nieve” es igual que explicar un día de playa con “estuve en la arena”. No se dice nunca la ciudad, ni la estación, que tienen también unos nombres que sólo pronuncian en España con el boato y la dignidad suficiente Josemi Rodríguez Sueiro y algún Borbón suelto. Estuvimos en Alto Campoo -cómo se llena la boca- y a mí me da un poco de vergüenza escribirlo. En mi familia se celebró como si yo hubiera salido en la portada del Hola o encontrado un trabajo normal por lo mucho que hemos avanzado en una generación: mis abuelos  se fueron de viaje de novios a Córdoba, al cine.

La deformación por la que se llama nieve al conjunto del lugar se pega y justo cuando bajábamos del coche ya la utilizaba, adoptando esa pose con la que se pretende hacer normal el hecho de arrojarse voluntariamente por una pendiente helada. En la nieve todo es complicadísimo para el humano: desde calzarse las botas, no digo ya andar con ellas, hasta el simple hecho de pronunciar la palabra forfait. Tampoco sé si se escribe así. Se exige un esfuerzo extra: incluso es obligatorio madrugar. Me sorprendió porque si la naturaleza tiene algo que decirnos suele ser menos irónica.

Existe gente intentando parecer natural en esa situación. Es imposible. Por eso las gafas son tan grandes que tapan la cara, a las gorras les ha crecido la visera una barbaridad y los pantalones son anchos. De este modo se puede disimular la cara de espanto mientras se bebe una cerveza o el temblor de piernas en las colas, los peajes que hay que pagar continuamente para disfrutar de la aventura. Forma parte del paisaje aquella roca, ese señor tan rojo y las numerosas e interminables filas de personas. Los abrigos de color vivo, la música que suena sobre las pistas y los bares repartidos por la bajada intentan maquillar la horrible realidad. La palabra remonte suena practicamente a suicidio y es tétrico el instante de desremontar, una operación tan exacta de coordinación entre hombre y máquina que se soluciona como casi todas las cosas en esta vida: tirándose al vacío.

Mi relación con la nieve ha sido difícil siempre y se complicó hasta límites tremendos calzándome los esquíes por primera vez el otro día. Hasta entonces, intentando eludir ese instante practicamente me provoqué un esguince en la ESO y tuve que romper con una antigua novia antes de un viaje a Sierra Nevada. Volví con ella cuando volvió el calor. Tengo la típica foto en Córdoba lanzando unas bolas y bajando con un trineo en Granada con cinco o seis años, mucho más directo y con apenas parafernalia. Al verme sobre esos dos tabloncillos con los que uno se juega la vida en las cimas caí en la cuenta por fin de por qué se llama nieve a todo el viaje: pasé las primeras dos horas envuelto en ella aprendiendo a levantarme, algo muchísimo más difícil que caerse. La nieve es la cuarta dimensión, las cosas suceden al revés.

Por fin enlacé cinco segundos deslizándome en una recta. Me relajé tanto, confiado, que me caí. No me respondían las piernas, ni Clara, que ya volaba cuesta abajo. Al final del día, cuando nadie me vio, bajaba solitario y mirando al horizonte, erguido, fácil y con empaque, relajado y concentrado las pistas más fáciles rodeado de niños, intentando disimular que no competía con ellos.