Blanco sobre negro

Juan Diego Madueño

Las lápidas de los periódicos

Nacho Barberá murió de manera repentina, era muy joven y jugaba al fútbol. Los tres hechos convierten su teletipo en la pieza perfecta para el periodismo de última hora. La industria del suceso comienza a funcionar en ese mismo instante, tejiendo una red alrededor del nombre para captar cualquier añadido que alimente la necesidad de saciar el morbo con detalles. Los tres primeros párrafos se extinguen como una cerilla. Leer lo ocurrido nunca es suficiente.

Los automatismos son siempre los mismos. Alguien da la voz de alarma en la redacción y el resto se afana en poner presentable al muerto, en peinar sus ladillos, acariciarle el titular, comprarle una bonita entradilla. Los periodistas son enterradores con licenciaturas. Es obligatorio buscarle un lugar apropiado en la portada a la lápida. Los primeros clicks confirman que en la muerte hay un negocio tan antiguo, supongo, como el del sexo. Y que es más rentable si se trata de muertes consideradas, no sé, injustas. El chaval fulminado en el terreno de juego. La jovencita atropellada por un borracho. El apaleado en las fiestas de su pueblo.

Quizá se pueda gastar una notificación. La noticia sube en la pantalla de las más leídas como si una muchedumbre cargara con el cuerpo. Retumbando los pinchazos, ahí va marchando un ejército de muertos, Nacho Barberá al frente, al rescate de la empresa periodística mientras un funcionario de la información se frota las manos y el empleado mantiene su puesto un mes más. Funcionó. Hay días en los que los diarios digitales son un fosa común iluminada por letreros de publicidad. Al otro lado brillan los retuits y las lágrimas de Facebook. Esta construcción de cementerios en las pantallas es adictiva para los dos lados, convirtiendo, por ejemplo, a secciones de deportes en vertederos de personas a las que su último suspiro los pilló subidos a una bici, nadando o corriendo.

Descubrir algo especial del muerto es triste, una afición mainstream o un mote significativo, susceptible de ser utilizado para montar en el negocio a la industria del espectáculo. La rueda vuelve a girar en forma de homenajes, minutos de silencio, declaraciones de personas alejadísimas a él, calentada por los sentimentales, por supuesto los cursis, y el olor a muerto se convierte en viral. Barberá tuvo la desgracia de que en casa lo llamaran Cholito. Pobre, qué tragedia esa camiseta con su nombre en el vestuario del Atlético, la frase precisa y terrible del community manager, las miles de visualizaciones del vídeo, tan turbia esa pose afectada que genera empatía y seguidores y más visibilidad, aumentando el colchón de la derrota: “también se nos mueren los niños”.

Así, el pobre Nacho Barberá, tan manoseado, resucita por días, cada vez con menos fuerza. El reguero de estadios callados hace que las búsquedas en Google con su nombre aumenten, yendo de nuevo a los periódicos, que vuelven a escribir sobre los recordatorios convirtiendo el nombre y el apellido en una fórmula de posicionamiento perfecta. La descomposición se ve día a día, y cuando apenas queda un pedazo de mano, una pierna podrida, alguien dice ya no tira. Hay fijación con los niños, mucha más si están enfermos. Los afectados padres los llevan a sus ídolos buscando un milagro, cargando la tragedia familiar sobre los hombros de personas felices que sufren ahora irresponsablemente con ellos. Eso da lugar a crear artículos de laboratorio, a sacarlos en lacrimógenos reportajes televisivos: a esperar su muerte para empezar de nuevo.

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Roy Goode y yo

Casi todos los días desciendo López de Hoyos después de una mañana de lectura o de escribir aquí o de escribir para el periódico a la hora de comer. Casi todos los días me descuelgo por la suave pendiente de la calle, por el lado izquierdo de la acera, imaginando que cada paso coincide con el del día anterior, trazando un carril imperceptible, desgastando mínimamente la superficie a fuerza de rozarla, convirtiendo el hilo de estos paseos en una linde verdadera, el camino particular con mi nombre dibujado semana tras semana. En el semáforo de Príncipe de Vergara hay ajetreo siempre. El kioskero observa a los paseantes con indiferencia. A veces coinciden nuestras miradas. Los taxis esperan justo detrás, apilados como los periódicos, a punto de caducar los turnos, dos mundos esfumándose.

Casi todos los días hago el mismo recorrido al llegar a ese punto. Atravieso las gentes por el desfiladero entre la fachada de Carrefour Exprés y los titulares, giro levemente a la derecha, bordeando las publicaciones y la chapa, y cruzo la calle, a veces esperando a que cambie el semáforo, otras ya está verde, otras acelerando el paso, corriendo un poco, cuando la calzada está libre y el peatón luminoso aún en rojo. A lo largo de la semana cambian las caras. Desde la tristeza de los lunes, la resignación del martes y la inercia palpable en el ambiente a partir del miércoles, la gran manada, la aglomeración de seres que rellenan los huecos de la ciudad, cambia sus sentimientos generales en una coreografía perfecta, peces o pájaros que vuelan y nadan a la vez.

Cuando no rodeo el puesto de periódicos, lo salto por detrás. Encontrando un hueco, el butrón por el que cruzo la calle en diagonal. Entonces no paso por la puerta del centro comercial, no cruzo la mirada con el kioskero, no sorteo a los indigentes atrincherados en las puertas automáticas. Siempre me veo a mí mismo desde fuera en la trazada, apurando un segundo, veloz, atrevido, humeante, sin consignas. Casi todos los días que decido tomar el paso alternativo no ocurre nada, excepto en dos ocasiones, que en realidad es una.

La primera vez no fui consciente como no se es consciente de lo automático. En vez de un taxi, el coche que ocupaba el primer hueco en la fila era negro, recién aparcado o a punto de salir, la parte de atrás del vehículo sobrepasando los límites de las líneas azules pintadas en la carretera. Me fijé sólo en la pegatina amarilla del cristal delantero. Al abordar el paso de cebra desde el lado derecho de la calzada, me crucé con una mujer con ropa de deporte. Las llamativas mallas de colores vivos, rosadas, rojas o anaranjadas, con dibujos de olas de color diseñados para hacer agradable la decadencia de gimnasio y nueva década a los oficinistas, las zapatillas Adidas en el mismo tono, el pelo recogido, segura. Me fijé sólo en las parte inferior de las mallas. Un tiempo nublado, frío, con poca gente en la calle. El último tramo del vado para peatones libre, la isleta vacía, un solitario coche frenó justo cuando volvía a avanzar.

El martes lo vi otra vez en ese orden. Por eso lo extraordinario ha ocurrido sólo una vez. El déjà vu fue cinematográfico. Del mismo modo en el que ocurre en las películas. No existía la sensación esto ya lo he vivido. Ocurrió exactamente igual que la última vez, los flashes de la pegatina, los colores de las mallas, el terreno libre que tenía por delante. La sucesión fue perfecta. Parecía que estaba viendo las imágenes de mi interior sentado delante de una pantalla. Exactamente la misma bruma, el mismo vehículo frenando en el último paso de cebra, la misma mujer con las mismas mallas y las mismas zapatillas, el mismo coche negro detenido entre la calzada y la parada con la misma pegatina amarilla delante.

La única diferencia es que iba con el pan metido en el bolsillo del abrigo, con las botas que compré esta Navidad en una tienda de Córdoba puestas, con la capucha del abrigo azul marino sobre la cabeza. La barra de pan sobresalía como una escopeta sobresale de las monturas en los Westerns, me hacían un poco de daño los zapatos, acostumbrado a las zapatillas de la última semana, y lo que me cubría era en realidad un sombrero enorme color crema. Apoyado el codo en la punta de la barra, mal andado intentando domar las botas, subiéndome con cinismo la visera para ver un poco mejor, me creí Roy Goode, salvaje, misterioso, asesino y buena gente, ladrón y esperanzado, irónico y humilde, directo a ajustar algunas cuentas, rescatar alguna dama o beber a Richelieu Saloon en una misión distinta a la de casi todos los días, bajando López de Hoyos como casi todos los días.

Puigdemont y yo

Cuando pienso que debería volver a publicar algo en el blog, la necesidad de escribir es casi física. No es una cuestión de talento, vocación o algún concepto abstracto que me posicione en un lugar concreto, se trata de otra cosa, no sé. Cada vez es más fácil entender que quizá no valgo para enlazar cinco o seis párrafos con coherencia y la mayoría de ideas que me abordan en los 45 minutos de cinta de los martes se esfuman en cuanto salgo a la claridad de la luz natural, al resplandor de los nublados, a la suavidad de los días claros.

Siempre me apetece escribir sobre la actualidad. Acudo a ella cada vez más a menudo, con la avidez enfermiza que veo en los otros. Esa necesidad de consumir la última hora, el titular que tiene que funcionar –la palabra funcionar da dolor de cabeza–. Luego se me pasa. He tenido un conato, sin embargo, de articular una opinión con la pose y los matices sobre lo de Cataluña. Debería desglosar aquí las razones que convierten a Puigdemont en El impostor de Cercas, el Enric Marco de la política, un hombre que pasará a la historia por haber inmolado su biografía con la peculiaridad de arrastrar a esa destrucción a miles de personas. Marco, el jubilado que se construyó un pasado alemán de sufrido deportado nazi, convenció a casi todo el país de su artificio, pero no tenía más responsabilidades, sólo las éticas; Puigdemont, además de convertirse en el reverso del político levantando, organizando y gestionando una ficción, ha estrellado a la mitad de su vecinos contra ella. Las horribles caretas no podían tener más significado: ese puigdemont de papel es el virus que enfanga Cataluña. El procés, además, es aburridísimo. Es imposible soportar la carga de democracia, días históricos, la necesidad de implicarse, la transcendencia y el boato, las reivindicaciones, las concentraciones de gente, los discursos del parlament, las urnas, las papeletas, la urgencia de estar implicado. Es la peor época para ser catalán y perezoso. Supongo que hay un puñado de catalanes atascados en esta sucesión de rebaños y manifiestos, que no tienen ideas, quizá ni siquiera una opinión formada sobre lo que ocurre alrededor, en medio de la muchedumbre y las banderas, los gritos y los hombres y mujeres y familias dispuestos a todo por la utopía definitiva, observando esa transformación con un gesto de desgana. La tercera Cataluña es la de la pereza y yo estoy con ellos.

El último día que salí en Madrid supe lo que era triunfar en la vida. Hace cuatro miércoles, a las dos de la tarde, cruzaba Gran Vía montado en una moto eléctrica, entorpeciendo el tráfico con la velocidad de bicicleta rápida que alcanzan esos cacharros silenciosos, mirando casi con placer a los taxistas. La sucesión de comidas, copas, cocktails, merienda, cenas, vinos, cervezas, recenas y copas fue demasiado pero me acercó al nirvana de escritor atormentado. A la una de la madrugada era incapaz de articular palabra, inutilizada la tarjeta por falta de fondos desde el primer ajuste de cuentas. Desplegado el Madrid de Fitur, la ciudad abría esa trastienda fabulosa de las madrugadas laborables. Allí zozobré, primero acurrucado en el baño de Zoko –ese tipo de restaurante de moda en el que parece que los camareros han sido seleccionados para un reality– después en la parte de atrás de un taxi, pidiendo clemencia en las curvas, jurando no volver a beber en cada acelerón en los semáforos, esa sucesión de pequeñas tragedias al cambiar a verde, y al final, por la mañana, cuando descubrí vacía la cuenta corriente, pobre para el resto de mes, los zapatos punteados de vómito, el recuerdo de las impertinencias nocturnas. No veo otro modo de ir por la vida. Como Marco. O Puigdemont.

Confluencias en el Bernabéu

El miércoles hubo en el Bernabéu un bullicio inesperado. Es verdad que no he ido tantas veces al estadio como para tener una voz autorizada en esto, pero se dio una confluencia. La vi hasta yo, quiero decir. En un fondo, la grada blanca, impoluta, de comunión, alegre, primaveral, juvenil y por lo tanto sospechosa. Arriba, en uno de los laterales, un grupúsculo oscuro, agitado en la primera parte, silente después. Mucho más arriba, a la derecha del palco de prensa, gente vestida de rojo, sin abrigar, apaches en la frontera. Cada uno cantaba lo suyo. El murmullo de los nuevos cánticos madridistas alternaba con los clásicos. Hasta mi posición llegaban lejanos. Benditos los que estaban en medio, congelados por la brisa siberiana comprada por Florentino y machacados por la animación. El gran fiasco del fútbol es ese: como en Cádiz, que también hay gente que canta disfrazada.

La reunión Ultra Sur de antiguos alumnos repasó sus grandes éxitos, Real Madrid alé o Todo el estadio, apenas coreados por el resto. Fue especialmente triste con Todo el estadio, callándose con habilidad entre frases con el timing ajustado sin que nadie les siguiese. El grupo, tan reducido y lejano, era como una de esas bandas tributo a las que nadie va a ver. Viejos rockeros que se homenajean a sí mismos en una gira lamentable por pueblos -la Copa-. Cambiaron las mariposas por los globos en una peleílla de parque temático por sus buenos tiempos de nazis haciendo cosas nazis. Aquello era la reducción de la época de Raúl, las remontadas inconclusas -contra el Zaragoza, por ejemplo, que escuché con el walkman en la cama tapado hasta las orejas- los gemelos de Roberto Carlos, el parche del FIFA para oír los comentarios de la Cope y esas voces de gente subida a las vallas con megáfonos. Cierto periodismo ha estado siempre cerca de ciertas personas.

A los jovencitos confusos que cogieron el relevo se les nota un poco teatreros. Cantan, llegan a bailar y se les ve divertirse, incluso cuando Guillermo cabeceó dentro la que tuvo Benzema en el Clásico con un bello movimiento. Qué foto para su salón. Falta ambición en la hinchada. Desde lejos se les nota gente estudiada, bachilleratos por la inercia, carreras como Derecho y Ade en las que lo más radical es pillar los apuntes a la guapa, al menos es lo que intenté siempre. Gente con Twitter, informadita, que juega a la plei, habrá incluso algún niño rata. Para animar en condiciones hay que haberlo pasado mal de verdad para que la única salvación sea gritar en el estadio. Salir directo a casa frotándose las manos heladas mientras se avisa a mamá rebaja la épica. Además, esto de tener muchachos cantando obligatoriamente en un estadio es una perversión del juego heredada de los equipos que, por falta de copas, eligieron las rimas. Han llevado a los grandes a su terreno y ahí no hay color. Si en el Bernabéu no se canta no pasa nada. En la Maestranza hay un silencio bíblico y a nadie se le ha ocurrido soltar por allí a gente con pañuelos verdes y silbatos. La obligación de cantar tampoco le corresponde ya al Atlético, hablando de nuevos ricos, que se ha mudado para callarse.

La confluencia de esos dos mundos quedaba desactivada a veces por los del Numancia, que tenían todo el derecho a expresarse al estar en la capital. La grada-jaula se convirtió en un momento en una cueva con luciérnagas cuando todos activaron la linterna de sus móviles para acompañar una reivindicación provincial. De pronto el Bernabéu se iluminó poco a poco y todos los sorianos florecieron de sus smartphones. Como a los del Borussia, no se les entendía. Un periodista al que admiro fue a buscar la razón última de las exigencias: “la culpa de todo esto también la tiene Puigdemont”.

Entonaron el ya habitual Sí se puede al que falta la coma pero que sirve para todo y es un hit en la capital desde mayo de 2011. Sí se puede es el nuevo No nos moverán. Optimismo por trinchera. La trinchera del optimismo, o sea. En una contra el Soria empató el partido. Sobre el césped pasaban cosas extrañas, un caño a Llorente, un encontronazo de Kovacic, el agarrón a Isco de Dani Calvo cuando terminaba el encuentro aplaudidísimo por algunos, incluidos los madridistas que odian la conducción. A este Madrid perezoso no se le ve el final, y yo lo entiendo. La pereza es mi especialidad. El frío valió la pena: vi resbalarse a Achraf en una de esas acciones comentadas en Madrid con cinismo años después de que ocurran.

Los peores propósitos

Presiento que este no será un buen año. Aunque sólo sea porque el pesimismo tiene literatura. La realidad es que he desembarcado en 2018 con una horrible lista de propósitos de mejora, una funesta declaración de buenas intenciones, a la que se le ve a kilómetros el fracaso. Intentarlo en un periodo tan concreto de tiempo es ya una derrota, como si no hubiera más vida, abocada la civilización al narcisismo de los anuncios de colonia, que son los que tienen la culpa de casi todo. En los propósitos de año nuevo hay un poco de esas aventuras sexis oliendo dulzón con acento extranjero. La industria de la felicidad impide su doblaje porque el bien viene solidificado, congelado, y aquí se nos muestra una expectativa de viaje, aventura, la necesidad de tener experiencias todo el rato que compartir. A la gente normal nos están destrozando la realidad sustituyéndola por una pornografía de decisiones felices. Nicorette vive de esto. La trampa estaba ahí: lamentablemente me he propuesto mejorar.

Ojalá hubiera sido valiente para hacer justo lo contrario, escribir en un folio en blanco la otra lista, la de empeorar. Llegar a las citas cada vez más tarde, ser un poco más vago, abandonarme a la procastinación, mentir, convertirme progresivamente en el maleducado definitivo, un ser insoportable hundido en la pereza, demagogo, malhablado, incapaz de concentrarse y olvidadizo, con un amplio repertorio de excusas, extrovertido pero amargado, envidioso, negro por dentro, con mal beber, hipócrita y un poco gordo. Ser el Real Madrid de las últimas semanas, el perfecto idiota, reconocido internacionalmente. Concretando un poco más: convertir la actitud de Benzema en una persona, un pequeño Frankenstein amasado por nebulosas. Quedaría genial un anuncio de perfume, los teaser de una vida mejor, con alguien así. Me ofrecería voluntario sin pensarlo. Con miedo a tirarme del acantilado del que bajaría andando con chanclas por algún camino pedestre y luego, en la lancha, sin ganas de besar a la chica. “¿No tenéis ninguna muestra?”, preguntaría. No se ven muchas librerías alrededor de la escena pero sacaría de algún sitio un libro y leería cuarenta páginas antes de tumbarme encima de nadie vestido sólo con un bañador de competición. Sudoroso, a medio mojar, temblándome la grasa a cada golpe de mar.

El primer lunes-lunes empecé a recorrer mi otra lista por el final yendo al gimnasio sin lentillas. Casi no veía a nadie, sólo los olía. El gris de las máquinas, las caras sin concretar de la gente, la abstracción de los olores, el tacto húmedo de las cosas, la luz blanca de fábrica. Haciendo deporte llega un momento en el que las frases motivadoras salen solas, te acosas a ti mismo convertido en un pesado en tercera persona. Es desolador darte ánimos, verte desde fuera rendido y pensar que aún queda lo mejor. Tristísimo hacerlo en inglés, “keep going”. A punto estuve de escribirme un libro de autoayuda. Creo que hay muchos atrapados en esa vorágine, en la idiotez de los límites, conscientes de la propia intensidad; el autofitness. La última liberación está por llegar: una ilustración de malos hábitos. Es muy triste tener que pagar por esto. A ver lo que me dura.

Las cordosiesas ya son blogueras

Las cordosiesas ya son blogueras y eso me crea una sensación extraña. Instagram, la red social donde malgasto el tiempo, me ha puesto frente a esta siniestra realidad: las mujeres más antipáticas del mundo también sonríen. Escribiendo esto he tenido que mirar un par de veces algunas imágenes. Necesito esa mierda para seguir. A través de la lupa he sido testigo de cómo se ha derrumbado un concepto construido en el fango de Cibeles, aquella discoteca en la que caímos tantos. Ahora que ha desaparecido y el local está tristemente dividido en dos ni siquiera hay una placa que recuerde las pocas gestas, ni una sola mención a la tragedia, a la industria del rechazo de universitarios construida entre sus columnas. En esos cristalitos palpitaba el no.

Mis pesquisas han confirmado, además, la leyenda de la transformación. Los rumores eran constantes después de verlas pasar por Mansul agitando una melena larguísima, ese látigo de la indiferencia, el zumbido de la mirada sarcástica -“¿Tú? ¿Conmigo?”- el muro donde se ha estrellado una generación completa de jóvenes, en Córdoba no hizo falta la heroína, con aires de Esmeralda vestida en Zara. Se decía que tomaban un tren a Madrid. En la capital, a veces, entablaban alguna mínima conversación. Pasando a limpio una nueva derrota los corrillos de muchachos tristes comentaban que llegaban al extremo de aceptar invitaciones de copas en las discotecas de la Castellana. De vuelta, acercándose a Despeñaperros adoptaban su modo habitual de animal mitológico, apretando fuerte los labios, entornando los ojos. Su tragedia era ser guapas.

A las cordosiesas ya no se las ve juntas -fueron las primeras manadas- uniformadas por las perlas y los colores pasteles. Las perlas y las barbas perfiladas, ahí hay un sesgo claro. No van a clase de inglés ni a misa. Dar la paz el miércoles de ceniza era el recurso del desesperado. Tampoco acompañadas de su madre un martes por la tarde en Cruz Conde. La cobra del saludo helaba. La cobra a distancia, escondiendo el hola con un movimiento contrario de barbilla parecido al que hace Isco con el tobillo: brusco y suave, templado y demoledor. Han olvidado las clásicas costumbres de “quedar a tomar una coke” y ahora van a lugares como la Mucca donde beben vino. ¡Vino! Han cambiado el McDonalds del Brillante por La taberna del río.

Viajan y tienen una frase soñadora que encaja en cualquier instante. Hay, joder, sentimientos en ellas. Este proceso de sofisticación las desnuda socialmente, desarmando la defensa creada en la ciudad durante siglos que las mantenía apartadas de sus propios vecinos, insoportable en la primera década del veintiuno. Quizá también necesitaban un respiro. Algunas se han llegado a casar eligiendo en un gesto salvaje a un pobre diablo empadronado en Córdoba. La paz de Versalles y esto, de verdad. Jamás se las ha conocido por el nombre completo, a lo mejor el mote o el colegio donde estudiaron primaria, y ahora hasta reciben paquetes en casa. Utilizaban el diminutivo para amedrentar.

Necesitaría un enviado especial a Tinder para ver si allí está ocurriendo algo parecido y se puede hablar de la extinción completa del primer concepto que empoderó a las mujeres en España. Además de tener el poder, lo ejercían relamiéndose. Apoyadas entre ellas con una red de solidaridad que iba más allá de los grupos de amigas, superando la siempre difícil frontera de las conocidas si había alguna emergencia. A una hora determinada, sobre la música, se escuchaban los murmullos, los bisbiseos de las pequeñas reuniones que decidían el beso de una de ellas. Un estado paralelo con su propia policía.

-Tía, no me gusta para ti.

Y a otra cosa.

En las barras de los bares están impregnadas las sombras de los que se quedaron colgados cuando lo rozaban. Córdoba es un cementerio de ganas. De esos años duros quedamos unos cuantos supervivientes repartidos por la geografía, entrenados en condiciones terribles en las que hemos desarrollados habilidades extraordinarias capaces de ligar, no sé, en Palencia. Los nacidos a partir del 94 hablan de follar con la misma naturalidad que lo hacíamos nosotros de los casi. No nos olvidéis.

Este aburrimiento

Cada pasada del paño húmedo por los botos derrumbaba la ficción del fin de semana. La Nivea engrasaba la piel y la realidad. Era lunes, había anochecido pronto de nuevo, por la ventana de la cocina entraba una oscuridad fría, la luz fluorescente atrapaba la loza del suelo y mi madre se movía de un lado a otro preguntando cosas que ya sabía. Había poco hogar en el tránsito del desorden a la limpieza. A ella la escuchaba lejos y respondía con monosílabos, con ese tipo de actitud que la enfurece. Sentado en la silla donde tantas veces desayuné ensimismado con las ramas del plátano de sombra que tiene mi edad daba vueltas al calzado arropado por una sensación penosa de vacío, de final, sin encajar en mi propia casa. La cama sin hacer, los zapatos en mitad de la habitación, las cajas de los sombreros una encima de otra y los trastos apelotonados en la bañera eran los cascotes. Sólo tenía ganas de dormir.

Delante del horno de piedra trabajaba Pepe. La aguja marcaba 300 grados y allí estábamos unos cuantos, rodeando la cocina al aire libre, esperando las pizzas en el jardín de la casa de Fátima. No había suficiente guacamole y el alioli artificial, ensamblado en el envase amarillo de plástico, es deslumbrante la posibilidad de ser el primero en romper la superficie blanca, lisa y espesa del producto, no había tenido éxito. Un fuet empezado y doritos abiertos, pocas cervezas. Las conversaciones recordaban algún instante, aquella voltereta, el meme de la portagayola, el día soleado, la fiesta y las palabras se hacían cada vez más finas, imperceptibles al crujido de los bordes, del pollo y el champiñón horneados. La reunión estaba agitada por la resaca de los días intensos y todos estábamos distanciados de los otros, o al menos lo percibía así, en manga corta, aparentando que no tenía frío. En realidad no lo tenía. Juan y mi hermano, abrigados, me lo habían comentado y cualquier movimiento que hiciera era vigilado, como mi cercanía al horno vacío o los brazos cruzados. Tenía un frío impuesto. Ya en casa me dormí en el sofá.

La comida en Foster’s fue peor de lo que esperaba pero al menos comí sin el remordimiento de las calzonas apretando mis muslos anticonstitucionales. Hubo calidez al fin, todo estaba más unido y el diálogo en la mesa era uniforme, compacto. El festivo marcaba un domingo intercalado, a la mañana siguiente volvería a Madrid y el resto a sus trabajos. El otoño, un sol que calienta menos y esas horas previas de la vuelta a la rutina siempre golpean el recuerdo de mi infancia paseando entre los bosques de diseño del Jardín Botánico, el sudor seco de los invernaderos, el pabellón americano y sus olores. Juan Baena desapareció y en la pick up de Popi subimos Yépez, mi hermano, Juan y yo. La pequeña plaza de toros parecía mucho más pequeña que el sábado. El domingo por la noche habíamos ajustado las cuentas con Rocío y el festival y la fiesta eran en ese momento un reguero de vasos, alguna botella, marcas en el suelo, fotocols vacíos y amplitud y silencio. Los campos en barbecho se extendían detrás ahogando el ruido del motor de los coches. El viento incomodaba, sordo. En el ruedo, el rastro que dejaron los cadáveres de los novillos apuntaba al patio de cuadrillas, la cal apenas se distinguía y el albero estaba moteado de montículos y huecos, montañitas de arena como olas que recorrían toda la circunferencia. Una raya de salmorejo se escurría en el suelo. Lo desmontamos todo casi sin hablar, vigilados por un camarero malencarado, borde y apático, que enmarcaba su cara redonda por una vergonzante perilla perfilada y cortada al mínimo, gordo, la reconocible imagen del fracaso, un centinela que recordaba que la vida es más bien eso. Los burladeros, nuestras imágenes a tamaño real, las pelucas. También los adornos de los balcones. Volvieron las rejas al palco del presidente. La tarde caía sin prisa y anocheció cuando entrábamos en casa. El Madrid perdía 3-0 y volvimos a cenar fuera, como quien bebe, a refugio de la apatía. Entrar en el coche de Juan sin la ropa de deporte resultaba extraño. Estrujábamos, mi hermano también, las últimas horas juntos después de un mes viviendo otra vida.

Decidí llegar al tren con algo de tiempo esta vez. Creía tenerlo todo empaquetado pero un mensaje a WhatsApp descubrió la identidad al rumor de olvido que me acompaña siempre en esas situaciones. “Lo sabía”, dijo mi madre. Pues si lo sabía podría haber avisado antes, pensé. Apenas pude leer una línea del libro que llevaba. Pasé el viaje viendo de nuevo todas las fotos, los vídeos y bajando y subiendo Twitter. En el asiento de al lado estaba sentado un señor amable pero impertinente, que ocupaba mucho, sonreía y tenía el pelo blanco. Se levantó dos veces que a mí me parecieron quinientas. Cuando volvió me encontró sentado en un asiento libre. El Alvia traqueteaba. Delante hablaban de trabajo. Está bien viajar en tren pero nunca he encontrado qué lo hace tan fascinante para el resto. El avión sin embargo despega y aterriza y tu vida depende mucho más de la tecnología. En Madrid había un sol despejado, una mañana luminosa, colas para coger al autobús y coches aparcados, coches circulando y coches parados. La gente salía sin prisa, cargados con maletas, apretando carpetas. Conduje un Emov hasta casa y perdí el tiempo antes de comer con Clara. La ví de lejos y se produjo una situación rara al saludarnos en la distancia, como si nos hubiéramos conocido ayer. Agoté la distancia hasta ella intercalando miradas al suelo y al frente. Un taxi me recogió a las cinco. En los estudios de Movistar Plus esperaba Simón Casas, impaciente, mascando la palabrería. Cruzamos los tornos junto a Carmen y a mí me parecía no estar allí.

El viernes sentí cerca el mismo malestar del sábado. Mis padres me encontraron tirado en el suelo. Escuchaba la música y sentí vibrar el móvil, pero no podía reaccionar. Desde lejos sólo se me veían las piernas detrás de una cortina. Había vomitado por encima del muro de piedra y no me quedaba nada. Escupía saliva espesa y me apetecía dormir, allí al raso, sentado. Clara insistió metiéndome los dedos en la garganta cuando no podía ni hablar. El olor a tabaco me repugnó y me recordó a las noches en Bologna, saliendo de Tresor dando tumbos. Nos habíamos juntado unos cuantos para despedir a Hugo, que se casa en diciembre, y dejé de beber en cuanto lo noté. El vino, las dos copas en la sobremesa, otras cuantas por la tarde, acercaban la meta de frío y vómito. Al día siguiente volví a la redacción despues de una semana sin pisarla y fue triste. Siete días después hacía un buen día fuera, suficiente para salir de allí y mandarlo todo a la mierda. Los teletipos se escurrían, parpadeaba la home y las órdenes. Había una claridad diferente, perdí al pin pon. Todo resultaba artificial.

A las once salí, me reencontré con Clara y unos amigos suyos. Bebí sin problemas. En El Cuento la gente bailoteaba, brillaba el telón proyectando la NBA mientras Gabi me contaba su vida en Namibia. Me acordé de Miguel en París. Pepote, al que acababa de conocer, se sujetaba con una columna mirándo fijamente a una tipa sin escucharla. Ella gesticulaba, movía la cabeza. Él mantenía los ojos muy abiertos y media sonrisa etílica, un barco a la deriva anclado en medio del pub repleto de oficinistas de bigfours. En Madrid todo sigue exactamente igual. “Es de Barcelona pero le gusta el flamenco”. Las adversativas, ahorrar, trabajar, el contrato. Qué aburrimiento. La vida sublime no es ni siquiera un espejismo.

El frío Estado 

Durante estos días están creciendo las metáforas. Casi todos las utilizan. Los choques de trenes, el famoso abismo y el vacío son los tres estadíos metafóricos que está viviendo el país, que constituyen a su vez una metáfora de la situación y que llamarlo situación lo es ya casi también. La gran metáfora, sin embargo, es procés o su equivalente el llamado procés: un producto de marketing para enmascarar la falsa realidad construida durante cuatro décadas, palabra a palabra, edificando sentimientos. De metáfora a metáfora, a los independentistas se les está tratando como si sus argumentos tuvieran base sólida y no hicieran pie en esa mentira que no ha sido capaz de demoler el Estado. Reconozco síntomas de validez en las tertulias, en algunos editoriales, en varias reacciones. El nacionalismo ha ganado en todo este tiempo legitimidad con sólo la inercia.

Quizá no se pueda escribir de esto sin colocar alguna florecita que entierre el pestilente olor de la realidad: la tensión. Los sentimientos tienen la culpa. Resultó insoportable ver cómo se jalearon las salidas de los Guardias Civiles con los trágicos “a por ellos, a por ellos” o a padres utilizando a sus hijos mientras probaban la contundencia de la ley tanto tiempo después -la ley pesa desde el pérezroyo hasta la punta de la porra de un antidisturbios-. La maquinaria del Estado no puede admitir banderas en los balcones ni abrochadas al cuello porque convierte su acción en un pastiche, en un griterío de bandos, en una división trágica. No se trata de ser el más español. Igualar a los separatistas en ese terreno es peligroso. Este espectáculo entristece y asusta desde que se perdió la frialdad. La razón debe estar en alguna parte, no lo sé.

-Queda usted detenido.

-¿Qué hace ahí Manolo el del Bombo?

Ojalá alguien agarre a su ventana una constitución.

Cuando Cataluña prohibió los toros escribí que ya no formaba parte de mi manera de entender la vida, como si se hubiera independizado de mí. Más o menos. Puro sentimiento. En aquel momento me encantó la idea, era un aficionado voraz y optimista, y lo viví como la patada a la libertad que fue. La primera. Acababa de llegar a Italia y sentí realmente la impotencia, a pesar de la distancia que había intentado tomar desde que se detectaron los primeros síntomas. Con el tiempo entendí que los únicos que habían perdido eran ellos al quedar en evidencia. Muchos se pusieron de perfil y no vieron la oportunidad de señalar el problema. Seis años después está aquí, enorme, con un pueblo lanzado a la irresponsabilidad de sus políticos, gigantesco y monstruoso, a punto de alzar su bandera.

Mi primer enemigo

El viernes por la noche insulté a un portero de bar. Cuatro años después de llegar a Madrid me lo merecía, resultó un descanso. Hasta ahora había sido un chico excelente, que paseaba por las madrugadas de la capital con las manos en los bolsillos, sonriendo. La imagen de la bonhomía ebria, del joven de provincias que asiste al mundo en una observación feliz. Resultó cómico cuando los hielos me traicionaron intentando sacar una copa fuera de Freeway escondida en el abrigo. Aquel día en el que empujé levemente a un muchacho en el antiguo Nasti por intentar colarse en nuestra foto. También la noche en la que estuve a punto de abandonar el Toni 2 contra mi voluntad por no recordar bien una letra. Es legítimo intentar sacar lo más barata posible esa lata de Mahou callejera. Fui desagradable con una camarera en Ocho y medio. He entrevistado telefónicamente al Rosco en la parte de arriba de Richelieu. Nunca me han echado, siempre he salido de los sitios justo cuando me ha apetecido. Incluso logré lo contrario, un poco como Puigdemont, surcando ilegalidades, entrando cuando estaban cerrados bajo un sistema invulnerable. La metáfora de nuestra democracia estaba en aquel lugar: alguien se dejó un poco abierta la puerta y me acompañaron veinte entusiastas.

El viernes dije basta. No podía mantener por mucho más tiempo esta pose de optimista irredento. En el vitalismo de los borrachos no queda ya literatura, y hay que mirar al otro lado con la necesidad de crearse enemigos, arrastrarse por la ciudad, dejar de ver Malasaña como un parque de atracciones. Sucedió en la calle Divino Pastor. Algo me activó. Había salido con los que fuman. El reloj daba las tres y veinte cuando queríamos volver. El sitio, el Más allá, cerraba en diez minutos. Entré el último y me encontré un brazo traicionero que cerraba el paso. El otro Juan Diego lo hubiera tomado como una invitación a bailar el limbo, creando un momento gracioso, volviendo a la barra convertido en Joaquín. Eso era antes. Le pregunté a ese guardián caprichoso por qué no podía pasar, no me dio ninguna explicación y la violencia verbal escaló muy rápido. No entendió que le quisiera explicar el concepto deportivo del mismo tiempo -yo habría entrado sin ceder ningún segundo con el grupo- y en un momento estaba gritándole calvo, diciéndole que aquello de ser portero era muy fácil para hacerlo tan mal, y él, al que se le acumulaba el trabajo, mientras me llamaba cosas, intentaba ir a por mí y sujetar la puerta para que pudieran salir los de dentro. Era un calvo de campeonato, con barba frondosa, que es ser calvo de premio. Y yo un idiota por descubrírselo a voces.

Hubo amenazas y un conato de pelea que evité haciendo lo que mejor sé hacer: huir corriendo. Se quedó con las ganas de darme una paliza y ya no puedo ir a aquel bar. Ha sido una expulsión implícita. No se habló, pero se supone. Tendré que evitar esa calle a determinadas horas y eso está bien, porque él estará esperándome y cada vez que me acuerde del futbolín cochambroso, los chupitos baratísimos, los baños estrechos e inundados, toda esa apetecible decadencia, cada vez que mis amigos quieran ir allí y yo tenga que volver a casa, cada vez que esté tranquilo en otro lugar, pensaré que tengo algo mejor, revolucionario. Un enemigo agazapado en el umbral de una puerta, en la sombra de un bar, recordando mi cara, las gafas redondas, el pelo rizado y mi carrera huyendo de él. La cobardía después de los insultos. Seremos rivales en la distancia. Irreconciliables, intensos, íntimos. Odiándonos desde dentro y sin alardes, con el gesto serio y en continua alerta, asombrosamente literarios, recordándonos cada noche al dormir, en un último gesto de amor imposible, sin querer encontrarnos, detestándonos en la distancia, aguantando para siempre las ganas de zanjarlo. Acurrucados en la tensión violenta no resuelta. Ojalá él piense lo mismo, la verdad. 

 

Septiembre da miedo

Todos los guapos de Madrid han vuelto frescos en septiembre. Un pelotón de caras despejadas atascaba Serrano durante la tarde del primer lunes laborable del curso, en un zoológico luminoso, golpeado por el ronroneo del tráfico. Cada esquina sostenía una conversación, por las terrazas se elevaba el murmullo de las compañeras y algunos hombres paseaban despacio, otros esperaban parados. El sol apuntaba a las calles que parten la principal, llenando de sombra encendida el paseo cárdeno, diáfano y comercial por donde se desplegaba la primera función del Madrid de las oficinas. Las niñeras, con sus uniformes nuevos, rodeaban el tiovivo de El Corte Inglés y de vez en cuando aparecían enormes coches con los cristales tintados, los todoterrenos y furgonetas que colorean Ballers. Quizá embajadores, ministros o turistas ricos. La fauna con la que se llenan luego los relatos que triunfan en provincias. Desde un balcón la secuencia tendría que ser divertida, con las pequeñas personas trepando con sus pasos la avenida. El hormigueo tiene sentido en perspectiva, la sucesión paralela de rutinas. El ambiente es igual en diciembre, sólo que ahora de entrada, con una alegría viral, que se respira.

El nuevo ajetreo se huele también en los gimnasios. Es horrible participar del sudoroso septiembre de las buenas intenciones, de los deseos estabulados, húmedos y malolientes, del clima de la masa, tan bochornoso y apretado, de esta Diada diaria del fitness. Se siguen las gotas de sudor de los otros en una coreografía penosa, sin intimidad, deslumbrada y atronadora por la música de discoteca, corre la bebida isotónica y los vientres se disuelven en los vestuarios. Al menos nadie sostiene ninguna bandera.

Cada septiembre completa una vuelta más. La vida corre tan deprisa que alrededor ya han empezado a formar las parejas recién casadas un ejército de responsabilidades, avanzando por grados de cercanía, cerrando el círculo. El sábado se casaron Mer y Pablo y en la iglesia quedé paralizado por el miedo como cuando pienso en cosas que he dicho y no debería. A mí me congela la regresión a las impertinencias propias. Siento una vergüenza tan grande que me detiene. En un momento de la ceremonia, me vi dentro del burladero de piedra de La Carlota, sentí los botines chocar contra el hormigón, el frío del pavor y ese ardor que sube desde la barriga, con los brazos apretados, caídos, contra el duro filo, atenazado por la impotencía, verdaderísimo. Fue tan real que por un momento sentí todas las caras girarse. Se calló hasta el cura. “Te toca”. Ya no sabía bien qué. Si casarme o torear.