Blanco sobre negro

Juan Diego Madueño

Feliz en Forbes

Durante cinco minutos el jueves fui el hombre más feliz de Europa. Lo sé porque me llegó una notificación al móvil con la lista Forbes de los hombres más felices del continente, recién actualizada. Venía en un escueto mensaje que contenía el top five ordenado por los apellidos. Icluía las iniciales de la ciudad donde se había producido la felicidad y la hora exacta del espontáneo suceso. Mis datos coronaban la clasificación. Si entras en ella, alguien de la organización busca tu móvil para enviar rápidamente la alerta justo cuando se confirma el pelotón de felices de esa franja. La mía iba de 19.20 a y 25. Por lo que sé, le pasa igual a Amancio Ortega, con la otra lista, y hay veces que cuando suena el pitido del sms ya ni siquiera mira, le va dando igual subir o bajar dos o tres posiciones semanalmente. Yo sí que lo miré con ansia: sólo recibo mensajes de texto del banco y de un director de cine. En segundo lugar se podía leer RAJOY MARIANO STP 19.22 y el último, el niño ese repelente que pilota drones.

Fue, de verdad, una sorpresa. Miré a mi alrededor por si alguien más lo recibía. Sólo había un cronista revisando Twitter, y el público, que ya llenaba la plaza, era indiferente. El palco de prensa de los periodistas estaba concebido como una terraza de verano sobre el ruedo liso y las rayas de cal sin quebrar; la perfección es bella justo ahí. Al aparecer los toreros rompiendo la calma de las cosas, sentí el poniente en la cara, una gaviota planeaba tratando de mantenerse recta y a lo lejos se escuchaba la música mezclada de las atracciones y las casetas, el golpe sordo que tengo enganchado a los mejores años en Córdoba, cuando compartí asiento en La Supercazuela con Las Chuches o Popilla, y estuve a punto de desfallecer del gusto. Avisé a Beatriz para que estuviera atenta por si me quedaba inconsciente. En ese momento vibró el móvil, lo consulté con discreción. Al día siguiente imprimí el mensaje en una copistería cerca de Marruecos.

El recepcionista del Hotel Marina era la metáfora del hotel, que a su vez lo es de la ciudad. El alojamiento es uno de los más antiguos de Algeciras, según me dijo el presentador de la televisión local, que por supuesto conocía a los dueños; se le notaba la nobleza caducada en los muebles de madera falsa y los asientos de cuero malo. Los dibujos del suelo, la profundidad de la sala, el teléfono gigante del mostrador. El joven que lo atendía compartía rasgos con los habitantes de los soportales, el dueño de la agencia de cruceros, los clientes del kebab sin alcohol, también tenía el carácter local, sonreía a menudo y se mostraba atento y eficaz, fatigado, mezclándose lo que vi de Algeciras en su persona.

Volviendo de madrugada de un bar del puerto me mareé columpiándome en un parque infantil. Andurrear solo tiene esas ventajas: las regresiones. No me pasó nada de lo que se cuenta en Vidas de hotel. Vivir en ese hostal un par de años hubiera completado la indiferencia con la que afronto muchas cosas que no hace tanto eran importantes. No es el momento de decir por qué me alegré un poco de la eliminación de España en la tanda de penaltis. Cuando pasen las décadas ojalá alguien escriba de mí algo gigantesco como “quise que perdiera España en un Mundial por brindar con él en Pamplona, en San Fermín”. Eso es rozar la eternidad.

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Sevilla me salvó

Al invierno interminable le añadí la propia pereza, el zumbido de los días tirados de gimnasio y el horizonte laboral de una termita en una secuencia lamentable de meses en Madrid. Eso fue antes de llegar a Sevilla. Siento alimentar este tópico. Lo de Sevilla y las emociones ha arruinado vidas en las ciudades dormitorio de Madrid, por ejemplo. El jaleíto del sevillita es imparable. El primer paseo cruzando el Guadalquivir me reconcilió con la realidad, de la que huyo como puedo. Era el momento, parado en un semáforo frente a la Torre del Oro: en esos casos adopto una pose soñadora, respiro fuerte e intento calcar el momento en la memoria. Tengo así guardada una colección de instantes que estiro más o menos hasta que pierden el efecto.

La ciudad de Sevilla se comprime en el solar mejor aprovechado del mundo, dividido en calles con nombres de toreros. Se hipoteca un barrio entero por el gusto de reír, hablar, beber entre amigos. La feria es un invento definitivo. Por las calles hay caballos y gitanas. A las mujeres le brillan los días en la cara. Son ellas las que mandan: la fiesta gira alrededor del colorido de sus vestidos mientras nosotros nos tenemos que conformar con la sobriedad funeraria de las chaquetas. Las herraduras arañan el asfalto y a veces saltan chispas. El sonido de lo cascos golpeando el suelo frente a los portales de las viviendas es una onomatopeya perfecta y a ese ritmo ocurre todo. Hay avenidas atestadas porque el tráfico es terrible pero no importa. Los coches pitan en otra dimensión. Ya en las casetas ocurren cosas extrañas. La americana se me enganchó tres veces en los hilos del mantón de la misma muchacha: pasé una semana completa con ella esa noche, que se llamaba Adela, estudiaba filosofía, estaba a dieta, tenía un novio mayor casado del que no recordaba el nombre y era zurda, mientras trataban de separarnos los geos con flores en la cabeza. En la barra, el camarero preparaba los chupitos de las portuguesas y brindamos liberados justo cuando entraban por la puerta los bomberos.

A partir de la una hay casetas que entran en coma. A Anto no se le muere ni una. Es el vigilante de la feria, corriendo de un lado a otro con su kit de reanimación. Está de guardia el pobre, pendiente por si tiene que ir a algún sitio con el Spotify anudado cruzándole el pecho. Es muy eficiente. Le ha empatado todas las noches en el 93 el partido a las camareras, que ya recogían celebrando la victoria. Muy bella su imagen elevándose por encima de las cabezas con la clavija apuntando al altavoz. Le daba al play entrando en plancha derribando la defensa de mesas y señores justo antes de que la jefa del catering se cerrara la cremallera del abrigo. En la prórroga siempre ganábamos nosotros.

Me fui de Sevilla con el pantalón del traje roto como tragedia principal. El muslo me encaja demasiado bien y hace efecto ventosa. Cualquier movimiento debía ser delicado y en la Bodeguita de Antonio Romero, al subir el pie un poco más ligero de la cuenta, sentí la tela rasgarse a la altura del culo, donde se juntan pierna y cachete. Ojalá pudiera contar que ocurrió tirándome de espontáneo en la Maestranza, dándole dos naturales a un toro de Juan Pedro mientras sonaba Churumbelerías, que me cogió luego en una voltereta perfecta y que me llevaron en volandas a la enfermería, blanco y dolorido, con el pantalón partido hasta la bragueta, indemne por fin, héroe de madrugada en la feria con la camisa celeste rozada por el lomo del toro, jirones de sangre pegados a la corbata. Pero no. El único toro que me cogió fue el mecánico. Abrirme de piernas mandó el traje a la basura. Los coches de tope tampoco corren tanto como para huir en dirección contraria a la redacción. Algunos lo llaman oficina: qué gris es la parte industrial de mi vida.

Viví de lunes a viernes protagonizando una novela histriónica en la que me movía por Sevilla sin dinero y sin dormir. Recojo todavía sus páginas sueltas. Las ojeras tenían la profundidad que sueño para mi cuenta corriente. Ya el tercer día me dijo el cajero que un poquito de dignidad, que a qué iba. El saldo en la pantalla iluminada de madrugada era un drama precioso.

Muerte en Moscú

El sábado, embarcando en Moscú para volver a España, tuve el presentimiento de que el avión se iba a estrellar. Suele pasarme. Mientras introduzco la maleta en el compartimento, me siento y observo a la gente avanzar ansiosa por el pasillo, pienso que nadie va a salir vivo de allí. Quizá sean las últimas personas a las que vea, me digo repasando sus caras, la forma que tienen de tratar a su acompañante. El sábado ocurrió con más fuerza que nunca cuando entraron a la cabina un grupo de escolares moscovitas sonrientes y aliviados, cargando con sus mochilas, oliendo a primaria, creando el escenario perfecto para una gran tragedia. Era imposible salvarse en aquellas circunstancias. Estábamos condenados. El avión iría directamente al suelo con todos nosotros dentro, arruinando la primavera de vidas de un golpe. Me acomodé aceptando el momento fatal. A mi lado se sentó una profesora novata nerviosísima.

Mis accidentes siempre los provoca un fallo del motor. La ventana más cercana daba justo a una de las alas y ya podía ver la estela negra manchando el azul despejado del cielo mientras el morro apuntaba poco a poco a tierra firme. En realidad la única duda que tenía era si se produciría en el momento del despegue, siempre me ha obsesionado los que iban en el avión de Spanair, o durante la navegación tranquila de piloto automático rompiendo la placidez de las lecturas y los sueños. En el mundo real, los niños elevaban la excitación con una espuma de sonidos agudos, risas nerviosas y delante, tres niñas comentaban lo que les rodeaba incorporadas en sus butacas. La profesora se levantó también, pidiéndoles que se sentaran cuando pasaba la azafata en la última revisión.

Todo estaba dispuesto. El avión jamás llegaría a Madrid. Las luces de una ambulancia se veían entre la bruma humeante provocada por los pequeños incendios del fuselaje. Un operario esquivaba las maletas abiertas, la marejada de carne y metal extendida por la superficie sin vegetación del accidente, punteada de objetos personales. Mis aviones caen en campos cultivados en los que se aprecia perfectamente el espolvoreado del desenlace. Pensé en los titulares, la primera cifra de víctimas, estar dentro del montón de personas que ya no lo son, los telediarios y los periódicos, algún vídeo en las redes sociales. La muerte es un sueño profundísimo. Oscuro. Tan simple como cerrar los ojos. A nuestra izquierda, el asfalto se difuminaba por la velocidad. Un temblor sostenido calló a los escolares, ahora expectantes. El rumor de la máquina era notablemente intenso.

Las familias encajaban a esas alturas las pistas que deja la fatalidad. El número de vuelo, la hora de despegue, el último mensaje recibido avisando que sí, efectivamente, llegamos a montar en el avión. En el diseño de esta tragedia decidí que no sobreviviese nadie. A veces salvo a alguno, incluso a mí mismo. No esta vez. A los niños un movimiento brusco los puso en guardia. Esos gritos los amplifiqué igual que hago con la inercia del vaivén hacia abajo que se produce alguna vez en el aparato. Me recuerda a las montañas rusas. A los montículos de la carretera que superan los coches con un breve cosquilleo en sus ocupantes. Nos hundíamos en el cielo todos juntos. Apenas quedaba ya distancia con el suelo, en caída libre, borroso, estrecho.

A lo lejos divisé las cuatro torres de Madrid. Entendí que había una última posibilidad de que el piloto se dirigiera directamente hacia allí devorando los kilómetros que separan al aeropuerto de la ciudad, sobrevolando raso las calles. En apenas unos segundos tendríamos a las oficinas en frente. Las mesas de los despachos movidas, los bolígrafos caídos, folios en el aire, la gente corriendo despavorida buscando un refugio dentro de la media docena de plantas que iba a destruir el choque. Sin embargo, el único chillido fue el de las ruedas al rozar el suelo. Hubo un suave tirón, un roce. La ovación del resto confirmó que habíamos llegado, además de a salvo, horteras.

Las lápidas de los periódicos

Nacho Barberá murió de manera repentina, era muy joven y jugaba al fútbol. Los tres hechos convierten su teletipo en la pieza perfecta para el periodismo de última hora. La industria del suceso comienza a funcionar en ese mismo instante, tejiendo una red alrededor del nombre para captar cualquier añadido que alimente la necesidad de saciar el morbo con detalles. Los tres primeros párrafos se extinguen como una cerilla. Leer lo ocurrido nunca es suficiente.

Los automatismos son siempre los mismos. Alguien da la voz de alarma en la redacción y el resto se afana en poner presentable al muerto, en peinar sus ladillos, acariciarle el titular, comprarle una bonita entradilla. Los periodistas son enterradores con licenciaturas. Es obligatorio buscarle un lugar apropiado en la portada a la lápida. Los primeros clicks confirman que en la muerte hay un negocio tan antiguo, supongo, como el del sexo. Y que es más rentable si se trata de muertes consideradas, no sé, injustas. El chaval fulminado en el terreno de juego. La jovencita atropellada por un borracho. El apaleado en las fiestas de su pueblo.

Quizá se pueda gastar una notificación. La noticia sube en la pantalla de las más leídas como si una muchedumbre cargara con el cuerpo. Retumbando los pinchazos, ahí va marchando un ejército de muertos, Nacho Barberá al frente, al rescate de la empresa periodística mientras un funcionario de la información se frota las manos y el empleado mantiene su puesto un mes más. Funcionó. Hay días en los que los diarios digitales son un fosa común iluminada por letreros de publicidad. Al otro lado brillan los retuits y las lágrimas de Facebook. Esta construcción de cementerios en las pantallas es adictiva para los dos lados, convirtiendo, por ejemplo, a secciones de deportes en vertederos de personas a las que su último suspiro los pilló subidos a una bici, nadando o corriendo.

Descubrir algo especial del muerto es triste, una afición mainstream o un mote significativo, susceptible de ser utilizado para montar en el negocio a la industria del espectáculo. La rueda vuelve a girar en forma de homenajes, minutos de silencio, declaraciones de personas alejadísimas a él, calentada por los sentimentales, por supuesto los cursis, y el olor a muerto se convierte en viral. Barberá tuvo la desgracia de que en casa lo llamaran Cholito. Pobre, qué tragedia esa camiseta con su nombre en el vestuario del Atlético, la frase precisa y terrible del community manager, las miles de visualizaciones del vídeo, tan turbia esa pose afectada que genera empatía y seguidores y más visibilidad, aumentando el colchón de la derrota: “también se nos mueren los niños”.

Así, el pobre Nacho Barberá, tan manoseado, resucita por días, cada vez con menos fuerza. El reguero de estadios callados hace que las búsquedas en Google con su nombre aumenten, yendo de nuevo a los periódicos, que vuelven a escribir sobre los recordatorios convirtiendo el nombre y el apellido en una fórmula de posicionamiento perfecta. La descomposición se ve día a día, y cuando apenas queda un pedazo de mano, una pierna podrida, alguien dice ya no tira. Hay fijación con los niños, mucha más si están enfermos. Los afectados padres los llevan a sus ídolos buscando un milagro, cargando la tragedia familiar sobre los hombros de personas felices que sufren ahora irresponsablemente con ellos. Eso da lugar a crear artículos de laboratorio, a sacarlos en lacrimógenos reportajes televisivos: a esperar su muerte para empezar de nuevo.

Puigdemont y yo

Cuando pienso que debería volver a publicar algo en el blog, la necesidad de escribir es casi física. No es una cuestión de talento, vocación o algún concepto abstracto que me posicione en un lugar concreto, se trata de otra cosa, no sé. Cada vez es más fácil entender que quizá no valgo para enlazar cinco o seis párrafos con coherencia y la mayoría de ideas que me abordan en los 45 minutos de cinta de los martes se esfuman en cuanto salgo a la claridad de la luz natural, al resplandor de los nublados, a la suavidad de los días claros.

Siempre me apetece escribir sobre la actualidad. Acudo a ella cada vez más a menudo, con la avidez enfermiza que veo en los otros. Esa necesidad de consumir la última hora, el titular que tiene que funcionar –la palabra funcionar da dolor de cabeza–. Luego se me pasa. He tenido un conato, sin embargo, de articular una opinión con la pose y los matices sobre lo de Cataluña. Debería desglosar aquí las razones que convierten a Puigdemont en El impostor de Cercas, el Enric Marco de la política, un hombre que pasará a la historia por haber inmolado su biografía con la peculiaridad de arrastrar a esa destrucción a miles de personas. Marco, el jubilado que se construyó un pasado alemán de sufrido deportado nazi, convenció a casi todo el país de su artificio, pero no tenía más responsabilidades, sólo las éticas; Puigdemont, además de convertirse en el reverso del político levantando, organizando y gestionando una ficción, ha estrellado a la mitad de su vecinos contra ella. Las horribles caretas no podían tener más significado: ese puigdemont de papel es el virus que enfanga Cataluña. El procés, además, es aburridísimo. Es imposible soportar la carga de democracia, días históricos, la necesidad de implicarse, la transcendencia y el boato, las reivindicaciones, las concentraciones de gente, los discursos del parlament, las urnas, las papeletas, la urgencia de estar implicado. Es la peor época para ser catalán y perezoso. Supongo que hay un puñado de catalanes atascados en esta sucesión de rebaños y manifiestos, que no tienen ideas, quizá ni siquiera una opinión formada sobre lo que ocurre alrededor, en medio de la muchedumbre y las banderas, los gritos y los hombres y mujeres y familias dispuestos a todo por la utopía definitiva, observando esa transformación con un gesto de desgana. La tercera Cataluña es la de la pereza y yo estoy con ellos.

El último día que salí en Madrid supe lo que era triunfar en la vida. Hace cuatro miércoles, a las dos de la tarde, cruzaba Gran Vía montado en una moto eléctrica, entorpeciendo el tráfico con la velocidad de bicicleta rápida que alcanzan esos cacharros silenciosos, mirando casi con placer a los taxistas. La sucesión de comidas, copas, cocktails, merienda, cenas, vinos, cervezas, recenas y copas fue demasiado pero me acercó al nirvana de escritor atormentado. A la una de la madrugada era incapaz de articular palabra, inutilizada la tarjeta por falta de fondos desde el primer ajuste de cuentas. Desplegado el Madrid de Fitur, la ciudad abría esa trastienda fabulosa de las madrugadas laborables. Allí zozobré, primero acurrucado en el baño de Zoko –ese tipo de restaurante de moda en el que parece que los camareros han sido seleccionados para un reality– después en la parte de atrás de un taxi, pidiendo clemencia en las curvas, jurando no volver a beber en cada acelerón en los semáforos, esa sucesión de pequeñas tragedias al cambiar a verde, y al final, por la mañana, cuando descubrí vacía la cuenta corriente, pobre para el resto de mes, los zapatos punteados de vómito, el recuerdo de las impertinencias nocturnas. No veo otro modo de ir por la vida. Como Marco. O Puigdemont.

Confluencias en el Bernabéu

El miércoles hubo en el Bernabéu un bullicio inesperado. Es verdad que no he ido tantas veces al estadio como para tener una voz autorizada en esto, pero se dio una confluencia. La vi hasta yo, quiero decir. En un fondo, la grada blanca, impoluta, de comunión, alegre, primaveral, juvenil y por lo tanto sospechosa. Arriba, en uno de los laterales, un grupúsculo oscuro, agitado en la primera parte, silente después. Mucho más arriba, a la derecha del palco de prensa, gente vestida de rojo, sin abrigar, apaches en la frontera. Cada uno cantaba lo suyo. El murmullo de los nuevos cánticos madridistas alternaba con los clásicos. Hasta mi posición llegaban lejanos. Benditos los que estaban en medio, congelados por la brisa siberiana comprada por Florentino y machacados por la animación. El gran fiasco del fútbol es ese: como en Cádiz, que también hay gente que canta disfrazada.

La reunión Ultra Sur de antiguos alumnos repasó sus grandes éxitos, Real Madrid alé o Todo el estadio, apenas coreados por el resto. Fue especialmente triste con Todo el estadio, callándose con habilidad entre frases con el timing ajustado sin que nadie les siguiese. El grupo, tan reducido y lejano, era como una de esas bandas tributo a las que nadie va a ver. Viejos rockeros que se homenajean a sí mismos en una gira lamentable por pueblos -la Copa-. Cambiaron las mariposas por los globos en una peleílla de parque temático por sus buenos tiempos de nazis haciendo cosas nazis. Aquello era la reducción de la época de Raúl, las remontadas inconclusas -contra el Zaragoza, por ejemplo, que escuché con el walkman en la cama tapado hasta las orejas- los gemelos de Roberto Carlos, el parche del FIFA para oír los comentarios de la Cope y esas voces de gente subida a las vallas con megáfonos. Cierto periodismo ha estado siempre cerca de ciertas personas.

A los jovencitos confusos que cogieron el relevo se les nota un poco teatreros. Cantan, llegan a bailar y se les ve divertirse, incluso cuando Guillermo cabeceó dentro la que tuvo Benzema en el Clásico con un bello movimiento. Qué foto para su salón. Falta ambición en la hinchada. Desde lejos se les nota gente estudiada, bachilleratos por la inercia, carreras como Derecho y Ade en las que lo más radical es pillar los apuntes a la guapa, al menos es lo que intenté siempre. Gente con Twitter, informadita, que juega a la plei, habrá incluso algún niño rata. Para animar en condiciones hay que haberlo pasado mal de verdad para que la única salvación sea gritar en el estadio. Salir directo a casa frotándose las manos heladas mientras se avisa a mamá rebaja la épica. Además, esto de tener muchachos cantando obligatoriamente en un estadio es una perversión del juego heredada de los equipos que, por falta de copas, eligieron las rimas. Han llevado a los grandes a su terreno y ahí no hay color. Si en el Bernabéu no se canta no pasa nada. En la Maestranza hay un silencio bíblico y a nadie se le ha ocurrido soltar por allí a gente con pañuelos verdes y silbatos. La obligación de cantar tampoco le corresponde ya al Atlético, hablando de nuevos ricos, que se ha mudado para callarse.

La confluencia de esos dos mundos quedaba desactivada a veces por los del Numancia, que tenían todo el derecho a expresarse al estar en la capital. La grada-jaula se convirtió en un momento en una cueva con luciérnagas cuando todos activaron la linterna de sus móviles para acompañar una reivindicación provincial. De pronto el Bernabéu se iluminó poco a poco y todos los sorianos florecieron de sus smartphones. Como a los del Borussia, no se les entendía. Un periodista al que admiro fue a buscar la razón última de las exigencias: “la culpa de todo esto también la tiene Puigdemont”.

Entonaron el ya habitual Sí se puede al que falta la coma pero que sirve para todo y es un hit en la capital desde mayo de 2011. Sí se puede es el nuevo No nos moverán. Optimismo por trinchera. La trinchera del optimismo, o sea. En una contra el Soria empató el partido. Sobre el césped pasaban cosas extrañas, un caño a Llorente, un encontronazo de Kovacic, el agarrón a Isco de Dani Calvo cuando terminaba el encuentro aplaudidísimo por algunos, incluidos los madridistas que odian la conducción. A este Madrid perezoso no se le ve el final, y yo lo entiendo. La pereza es mi especialidad. El frío valió la pena: vi resbalarse a Achraf en una de esas acciones comentadas en Madrid con cinismo años después de que ocurran.

Los peores propósitos

Presiento que este no será un buen año. Aunque sólo sea porque el pesimismo tiene literatura. La realidad es que he desembarcado en 2018 con una horrible lista de propósitos de mejora, una funesta declaración de buenas intenciones, a la que se le ve a kilómetros el fracaso. Intentarlo en un periodo tan concreto de tiempo es ya una derrota, como si no hubiera más vida, abocada la civilización al narcisismo de los anuncios de colonia, que son los que tienen la culpa de casi todo. En los propósitos de año nuevo hay un poco de esas aventuras sexis oliendo dulzón con acento extranjero. La industria de la felicidad impide su doblaje porque el bien viene solidificado, congelado, y aquí se nos muestra una expectativa de viaje, aventura, la necesidad de tener experiencias todo el rato que compartir. A la gente normal nos están destrozando la realidad sustituyéndola por una pornografía de decisiones felices. Nicorette vive de esto. La trampa estaba ahí: lamentablemente me he propuesto mejorar.

Ojalá hubiera sido valiente para hacer justo lo contrario, escribir en un folio en blanco la otra lista, la de empeorar. Llegar a las citas cada vez más tarde, ser un poco más vago, abandonarme a la procastinación, mentir, convertirme progresivamente en el maleducado definitivo, un ser insoportable hundido en la pereza, demagogo, malhablado, incapaz de concentrarse y olvidadizo, con un amplio repertorio de excusas, extrovertido pero amargado, envidioso, negro por dentro, con mal beber, hipócrita y un poco gordo. Ser el Real Madrid de las últimas semanas, el perfecto idiota, reconocido internacionalmente. Concretando un poco más: convertir la actitud de Benzema en una persona, un pequeño Frankenstein amasado por nebulosas. Quedaría genial un anuncio de perfume, los teaser de una vida mejor, con alguien así. Me ofrecería voluntario sin pensarlo. Con miedo a tirarme del acantilado del que bajaría andando con chanclas por algún camino pedestre y luego, en la lancha, sin ganas de besar a la chica. “¿No tenéis ninguna muestra?”, preguntaría. No se ven muchas librerías alrededor de la escena pero sacaría de algún sitio un libro y leería cuarenta páginas antes de tumbarme encima de nadie vestido sólo con un bañador de competición. Sudoroso, a medio mojar, temblándome la grasa a cada golpe de mar.

El primer lunes-lunes empecé a recorrer mi otra lista por el final yendo al gimnasio sin lentillas. Casi no veía a nadie, sólo los olía. El gris de las máquinas, las caras sin concretar de la gente, la abstracción de los olores, el tacto húmedo de las cosas, la luz blanca de fábrica. Haciendo deporte llega un momento en el que las frases motivadoras salen solas, te acosas a ti mismo convertido en un pesado en tercera persona. Es desolador darte ánimos, verte desde fuera rendido y pensar que aún queda lo mejor. Tristísimo hacerlo en inglés, “keep going”. A punto estuve de escribirme un libro de autoayuda. Creo que hay muchos atrapados en esa vorágine, en la idiotez de los límites, conscientes de la propia intensidad; el autofitness. La última liberación está por llegar: una ilustración de malos hábitos. Es muy triste tener que pagar por esto. A ver lo que me dura.

Las cordosiesas ya son blogueras

Las cordosiesas ya son blogueras y eso me crea una sensación extraña. Instagram, la red social donde malgasto el tiempo, me ha puesto frente a esta siniestra realidad: las mujeres más antipáticas del mundo también sonríen. Escribiendo esto he tenido que mirar un par de veces algunas imágenes. Necesito esa mierda para seguir. A través de la lupa he sido testigo de cómo se ha derrumbado un concepto construido en el fango de Cibeles, aquella discoteca en la que caímos tantos. Ahora que ha desaparecido y el local está tristemente dividido en dos ni siquiera hay una placa que recuerde las pocas gestas, ni una sola mención a la tragedia, a la industria del rechazo de universitarios construida entre sus columnas. En esos cristalitos palpitaba el no.

Mis pesquisas han confirmado, además, la leyenda de la transformación. Los rumores eran constantes después de verlas pasar por Mansul agitando una melena larguísima, ese látigo de la indiferencia, el zumbido de la mirada sarcástica -“¿Tú? ¿Conmigo?”- el muro donde se ha estrellado una generación completa de jóvenes, en Córdoba no hizo falta la heroína, con aires de Esmeralda vestida en Zara. Se decía que tomaban un tren a Madrid. En la capital, a veces, entablaban alguna mínima conversación. Pasando a limpio una nueva derrota los corrillos de muchachos tristes comentaban que llegaban al extremo de aceptar invitaciones de copas en las discotecas de la Castellana. De vuelta, acercándose a Despeñaperros adoptaban su modo habitual de animal mitológico, apretando fuerte los labios, entornando los ojos. Su tragedia era ser guapas.

A las cordosiesas ya no se las ve juntas -fueron las primeras manadas- uniformadas por las perlas y los colores pasteles. Las perlas y las barbas perfiladas, ahí hay un sesgo claro. No van a clase de inglés ni a misa. Dar la paz el miércoles de ceniza era el recurso del desesperado. Tampoco acompañadas de su madre un martes por la tarde en Cruz Conde. La cobra del saludo helaba. La cobra a distancia, escondiendo el hola con un movimiento contrario de barbilla parecido al que hace Isco con el tobillo: brusco y suave, templado y demoledor. Han olvidado las clásicas costumbres de “quedar a tomar una coke” y ahora van a lugares como la Mucca donde beben vino. ¡Vino! Han cambiado el McDonalds del Brillante por La taberna del río.

Viajan y tienen una frase soñadora que encaja en cualquier instante. Hay, joder, sentimientos en ellas. Este proceso de sofisticación las desnuda socialmente, desarmando la defensa creada en la ciudad durante siglos que las mantenía apartadas de sus propios vecinos, insoportable en la primera década del veintiuno. Quizá también necesitaban un respiro. Algunas se han llegado a casar eligiendo en un gesto salvaje a un pobre diablo empadronado en Córdoba. La paz de Versalles y esto, de verdad. Jamás se las ha conocido por el nombre completo, a lo mejor el mote o el colegio donde estudiaron primaria, y ahora hasta reciben paquetes en casa. Utilizaban el diminutivo para amedrentar.

Necesitaría un enviado especial a Tinder para ver si allí está ocurriendo algo parecido y se puede hablar de la extinción completa del primer concepto que empoderó a las mujeres en España. Además de tener el poder, lo ejercían relamiéndose. Apoyadas entre ellas con una red de solidaridad que iba más allá de los grupos de amigas, superando la siempre difícil frontera de las conocidas si había alguna emergencia. A una hora determinada, sobre la música, se escuchaban los murmullos, los bisbiseos de las pequeñas reuniones que decidían el beso de una de ellas. Un estado paralelo con su propia policía.

-Tía, no me gusta para ti.

Y a otra cosa.

En las barras de los bares están impregnadas las sombras de los que se quedaron colgados cuando lo rozaban. Córdoba es un cementerio de ganas. De esos años duros quedamos unos cuantos supervivientes repartidos por la geografía, entrenados en condiciones terribles en las que hemos desarrollados habilidades extraordinarias capaces de ligar, no sé, en Palencia. Los nacidos a partir del 94 hablan de follar con la misma naturalidad que lo hacíamos nosotros de los casi. No nos olvidéis.

Este aburrimiento

Cada pasada del paño húmedo por los botos derrumbaba la ficción del fin de semana. La Nivea engrasaba la piel y la realidad. Era lunes, había anochecido pronto de nuevo, por la ventana de la cocina entraba una oscuridad fría, la luz fluorescente atrapaba la loza del suelo y mi madre se movía de un lado a otro preguntando cosas que ya sabía. Había poco hogar en el tránsito del desorden a la limpieza. A ella la escuchaba lejos y respondía con monosílabos, con ese tipo de actitud que la enfurece. Sentado en la silla donde tantas veces desayuné ensimismado con las ramas del plátano de sombra que tiene mi edad daba vueltas al calzado arropado por una sensación penosa de vacío, de final, sin encajar en mi propia casa. La cama sin hacer, los zapatos en mitad de la habitación, las cajas de los sombreros una encima de otra y los trastos apelotonados en la bañera eran los cascotes. Sólo tenía ganas de dormir.

Delante del horno de piedra trabajaba Pepe. La aguja marcaba 300 grados y allí estábamos unos cuantos, rodeando la cocina al aire libre, esperando las pizzas en el jardín de la casa de Fátima. No había suficiente guacamole y el alioli artificial, ensamblado en el envase amarillo de plástico, es deslumbrante la posibilidad de ser el primero en romper la superficie blanca, lisa y espesa del producto, no había tenido éxito. Un fuet empezado y doritos abiertos, pocas cervezas. Las conversaciones recordaban algún instante, aquella voltereta, el meme de la portagayola, el día soleado, la fiesta y las palabras se hacían cada vez más finas, imperceptibles al crujido de los bordes, del pollo y el champiñón horneados. La reunión estaba agitada por la resaca de los días intensos y todos estábamos distanciados de los otros, o al menos lo percibía así, en manga corta, aparentando que no tenía frío. En realidad no lo tenía. Juan y mi hermano, abrigados, me lo habían comentado y cualquier movimiento que hiciera era vigilado, como mi cercanía al horno vacío o los brazos cruzados. Tenía un frío impuesto. Ya en casa me dormí en el sofá.

La comida en Foster’s fue peor de lo que esperaba pero al menos comí sin el remordimiento de las calzonas apretando mis muslos anticonstitucionales. Hubo calidez al fin, todo estaba más unido y el diálogo en la mesa era uniforme, compacto. El festivo marcaba un domingo intercalado, a la mañana siguiente volvería a Madrid y el resto a sus trabajos. El otoño, un sol que calienta menos y esas horas previas de la vuelta a la rutina siempre golpean el recuerdo de mi infancia paseando entre los bosques de diseño del Jardín Botánico, el sudor seco de los invernaderos, el pabellón americano y sus olores. Juan Baena desapareció y en la pick up de Popi subimos Yépez, mi hermano, Juan y yo. La pequeña plaza de toros parecía mucho más pequeña que el sábado. El domingo por la noche habíamos ajustado las cuentas con Rocío y el festival y la fiesta eran en ese momento un reguero de vasos, alguna botella, marcas en el suelo, fotocols vacíos y amplitud y silencio. Los campos en barbecho se extendían detrás ahogando el ruido del motor de los coches. El viento incomodaba, sordo. En el ruedo, el rastro que dejaron los cadáveres de los novillos apuntaba al patio de cuadrillas, la cal apenas se distinguía y el albero estaba moteado de montículos y huecos, montañitas de arena como olas que recorrían toda la circunferencia. Una raya de salmorejo se escurría en el suelo. Lo desmontamos todo casi sin hablar, vigilados por un camarero malencarado, borde y apático, que enmarcaba su cara redonda por una vergonzante perilla perfilada y cortada al mínimo, gordo, la reconocible imagen del fracaso, un centinela que recordaba que la vida es más bien eso. Los burladeros, nuestras imágenes a tamaño real, las pelucas. También los adornos de los balcones. Volvieron las rejas al palco del presidente. La tarde caía sin prisa y anocheció cuando entrábamos en casa. El Madrid perdía 3-0 y volvimos a cenar fuera, como quien bebe, a refugio de la apatía. Entrar en el coche de Juan sin la ropa de deporte resultaba extraño. Estrujábamos, mi hermano también, las últimas horas juntos después de un mes viviendo otra vida.

Decidí llegar al tren con algo de tiempo esta vez. Creía tenerlo todo empaquetado pero un mensaje a WhatsApp descubrió la identidad al rumor de olvido que me acompaña siempre en esas situaciones. “Lo sabía”, dijo mi madre. Pues si lo sabía podría haber avisado antes, pensé. Apenas pude leer una línea del libro que llevaba. Pasé el viaje viendo de nuevo todas las fotos, los vídeos y bajando y subiendo Twitter. En el asiento de al lado estaba sentado un señor amable pero impertinente, que ocupaba mucho, sonreía y tenía el pelo blanco. Se levantó dos veces que a mí me parecieron quinientas. Cuando volvió me encontró sentado en un asiento libre. El Alvia traqueteaba. Delante hablaban de trabajo. Está bien viajar en tren pero nunca he encontrado qué lo hace tan fascinante para el resto. El avión sin embargo despega y aterriza y tu vida depende mucho más de la tecnología. En Madrid había un sol despejado, una mañana luminosa, colas para coger al autobús y coches aparcados, coches circulando y coches parados. La gente salía sin prisa, cargados con maletas, apretando carpetas. Conduje un Emov hasta casa y perdí el tiempo antes de comer con Clara. La ví de lejos y se produjo una situación rara al saludarnos en la distancia, como si nos hubiéramos conocido ayer. Agoté la distancia hasta ella intercalando miradas al suelo y al frente. Un taxi me recogió a las cinco. En los estudios de Movistar Plus esperaba Simón Casas, impaciente, mascando la palabrería. Cruzamos los tornos junto a Carmen y a mí me parecía no estar allí.

El viernes sentí cerca el mismo malestar del sábado. Mis padres me encontraron tirado en el suelo. Escuchaba la música y sentí vibrar el móvil, pero no podía reaccionar. Desde lejos sólo se me veían las piernas detrás de una cortina. Había vomitado por encima del muro de piedra y no me quedaba nada. Escupía saliva espesa y me apetecía dormir, allí al raso, sentado. Clara insistió metiéndome los dedos en la garganta cuando no podía ni hablar. El olor a tabaco me repugnó y me recordó a las noches en Bologna, saliendo de Tresor dando tumbos. Nos habíamos juntado unos cuantos para despedir a Hugo, que se casa en diciembre, y dejé de beber en cuanto lo noté. El vino, las dos copas en la sobremesa, otras cuantas por la tarde, acercaban la meta de frío y vómito. Al día siguiente volví a la redacción despues de una semana sin pisarla y fue triste. Siete días después hacía un buen día fuera, suficiente para salir de allí y mandarlo todo a la mierda. Los teletipos se escurrían, parpadeaba la home y las órdenes. Había una claridad diferente, perdí al pin pon. Todo resultaba artificial.

A las once salí, me reencontré con Clara y unos amigos suyos. Bebí sin problemas. En El Cuento la gente bailoteaba, brillaba el telón proyectando la NBA mientras Gabi me contaba su vida en Namibia. Me acordé de Miguel en París. Pepote, al que acababa de conocer, se sujetaba con una columna mirándo fijamente a una tipa sin escucharla. Ella gesticulaba, movía la cabeza. Él mantenía los ojos muy abiertos y media sonrisa etílica, un barco a la deriva anclado en medio del pub repleto de oficinistas de bigfours. En Madrid todo sigue exactamente igual. “Es de Barcelona pero le gusta el flamenco”. Las adversativas, ahorrar, trabajar, el contrato. Qué aburrimiento. La vida sublime no es ni siquiera un espejismo.

El frío Estado 

Durante estos días están creciendo las metáforas. Casi todos las utilizan. Los choques de trenes, el famoso abismo y el vacío son los tres estadíos metafóricos que está viviendo el país, que constituyen a su vez una metáfora de la situación y que llamarlo situación lo es ya casi también. La gran metáfora, sin embargo, es procés o su equivalente el llamado procés: un producto de marketing para enmascarar la falsa realidad construida durante cuatro décadas, palabra a palabra, edificando sentimientos. De metáfora a metáfora, a los independentistas se les está tratando como si sus argumentos tuvieran base sólida y no hicieran pie en esa mentira que no ha sido capaz de demoler el Estado. Reconozco síntomas de validez en las tertulias, en algunos editoriales, en varias reacciones. El nacionalismo ha ganado en todo este tiempo legitimidad con sólo la inercia.

Quizá no se pueda escribir de esto sin colocar alguna florecita que entierre el pestilente olor de la realidad: la tensión. Los sentimientos tienen la culpa. Resultó insoportable ver cómo se jalearon las salidas de los Guardias Civiles con los trágicos “a por ellos, a por ellos” o a padres utilizando a sus hijos mientras probaban la contundencia de la ley tanto tiempo después -la ley pesa desde el pérezroyo hasta la punta de la porra de un antidisturbios-. La maquinaria del Estado no puede admitir banderas en los balcones ni abrochadas al cuello porque convierte su acción en un pastiche, en un griterío de bandos, en una división trágica. No se trata de ser el más español. Igualar a los separatistas en ese terreno es peligroso. Este espectáculo entristece y asusta desde que se perdió la frialdad. La razón debe estar en alguna parte, no lo sé.

-Queda usted detenido.

-¿Qué hace ahí Manolo el del Bombo?

Ojalá alguien agarre a su ventana una constitución.

Cuando Cataluña prohibió los toros escribí que ya no formaba parte de mi manera de entender la vida, como si se hubiera independizado de mí. Más o menos. Puro sentimiento. En aquel momento me encantó la idea, era un aficionado voraz y optimista, y lo viví como la patada a la libertad que fue. La primera. Acababa de llegar a Italia y sentí realmente la impotencia, a pesar de la distancia que había intentado tomar desde que se detectaron los primeros síntomas. Con el tiempo entendí que los únicos que habían perdido eran ellos al quedar en evidencia. Muchos se pusieron de perfil y no vieron la oportunidad de señalar el problema. Seis años después está aquí, enorme, con un pueblo lanzado a la irresponsabilidad de sus políticos, gigantesco y monstruoso, a punto de alzar su bandera.