Blanco sobre negro

Juan Diego Madueño

Lo de Italia está gastadísimo

Este fin de semana viajé a Milán para hablar de toros. Posiblemente sea lo más exótico que he hecho nunca, chapurrear italiano delante de una docena de personas en un local lejano al Duomo llamado Punto Flamenco. Dentro, en un salón con biombos y sillas monísimas, había un almohadón como un estrado líquido ocupando el centro de la habitación. Pensé que el resumen de la temporada lo haría sentado ahí, medio tumbado, con una actitud distraída, consultando de vez en cuando el cuaderno de notas y mirando a los ojos a alguna italiana guapísima, con fluidez en el idioma y el carisma de los desganados. Sin embargo, nos dirigimos hacia el interior del lugar, a una habitación más pequeña, oculta, supongo que tendría ventanas. A la mesita le colgaba una muleta a modo de decoración. Desde ahí hablaría, en compañía del presidente del club. Paolo me miraba con sus gafas redondas y esos rizones castaños. La gente me rodeó expectante: a los cinco minutos una señora dormitaba mientras yo trataba de conjugar verbos paralíticamente. Poco a poco conseguí rebajar el exotismo hasta el nivel canapé-en-la-Maestranza consiguiendo dormir profundamente a la pobre anciana.

Quería escribir en realidad sobre mi primer viaje a Italia siete años después de volver de Módena y tenía una frase preparada: “el Erasmus es una tortura en diferido”, para hablar de las nostalgias y cómo se acumula el tiempo y el retrovisor se hace cada vez más pequeño. En realidad ya no lo siento de esa forma, quizá porque tengo el tema gastadísimo. Alguna vez pensé que si lo guardaba llegaría el día en el que pudiera describirlo magníficamente. Me habría gustado escribir en otro momento algo lacrimógeno que conectara con todos los que alguna vez han vivido asalvajados y subvencionados nueve meses en otro país pero, sencillamente, se ha agotado. La única tortura es recordarse a uno mismo que ya fue feliz, que tuvo tiempo libre y que conoció a gente y recordárselo a otros. Reconozco esas miradas de impaciencia cuando cometo la torpeza de contar alguna aventura, nunca son tan graciosas. Una buena cantidad de dinero público ha chafado la vida a varias generaciones de jóvenes convirtiéndolos en viejos instantáneamente, atiborrados de experiencias antes de empezar a vivir.

Fui un invitado sencillo en Milán, Turín y Alba, al que algunos socios se turnaron como una antorcha, y me dejé hacer, feliz de ser escuchado, hasta que cogí las riendas un segundo y derramé una copa de grappa. En el Langhe llueve despacio.

Iba preparado para aterrizar en Italia casi una década después. No sentí nada. Ni yo puedo estar a la altura de mis propias expectativas.

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El monstruo de la madurez

Para obligarme a escribir comienzo a teclear de forma aleatoria y van apareciendo frases con alguna conexión entre sí. A veces me hablo a mí mismo, utilizando el folio en blanco como un espejo al que me grito lo que pienso. Sólo yo sé cómo soy en realidad y me lo digo sin medias tintas, a la cara. Me permito un poco de agresividad contra esa persona que espera a escribir mientras aguanta el tiroteo de verdades. Suelto cosas desagradables que jamás reconocería en público, insultos verdaderos y sangrantes, para esculpir una fotografía realista de lo que soy a través de los defectos. Mis palabras van cayéndome como dardos certeros, aniquilándome un poco, practico bulliying conmigo mismo, y así me motivo para sacar algo en claro cuando me bloqueo o enfermo de pereza, que es lo habitual. Después de un mes sin pulsar una tecla, ese proceso me ha permitido completar este párrafo. He borrado las primeras líneas de improperios y críticas.

En los últimos días he recibido la visita del monstruo de la madurez. Apenas me queda algo más de medio año para cambiar de década. El lunes llamó a la puerta para ver cómo iba todo, provocando nuestro primer encuentro tras años evitándolo. Fue sonada mi forma de escabullirme cuando llegué a Madrid y desde entonces me buscaba. Cambié dos veces de domicilio pero ha logrado encontrarme. Con el aspecto de un padre de familia estándar, sus gestos eran graves, entró en casa sin preguntar, se puso cómodo mientras encendía un cigarro. Me ofreció un contratito de cinco días con horario de panadero y un plan perfecto para acostumbrarme al antro de la vida normal, tan lejanas ya las horas dulcemente desperdiciadas de los últimos meses. Asistí atónito a su conferencia, paseaba por el salón a la vez que hablaba y señalaba un power point. La palabra ahorrar estaba repetida en cada diapositiva, la consigna era clara. No fue muy bien recibido por mi yo posadolescente, al que le cae bastante mal la realidad, hubo un pequeño forcejeo cuando mencionó algo sobre reducir las tertulias entre semana en Richelieu. Se mantuvo firme colocando la hoja de ruta a seguir los próximos años en la puerta del frigorífico: esto ya ha empezado.

El proceso está siendo un poco extraño: de los 16 a los 25 fui un adulto adelantado con prisa por tener una vida ejemplar y ahora soy un joven tardío sin perspectiva ni paciencia, cómodo en el sofá, abrumado por las ambiciones, pasando los ratos en Insta y paralizado. Hago malabares con una ansiedad nueva que ya se cobró la peor víctima: el volumen de mis rizos. Supongo que la ilusión por escribir ya no se pasa en el Café Gijón sino navegando por Internet viendo a otros triunfar, leyendo sus artículos, escuchando sus músicas, viendo sus películas. Los 30 me esperan en el chalé hortera de las afueras de la vida y a mí me apetece seguir tirado en este descampado.

Un pedo para mí

El otro día en el gimnasio la mujer que hacía abdominales agarrada a la última lista de la espaldera se tiró un pedo tan cerca de mí que pude escuchar a su vergüenza desplomarse. Simplemente se le escapó en mitad del esfuerzo un silbido sordo, un levísimo escape de gas unplugged, acústico, íntimo, sin mayores pretensiones, un soplido capaz de atravesar las mallas quedando entre nosotros dos como un regalo de la naturaleza dentro de uno de los monumentos de la impostación. No dejó de subir y bajar  las piernas, tenía muy contraído el vientre. Sonreí discretamente, casi agradecido por la generosidad de aquella confidencia, y, cuando me miró un poco triste al terminar su ejercicio, le dije mentalmente que lo sabía todo, “te he escuchado”, le susurré mediante telepatía, también que no se preocupara; no iba a decir nada, claro, quizá sí a contarlo después, esa es la verdad.

Lo comprendí perfectamente porque era justo después de comer. No había roto a sudar, su cuerpo, todavía flojo, estaba en ese fastidioso trance de coger la posición adecuada entre decenas de personas empapadas, con el ambiente cargado, todo un poco a medias para ella, lanzada al ejercicio de manera repentina. El cuesco acentuó la incomodidad de su situación, le puso un marco. Quedó la misma sensación que se siente cuando algo te obliga a abandonar la ducha sin estar completamente mojado, esa sustancia sucia, maloliente, viscosa y ahumada que es la primera agua fue la pequeña flatulencia que compartimos de manera improvisada. Por un momento esperé al olor como se espera al trueno pero no sucedió nada, por lo que el compromiso no adquirió nuevas profundidades. Lo fétido me habría obligado a desenmascararla con algún gesto sutil, supongo que cambiando de sitio.

Luego, se levantó y no la volví a ver, abandonando la esterilla gris. Los demás seguían con su actividad, tan peinados los hombres, maquilladas las mujeres, a mí me goteaba la nariz y la camiseta de propaganda se me pegaba al cuerpo. A veces huele a colonia y sudor frío. Esa aparición gaseosa –fugaz– fue una metáfora sobresaliente sobre el significado de septiembre en Madrid después de otro agosto solitario y maravilloso: la vuelta a la rutina del resto se pee en mi cara. Bienvenida.

Lo peor del verano: la sede de Playground

Anoche, mientras volvía del periódico, hice recuento del verano. Eran las cuatro de la mañana, se podía pasear por las avenidas vacías y eso era exactamente lo que hice, caminar por el asfalto haciendo equilibrio sobre las líneas pintadas. Balanceaba los brazos y me sentí un poco ridículo, la verdad. La sensación de ser diferente, estar despierto sin tener que esperar al lunes, era más fuerte. Los aparcamientos estaban completos otra vez. El chaparrón marcaba el ambiente, olía a curso nuevo, a tardecita en la papelería. Volé con una moto eléctrica bajando Serrano y en el único semáforo con cámara que encontré por el camino frené a tiempo, derrapando un buen tramo con la rueda de atrás. El chirrido se sintió en la noche vacía. No ladró ningún perro lejano, lo que hubiera completado el cuadro y el relato, lástima. Era fantástico ser la única persona despierta en dos o tres manzanas.

Llegué a la conclusión de que lo peor del verano en Madrid había sido la visita a la sede de Playground, la empresa encargada de las redes sociales del periódico. Cumplía con lo que imaginé: piso en el centro de la ciudad, espacios diáfanos, conversaciones telefónicas en inglés, ajetreo y trabajadores-marca con la actitud de quien está siempre a punto de ser fotografiado –pasa igual en algunos restaurantes– acompañados de un outfit, un hastag y un género confuso moteado de tatuajes.

Ese primer vistazo fue lo único concreto. El objetivo de la formación estaba centrado en el uso de Facebook. Acudí con interés pensando en conocer a gente interesante que perdería el tiempo mostrando sus avances para triunfar en las redes a quien sólo sabe escribir. ¡Llevé hasta un analógico cuaderno! Dos horas después, tras repasar un extenso y vaporoso power-point y escuchar a tres personas diferentes, llegué al fondo de la estrategia: los adultos se comportan como niños y hay que alimentar ese infantilismo. En medio del debate entre los tres expertos a veces resaltaba el nombre de un tipo que parecía lejano y ausente –atendía sólo por videollamada–, una especie de gurú en la nube capaz de acertar en la diana de los sentimientos con el emoticono adecuado para cada enlace. Cualquier duda podía ser resuelta por él de manera urgente, menos mal.

Al final, el nuevo trabajo es una rueda mecánica de Control C más Control V sobre un excel diferenciado con colores. Eso fue lo más extraño. Hay una enorme organización pensante detrás de ese simple gesto repetitivo. La cara de sorpresa que le va como un guante a la pieza sobre Julián Muñoz sujeta una jerarquía importantísima y exigente asentada en distintas teorías encargadas de reflejar nuestros gustos o comportamientos. El plan de una cadena de varios hombres y mujeres muy preparados consiste en colocar un fragmento de texto sobre el enlace. A eso lo llaman copy en su argot, plagado de anglicismos curiosísimos, hablaban un spanglish técnico. También hay un tipo encargado de buscar imágenes sorprendentes de los protagonistas de las historias, quizá mejor trabajo que ser segundo portero en cualquier equipo. Las envía con mucho boato. Su opinión es muy relevante. Supongo que el fondo es lo importante, programar los temas, utilizar el anzuelo adecuado, no sé, pensar que si se lleva de manera ordenada es mejor. Ordenarse, qué hallazgo.

El enlace, ya digo, se coloca y a esperar. Por las avenidas virtuales pasean las personas y allí está el medio, muy bien analizado, guiado por una niñera carísima y ciega. Ni si quieran tenían claro si su estrategia lograría el objetivo: admiro a quien gana dinero manejando suposiciones. Me resultó curioso observar la forma que tenían de señalar a Facebook, como los curas a un dios caprichoso y vengativo, viviendo en una especie de Antiguo Testamento en el que, de repente, mueres. Igual un día de estos piden sacrificar a uno de los redactores por convencer al algoritmo y vamos convocados a Playground ciegos de fe. Sospecho que si hay algún fallo siempre será culpa de la volatilidad caprichosa de la red. Los periódicos dependen de estos kiosqueros de nuevo milenio. Qué negocio.

Fueron muy amables conmigo, sujetándome ante el gran precipicio de Internet. Me hablaban despacio, abriendo mucho la boca, y en ese paisaje descubrí un escenario prácticamente vacío. Detrás de la diligencia, la paciencia y algunas sonrisas noté cierta compasión como si aquella sala de reuniones fuese Facebook, el simple mensaje disfrazado de forma exótica su gancho y yo el pobre guardia civil o la pobre ama de casa que tiene que pinchar en el enlace, comprar esa mercancía, hacerles parte del trabajo porque ellos no están los fines de semana.

11 de agosto – 18 de agosto

Las horas más tristes son las previas a abandonar algún sitio. Ahora en verano todo se magnifica, surgen unos significados tremendos, y las despedidas son pequeñas muertes de las que me recupero a los cinco segundos. Esos ratos son punzantes. El dolor de verdad que es físico, intenso, una especie de mareo, sufro más por decir adiós a algunos lugares que a determinadas personas. Muchas veces intento frenar al tiempo sin hacer mucho, con la simple contemplación, pero cómo va a funcionar.

El sábado volé directo desde La Toja a la redacción. Algunos lo siguen llamando oficina, como si allí fuésemos a hacer cuentas —los números del tráfico confunden a los periodistas—. El contraste, naturalmente, fue extremo. La mañana de sábado que dejaba atrás era la mejor de la semana, calurosa, despejada y sin viento —esto es muy apreciado por los veraneantes—, y en la tarde de Madrid había suciedad, un sol marrón. A la salida del metro espanté a cientos de palomas que picoteaban ociosas arroz cerca de Príncipe de Vergara.

El otro contraste fue salir del Casino para entrar a olisquear teletipos —¡las breaking!— en un intento triste de recuperar lo perdido. Sólo salió una vez el 8 negro al que aposté casi todos mis días fuera de Madrid. Unos tipos morenos, gordos y tatuados —concluimos que eran de etnia gitana— dejaban billetes de 100 resplandecientes sobre el tapete. Qué verdes. Ellos estaban forrados, nosotros nos acabábamos de duchar. Mis 20 euros tenían un tono más apagado. Estoy en un momento de mi vida en el que prefiero perder dinero que ganarlo, gastarlo en libros, taxis, copas, periódicos o frutos secos.

Me decepcionaron las peñas de Pontevedra. La plaza de toros es bonita, como un hórreo al que le pusieron un horrible capuchón de metal. El pragmatismo está acabando con todo. Al menos el taxista nos llevó en su Mercedes por la costa, obviando la autopista, hablando sobre los motivos de la subida del precio del pulpo. La culpa, entendí, la tenían los chinos. Me asusto porque muchas veces pienso que esto o aquello tiene una historia, hablo ya como ellos, anunciando las piezas que se vienen. La pereza es indescriptible. El penúltimo día manejé brevemente un barco con dos motores sorteando faros, salpicado por el agua, concentrado en mantener la vista fija en el horizonte y las manos firmes sobre el pequeño timón. Fue una sensación estupenda. Fuera, he sido el encargado de sostener un bichero durante las maniobras críticas, como en Monkey Island.

El aperitivo en la terraza del golf estaba lleno de chiquillos. Iban de un lado a otro con sus palos. No le noté nada a Carol. Clara decía que ella lo vio venir, que si estaba nerviosa o muy interesada en vernos. El abrazo fue verdadero. Será en 2019. En aquella feliz burbuja ya somos los últimos. La vida, fuera, aún no ha arrancado del todo.

Dadme de fumar

Las ganas que me dieron de fumar un cigarro el domingo. Quería estar rodeado de humo, salir del cine apretando el mechero y dar la calada con la que podría empezar una novela, la nueva vida. Sólo estar rodeado de humo vale el precio, la hipoteca en los pulmones, el sabor malísimo de los pitillos y su rastro por la mañana, el plomo en el paladar, la resaca ardiente en la garganta. Fumar es el hábito idiota que transporta la realidad a una pequeña parcela de literatura. Por eso es impresionante. ¿Qué se puede decir del genio que inventó la combustión individual de sustancias potencialmente letales sólo por el hecho de hacer interesante a quien lo consume? Siempre me ha gustado ver a los que sujetan el tabaco con los labios mientras tienen ocupadas las manos. Entornan los ojos, aprietan la boca. El plano es perfecto.

Recuerdo a mi padre fumando en el salón con mi hermano y yo sentados junto a él, flanqueando la humareda. “No fuméis nunca”, nos advertía, y la escena tenía el resplandor amarillo y frío del humo viejo, los colores del Marlboro, las cortinas manchadas por la nicotina, el último sol cayendo detrás de los ventanales. El verano se acababa y mi madre apuraba a escondidas las colillas en la cocina, apoyando una mano en la encimera mientras daba la última calada con el grifo abierto. El chorro de agua borraba las pruebas. “No digas nada”.

Después de los recreos de la ESO había un grupo que olía a humo. Llevaban el olor pegado al cuerpo. A Pilar le olían las manos y el pelo, el chándal, hasta los ojos azules con los que prendía el alquitrán. Aquel gas nunca se gastó. Nos sacaba tres metros y cinco vidas, fumándose los cigarrillos igual que mis papelitos arrugados –cartas de confesiones– de caligrafía menuda y nerviosa que le entregaba a escondidas.

Las historias de los que fuman cinco o seis cajetillas diarias son historias de obsesiones, de fugas silenciosas, de persecuciones quietas. ¿Dónde se van, lanzados por millones de caladas? Eso que llaman cartones y el ruido al abrirlos. Los gitanillos de las Margaritas preguntaban si teníamos un sigarro radiografiando nuestro bolsillos. La sigaretta en Via Emilia, el olor de aquel estanco regentado por dos abuelos.

A mí me gustaría parecerme a Manzanares padre y sacarme el paquete arrugado de un bolsillo de la camisa. Fumar como si fuese lo más sano del día sin rutina. El vicio más chiquillo. La llama que cualquiera guarda entre los dientes. A este cigarrillo invito yo, maestro, decirle. Y esconderme un día para fumarme uno pensando que lo hago con él.

En casa, después de la mudanza, ha quedado un paquete blando de Ducados encima de una estantería. Quedan cuatro pitillos. Hay que esquivar la desagradable imagen de una garganta agujereada. La bala está dentro, el gatillo se ilumina con un simple click, viene a explicar la nefasta advertencia. En esa hipocresía nos matamos, la verdad. La gente ahora camina absorbiendo batidos multifrutas. La tragedia es doble: no encuentro ningún mechero.

Mi pequeño cani

En estos cinco años que llevo en Madrid he madurado un poco. Supongo que esa frase es mi prueba más contundente: jamás habría reconocido algo así antes. De hecho, al escribir esto me siento un poco mal, como si desvelara que lo que ha sucedido hasta este mismo instante sólo ha sido un ensayo que ha provocado destrozos y pequeñas tragedias. Noto la fuga de inocencia y voy quedando al aire libre, humeante, como si me hubieran apagado la cerilla.

Esta sensación la compagino muy bien con mi forma de montar en moto. Jamás las había conducido hasta hace unos meses, cuando me descargué una de las aplicaciones que alquilan por minutos su uso. He descubierto que llevo un cani en mi interior, un pequeño José Carlos que guía todas mis acciones desde que pulso el botón Iniciar hasta que vuelvo a aparcarla. Intento sentarme lo más atrás posible para alcanzar el manillar con los brazos así alargados, hago slalom por las líneas discontinuas, derrapo al frenar en los semáforos, saco un poco la rodilla en las curvas y miro a los taxistas fijamente. Es como volver a tener los 16 años que nunca tuve en un momento complicado: hace un mes cumplí 29.

Frenar fuerte para que chirríe la rueda de atrás es una liberación, además sin olor a gasolina, sin comprar los botes de aceite –ya quisiera– y sin el ruido del motor, aunque acelero esperando a que la luz se ponga en verde, confiando que algún día una actualización incorpore pequeños altavoces para simular un tubo de escape trucado. Llevo mal las miradas de los otros motoristas, que no me dejan entrar en su club de motocicletas-que-pueden-salir-a-la-M30. Sé perfectamente que mi José Carlos no tiene mucha autenticidad, su estilo es nórdico con consciencia ecológica, un poco socialdemócrata, que apuesta por las energías renovables. Un cani previsible, casi elegante, tímido, diríamos. Llegué un poco tarde y el jovencito temible de Algeciras estaba ya cogido.

En mi segundo instituto fui amigo de un chaval con un problema. Le obsesionaba tanto el hecho de tener una moto que inventó que la tenía y la poca biografía que acumulaba estaba construida sobre esa ficción. Había situaciones verdaderamente descarrachantes. Convirtió su no moto en un grial, una leyenda urbana siempre estropeada, cambiándole el color a las carcasas o poniéndole pegatinas nuevas en el taller. Al pobre se le veía andando a solas de una punta a otra de la ciudad –era un caminador experto– y cuando llegaba a clase por la mañana hacía un gesto con las llaves para dejar claro que eso sí lo controlaba. Volvía a casa siempre a pie, derrotado por las preguntas maliciosas del resto.

La madurez no da para tanto: el domingo pasado me hice un corte en un dedo al que no he sido capaz de mirar directamente. Tuve que sentarme porque me mareé. Me mira él, acechándome en cada movimiento, enseñándome el muñoncito tan mono que se me ha quedado.

Feliz en Forbes

Durante cinco minutos el jueves fui el hombre más feliz de Europa. Lo sé porque me llegó una notificación al móvil con la lista Forbes de los hombres más felices del continente, recién actualizada. Venía en un escueto mensaje que contenía el top five ordenado por los apellidos. Icluía las iniciales de la ciudad donde se había producido la felicidad y la hora exacta del espontáneo suceso. Mis datos coronaban la clasificación. Si entras en ella, alguien de la organización busca tu móvil para enviar rápidamente la alerta justo cuando se confirma el pelotón de felices de esa franja. La mía iba de 19.20 a y 25. Por lo que sé, le pasa igual a Amancio Ortega, con la otra lista, y hay veces que cuando suena el pitido del sms ya ni siquiera mira, le va dando igual subir o bajar dos o tres posiciones semanalmente. Yo sí que lo miré con ansia: sólo recibo mensajes de texto del banco y de un director de cine. En segundo lugar se podía leer RAJOY MARIANO STP 19.22 y el último, el niño ese repelente que pilota drones.

Fue, de verdad, una sorpresa. Miré a mi alrededor por si alguien más lo recibía. Sólo había un cronista revisando Twitter, y el público, que ya llenaba la plaza, era indiferente. El palco de prensa de los periodistas estaba concebido como una terraza de verano sobre el ruedo liso y las rayas de cal sin quebrar; la perfección es bella justo ahí. Al aparecer los toreros rompiendo la calma de las cosas, sentí el poniente en la cara, una gaviota planeaba tratando de mantenerse recta y a lo lejos se escuchaba la música mezclada de las atracciones y las casetas, el golpe sordo que tengo enganchado a los mejores años en Córdoba, cuando compartí asiento en La Supercazuela con Las Chuches o Popilla, y estuve a punto de desfallecer del gusto. Avisé a Beatriz para que estuviera atenta por si me quedaba inconsciente. En ese momento vibró el móvil, lo consulté con discreción. Al día siguiente imprimí el mensaje en una copistería cerca de Marruecos.

El recepcionista del Hotel Marina era la metáfora del hotel, que a su vez lo es de la ciudad. El alojamiento es uno de los más antiguos de Algeciras, según me dijo el presentador de la televisión local, que por supuesto conocía a los dueños; se le notaba la nobleza caducada en los muebles de madera falsa y los asientos de cuero malo. Los dibujos del suelo, la profundidad de la sala, el teléfono gigante del mostrador. El joven que lo atendía compartía rasgos con los habitantes de los soportales, el dueño de la agencia de cruceros, los clientes del kebab sin alcohol, también tenía el carácter local, sonreía a menudo y se mostraba atento y eficaz, fatigado, mezclándose lo que vi de Algeciras en su persona.

Volviendo de madrugada de un bar del puerto me mareé columpiándome en un parque infantil. Andurrear solo tiene esas ventajas: las regresiones. No me pasó nada de lo que se cuenta en Vidas de hotel. Vivir en ese hostal un par de años hubiera completado la indiferencia con la que afronto muchas cosas que no hace tanto eran importantes. No es el momento de decir por qué me alegré un poco de la eliminación de España en la tanda de penaltis. Cuando pasen las décadas ojalá alguien escriba de mí algo gigantesco como “quise que perdiera España en un Mundial por brindar con él en Pamplona, en San Fermín”. Eso es rozar la eternidad.

Sevilla me salvó

Al invierno interminable le añadí la propia pereza, el zumbido de los días tirados de gimnasio y el horizonte laboral de una termita en una secuencia lamentable de meses en Madrid. Eso fue antes de llegar a Sevilla. Siento alimentar este tópico. Lo de Sevilla y las emociones ha arruinado vidas en las ciudades dormitorio de Madrid, por ejemplo. El jaleíto del sevillita es imparable. El primer paseo cruzando el Guadalquivir me reconcilió con la realidad, de la que huyo como puedo. Era el momento, parado en un semáforo frente a la Torre del Oro: en esos casos adopto una pose soñadora, respiro fuerte e intento calcar el momento en la memoria. Tengo así guardada una colección de instantes que estiro más o menos hasta que pierden el efecto.

La ciudad de Sevilla se comprime en el solar mejor aprovechado del mundo, dividido en calles con nombres de toreros. Se hipoteca un barrio entero por el gusto de reír, hablar, beber entre amigos. La feria es un invento definitivo. Por las calles hay caballos y gitanas. A las mujeres le brillan los días en la cara. Son ellas las que mandan: la fiesta gira alrededor del colorido de sus vestidos mientras nosotros nos tenemos que conformar con la sobriedad funeraria de las chaquetas. Las herraduras arañan el asfalto y a veces saltan chispas. El sonido de lo cascos golpeando el suelo frente a los portales de las viviendas es una onomatopeya perfecta y a ese ritmo ocurre todo. Hay avenidas atestadas porque el tráfico es terrible pero no importa. Los coches pitan en otra dimensión. Ya en las casetas ocurren cosas extrañas. La americana se me enganchó tres veces en los hilos del mantón de la misma muchacha: pasé una semana completa con ella esa noche, que se llamaba Adela, estudiaba filosofía, estaba a dieta, tenía un novio mayor casado del que no recordaba el nombre y era zurda, mientras trataban de separarnos los geos con flores en la cabeza. En la barra, el camarero preparaba los chupitos de las portuguesas y brindamos liberados justo cuando entraban por la puerta los bomberos.

A partir de la una hay casetas que entran en coma. A Anto no se le muere ni una. Es el vigilante de la feria, corriendo de un lado a otro con su kit de reanimación. Está de guardia el pobre, pendiente por si tiene que ir a algún sitio con el Spotify anudado cruzándole el pecho. Es muy eficiente. Le ha empatado todas las noches en el 93 el partido a las camareras, que ya recogían celebrando la victoria. Muy bella su imagen elevándose por encima de las cabezas con la clavija apuntando al altavoz. Le daba al play entrando en plancha derribando la defensa de mesas y señores justo antes de que la jefa del catering se cerrara la cremallera del abrigo. En la prórroga siempre ganábamos nosotros.

Me fui de Sevilla con el pantalón del traje roto como tragedia principal. El muslo me encaja demasiado bien y hace efecto ventosa. Cualquier movimiento debía ser delicado y en la Bodeguita de Antonio Romero, al subir el pie un poco más ligero de la cuenta, sentí la tela rasgarse a la altura del culo, donde se juntan pierna y cachete. Ojalá pudiera contar que ocurrió tirándome de espontáneo en la Maestranza, dándole dos naturales a un toro de Juan Pedro mientras sonaba Churumbelerías, que me cogió luego en una voltereta perfecta y que me llevaron en volandas a la enfermería, blanco y dolorido, con el pantalón partido hasta la bragueta, indemne por fin, héroe de madrugada en la feria con la camisa celeste rozada por el lomo del toro, jirones de sangre pegados a la corbata. Pero no. El único toro que me cogió fue el mecánico. Abrirme de piernas mandó el traje a la basura. Los coches de tope tampoco corren tanto como para huir en dirección contraria a la redacción. Algunos lo llaman oficina: qué gris es la parte industrial de mi vida.

Viví de lunes a viernes protagonizando una novela histriónica en la que me movía por Sevilla sin dinero y sin dormir. Recojo todavía sus páginas sueltas. Las ojeras tenían la profundidad que sueño para mi cuenta corriente. Ya el tercer día me dijo el cajero que un poquito de dignidad, que a qué iba. El saldo en la pantalla iluminada de madrugada era un drama precioso.

Muerte en Moscú

El sábado, embarcando en Moscú para volver a España, tuve el presentimiento de que el avión se iba a estrellar. Suele pasarme. Mientras introduzco la maleta en el compartimento, me siento y observo a la gente avanzar ansiosa por el pasillo, pienso que nadie va a salir vivo de allí. Quizá sean las últimas personas a las que vea, me digo repasando sus caras, la forma que tienen de tratar a su acompañante. El sábado ocurrió con más fuerza que nunca cuando entraron a la cabina un grupo de escolares moscovitas sonrientes y aliviados, cargando con sus mochilas, oliendo a primaria, creando el escenario perfecto para una gran tragedia. Era imposible salvarse en aquellas circunstancias. Estábamos condenados. El avión iría directamente al suelo con todos nosotros dentro, arruinando la primavera de vidas de un golpe. Me acomodé aceptando el momento fatal. A mi lado se sentó una profesora novata nerviosísima.

Mis accidentes siempre los provoca un fallo del motor. La ventana más cercana daba justo a una de las alas y ya podía ver la estela negra manchando el azul despejado del cielo mientras el morro apuntaba poco a poco a tierra firme. En realidad la única duda que tenía era si se produciría en el momento del despegue, siempre me ha obsesionado los que iban en el avión de Spanair, o durante la navegación tranquila de piloto automático rompiendo la placidez de las lecturas y los sueños. En el mundo real, los niños elevaban la excitación con una espuma de sonidos agudos, risas nerviosas y delante, tres niñas comentaban lo que les rodeaba incorporadas en sus butacas. La profesora se levantó también, pidiéndoles que se sentaran cuando pasaba la azafata en la última revisión.

Todo estaba dispuesto. El avión jamás llegaría a Madrid. Las luces de una ambulancia se veían entre la bruma humeante provocada por los pequeños incendios del fuselaje. Un operario esquivaba las maletas abiertas, la marejada de carne y metal extendida por la superficie sin vegetación del accidente, punteada de objetos personales. Mis aviones caen en campos cultivados en los que se aprecia perfectamente el espolvoreado del desenlace. Pensé en los titulares, la primera cifra de víctimas, estar dentro del montón de personas que ya no lo son, los telediarios y los periódicos, algún vídeo en las redes sociales. La muerte es un sueño profundísimo. Oscuro. Tan simple como cerrar los ojos. A nuestra izquierda, el asfalto se difuminaba por la velocidad. Un temblor sostenido calló a los escolares, ahora expectantes. El rumor de la máquina era notablemente intenso.

Las familias encajaban a esas alturas las pistas que deja la fatalidad. El número de vuelo, la hora de despegue, el último mensaje recibido avisando que sí, efectivamente, llegamos a montar en el avión. En el diseño de esta tragedia decidí que no sobreviviese nadie. A veces salvo a alguno, incluso a mí mismo. No esta vez. A los niños un movimiento brusco los puso en guardia. Esos gritos los amplifiqué igual que hago con la inercia del vaivén hacia abajo que se produce alguna vez en el aparato. Me recuerda a las montañas rusas. A los montículos de la carretera que superan los coches con un breve cosquilleo en sus ocupantes. Nos hundíamos en el cielo todos juntos. Apenas quedaba ya distancia con el suelo, en caída libre, borroso, estrecho.

A lo lejos divisé las cuatro torres de Madrid. Entendí que había una última posibilidad de que el piloto se dirigiera directamente hacia allí devorando los kilómetros que separan al aeropuerto de la ciudad, sobrevolando raso las calles. En apenas unos segundos tendríamos a las oficinas en frente. Las mesas de los despachos movidas, los bolígrafos caídos, folios en el aire, la gente corriendo despavorida buscando un refugio dentro de la media docena de plantas que iba a destruir el choque. Sin embargo, el único chillido fue el de las ruedas al rozar el suelo. Hubo un suave tirón, un roce. La ovación del resto confirmó que habíamos llegado, además de a salvo, horteras.