Blanco sobre negro

Juan Diego Madueño

Este aburrimiento

Cada pasada del paño húmedo por los botos derrumbaba la ficción del fin de semana. La Nivea engrasaba la piel y la realidad. Era lunes, había anochecido pronto de nuevo, por la ventana de la cocina entraba una oscuridad fría, la luz fluorescente atrapaba la loza del suelo y mi madre se movía de un lado a otro preguntando cosas que ya sabía. Había poco hogar en el tránsito del desorden a la limpieza. A ella la escuchaba lejos y respondía con monosílabos, con ese tipo de actitud que la enfurece. Sentado en la silla donde tantas veces desayuné ensimismado con las ramas del plátano de sombra que tiene mi edad daba vueltas al calzado arropado por una sensación penosa de vacío, de final, sin encajar en mi propia casa. La cama sin hacer, los zapatos en mitad de la habitación, las cajas de los sombreros una encima de otra y los trastos apelotonados en la bañera eran los cascotes. Sólo tenía ganas de dormir.

Delante del horno de piedra trabajaba Pepe. La aguja marcaba 300 grados y allí estábamos unos cuantos, rodeando la cocina al aire libre, esperando las pizzas en el jardín de la casa de Fátima. No había suficiente guacamole y el alioli artificial, ensamblado en el envase amarillo de plástico, es deslumbrante la posibilidad de ser el primero en romper la superficie blanca, lisa y espesa del producto, no había tenido éxito. Un fuet empezado y doritos abiertos, pocas cervezas. Las conversaciones recordaban algún instante, aquella voltereta, el meme de la portagayola, el día soleado, la fiesta y las palabras se hacían cada vez más finas, imperceptibles al crujido de los bordes, del pollo y el champiñón horneados. La reunión estaba agitada por la resaca de los días intensos y todos estábamos distanciados de los otros, o al menos lo percibía así, en manga corta, aparentando que no tenía frío. En realidad no lo tenía. Juan y mi hermano, abrigados, me lo habían comentado y cualquier movimiento que hiciera era vigilado, como mi cercanía al horno vacío o los brazos cruzados. Tenía un frío impuesto. Ya en casa me dormí en el sofá.

La comida en Foster’s fue peor de lo que esperaba pero al menos comí sin el remordimiento de las calzonas apretando mis muslos anticonstitucionales. Hubo calidez al fin, todo estaba más unido y el diálogo en la mesa era uniforme, compacto. El festivo marcaba un domingo intercalado, a la mañana siguiente volvería a Madrid y el resto a sus trabajos. El otoño, un sol que calienta menos y esas horas previas de la vuelta a la rutina siempre golpean el recuerdo de mi infancia paseando entre los bosques de diseño del Jardín Botánico, el sudor seco de los invernaderos, el pabellón americano y sus olores. Juan Baena desapareció y en la pick up de Popi subimos Yépez, mi hermano, Juan y yo. La pequeña plaza de toros parecía mucho más pequeña que el sábado. El domingo por la noche habíamos ajustado las cuentas con Rocío y el festival y la fiesta eran en ese momento un reguero de vasos, alguna botella, marcas en el suelo, fotocols vacíos y amplitud y silencio. Los campos en barbecho se extendían detrás ahogando el ruido del motor de los coches. El viento incomodaba, sordo. En el ruedo, el rastro que dejaron los cadáveres de los novillos apuntaba al patio de cuadrillas, la cal apenas se distinguía y el albero estaba moteado de montículos y huecos, montañitas de arena como olas que recorrían toda la circunferencia. Una raya de salmorejo se escurría en el suelo. Lo desmontamos todo casi sin hablar, vigilados por un camarero malencarado, borde y apático, que enmarcaba su cara redonda por una vergonzante perilla perfilada y cortada al mínimo, gordo, la reconocible imagen del fracaso, un centinela que recordaba que la vida es más bien eso. Los burladeros, nuestras imágenes a tamaño real, las pelucas. También los adornos de los balcones. Volvieron las rejas al palco del presidente. La tarde caía sin prisa y anocheció cuando entrábamos en casa. El Madrid perdía 3-0 y volvimos a cenar fuera, como quien bebe, a refugio de la apatía. Entrar en el coche de Juan sin la ropa de deporte resultaba extraño. Estrujábamos, mi hermano también, las últimas horas juntos después de un mes viviendo otra vida.

Decidí llegar al tren con algo de tiempo esta vez. Creía tenerlo todo empaquetado pero un mensaje a WhatsApp descubrió la identidad al rumor de olvido que me acompaña siempre en esas situaciones. “Lo sabía”, dijo mi madre. Pues si lo sabía podría haber avisado antes, pensé. Apenas pude leer una línea del libro que llevaba. Pasé el viaje viendo de nuevo todas las fotos, los vídeos y bajando y subiendo Twitter. En el asiento de al lado estaba sentado un señor amable pero impertinente, que ocupaba mucho, sonreía y tenía el pelo blanco. Se levantó dos veces que a mí me parecieron quinientas. Cuando volvió me encontró sentado en un asiento libre. El Alvia traqueteaba. Delante hablaban de trabajo. Está bien viajar en tren pero nunca he encontrado qué lo hace tan fascinante para el resto. El avión sin embargo despega y aterriza y tu vida depende mucho más de la tecnología. En Madrid había un sol despejado, una mañana luminosa, colas para coger al autobús y coches aparcados, coches circulando y coches parados. La gente salía sin prisa, cargados con maletas, apretando carpetas. Conduje un Emov hasta casa y perdí el tiempo antes de comer con Clara. La ví de lejos y se produjo una situación rara al saludarnos en la distancia, como si nos hubiéramos conocido ayer. Agoté la distancia hasta ella intercalando miradas al suelo y al frente. Un taxi me recogió a las cinco. En los estudios de Movistar Plus esperaba Simón Casas, impaciente, mascando la palabrería. Cruzamos los tornos junto a Carmen y a mí me parecía no estar allí.

El viernes sentí cerca el mismo malestar del sábado. Mis padres me encontraron tirado en el suelo. Escuchaba la música y sentí vibrar el móvil, pero no podía reaccionar. Desde lejos sólo se me veían las piernas detrás de una cortina. Había vomitado por encima del muro de piedra y no me quedaba nada. Escupía saliva espesa y me apetecía dormir, allí al raso, sentado. Clara insistió metiéndome los dedos en la garganta cuando no podía ni hablar. El olor a tabaco me repugnó y me recordó a las noches en Bologna, saliendo de Tresor dando tumbos. Nos habíamos juntado unos cuantos para despedir a Hugo, que se casa en diciembre, y dejé de beber en cuanto lo noté. El vino, las dos copas en la sobremesa, otras cuantas por la tarde, acercaban la meta de frío y vómito. Al día siguiente volví a la redacción despues de una semana sin pisarla y fue triste. Siete días después hacía un buen día fuera, suficiente para salir de allí y mandarlo todo a la mierda. Los teletipos se escurrían, parpadeaba la home y las órdenes. Había una claridad diferente, perdí al pin pon. Todo resultaba artificial.

A las once salí, me reencontré con Clara y unos amigos suyos. Bebí sin problemas. En El Cuento la gente bailoteaba, brillaba el telón proyectando la NBA mientras Gabi me contaba su vida en Namibia. Me acordé de Miguel en París. Pepote, al que acababa de conocer, se sujetaba con una columna mirándo fijamente a una tipa sin escucharla. Ella gesticulaba, movía la cabeza. Él mantenía los ojos muy abiertos y media sonrisa etílica, un barco a la deriva anclado en medio del pub repleto de oficinistas de bigfours. En Madrid todo sigue exactamente igual. “Es de Barcelona pero le gusta el flamenco”. Las adversativas, ahorrar, trabajar, el contrato. Qué aburrimiento. La vida sublime no es ni siquiera un espejismo.

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El frío Estado 

Durante estos días están creciendo las metáforas. Casi todos las utilizan. Los choques de trenes, el famoso abismo y el vacío son los tres estadíos metafóricos que está viviendo el país, que constituyen a su vez una metáfora de la situación y que llamarlo situación lo es ya casi también. La gran metáfora, sin embargo, es procés o su equivalente el llamado procés: un producto de marketing para enmascarar la falsa realidad construida durante cuatro décadas, palabra a palabra, edificando sentimientos. De metáfora a metáfora, a los independentistas se les está tratando como si sus argumentos tuvieran base sólida y no hicieran pie en esa mentira que no ha sido capaz de demoler el Estado. Reconozco síntomas de validez en las tertulias, en algunos editoriales, en varias reacciones. El nacionalismo ha ganado en todo este tiempo legitimidad con sólo la inercia.

Quizá no se pueda escribir de esto sin colocar alguna florecita que entierre el pestilente olor de la realidad: la tensión. Los sentimientos tienen la culpa. Resultó insoportable ver cómo se jalearon las salidas de los Guardias Civiles con los trágicos “a por ellos, a por ellos” o a padres utilizando a sus hijos mientras probaban la contundencia de la ley tanto tiempo después -la ley pesa desde el pérezroyo hasta la punta de la porra de un antidisturbios-. La maquinaria del Estado no puede admitir banderas en los balcones ni abrochadas al cuello porque convierte su acción en un pastiche, en un griterío de bandos, en una división trágica. No se trata de ser el más español. Igualar a los separatistas en ese terreno es peligroso. Este espectáculo entristece y asusta desde que se perdió la frialdad. La razón debe estar en alguna parte, no lo sé.

-Queda usted detenido.

-¿Qué hace ahí Manolo el del Bombo?

Ojalá alguien agarre a su ventana una constitución.

Cuando Cataluña prohibió los toros escribí que ya no formaba parte de mi manera de entender la vida, como si se hubiera independizado de mí. Más o menos. Puro sentimiento. En aquel momento me encantó la idea, era un aficionado voraz y optimista, y lo viví como la patada a la libertad que fue. La primera. Acababa de llegar a Italia y sentí realmente la impotencia, a pesar de la distancia que había intentado tomar desde que se detectaron los primeros síntomas. Con el tiempo entendí que los únicos que habían perdido eran ellos al quedar en evidencia. Muchos se pusieron de perfil y no vieron la oportunidad de señalar el problema. Seis años después está aquí, enorme, con un pueblo lanzado a la irresponsabilidad de sus políticos, gigantesco y monstruoso, a punto de alzar su bandera.

Mi primer enemigo

El viernes por la noche insulté a un portero de bar. Cuatro años después de llegar a Madrid me lo merecía, resultó un descanso. Hasta ahora había sido un chico excelente, que paseaba por las madrugadas de la capital con las manos en los bolsillos, sonriendo. La imagen de la bonhomía ebria, del joven de provincias que asiste al mundo en una observación feliz. Resultó cómico cuando los hielos me traicionaron intentando sacar una copa fuera de Freeway escondida en el abrigo. Aquel día en el que empujé levemente a un muchacho en el antiguo Nasti por intentar colarse en nuestra foto. También la noche en la que estuve a punto de abandonar el Toni 2 contra mi voluntad por no recordar bien una letra. Es legítimo intentar sacar lo más barata posible esa lata de Mahou callejera. Fui desagradable con una camarera en Ocho y medio. He entrevistado telefónicamente al Rosco en la parte de arriba de Richelieu. Nunca me han echado, siempre he salido de los sitios justo cuando me ha apetecido. Incluso logré lo contrario, un poco como Puigdemont, surcando ilegalidades, entrando cuando estaban cerrados bajo un sistema invulnerable. La metáfora de nuestra democracia estaba en aquel lugar: alguien se dejó un poco abierta la puerta y me acompañaron veinte entusiastas.

El viernes dije basta. No podía mantener por mucho más tiempo esta pose de optimista irredento. En el vitalismo de los borrachos no queda ya literatura, y hay que mirar al otro lado con la necesidad de crearse enemigos, arrastrarse por la ciudad, dejar de ver Malasaña como un parque de atracciones. Sucedió en la calle Divino Pastor. Algo me activó. Había salido con los que fuman. El reloj daba las tres y veinte cuando queríamos volver. El sitio, el Más allá, cerraba en diez minutos. Entré el último y me encontré un brazo traicionero que cerraba el paso. El otro Juan Diego lo hubiera tomado como una invitación a bailar el limbo, creando un momento gracioso, volviendo a la barra convertido en Joaquín. Eso era antes. Le pregunté a ese guardián caprichoso por qué no podía pasar, no me dio ninguna explicación y la violencia verbal escaló muy rápido. No entendió que le quisiera explicar el concepto deportivo del mismo tiempo -yo habría entrado sin ceder ningún segundo con el grupo- y en un momento estaba gritándole calvo, diciéndole que aquello de ser portero era muy fácil para hacerlo tan mal, y él, al que se le acumulaba el trabajo, mientras me llamaba cosas, intentaba ir a por mí y sujetar la puerta para que pudieran salir los de dentro. Era un calvo de campeonato, con barba frondosa, que es ser calvo de premio. Y yo un idiota por descubrírselo a voces.

Hubo amenazas y un conato de pelea que evité haciendo lo que mejor sé hacer: huir corriendo. Se quedó con las ganas de darme una paliza y ya no puedo ir a aquel bar. Ha sido una expulsión implícita. No se habló, pero se supone. Tendré que evitar esa calle a determinadas horas y eso está bien, porque él estará esperándome y cada vez que me acuerde del futbolín cochambroso, los chupitos baratísimos, los baños estrechos e inundados, toda esa apetecible decadencia, cada vez que mis amigos quieran ir allí y yo tenga que volver a casa, cada vez que esté tranquilo en otro lugar, pensaré que tengo algo mejor, revolucionario. Un enemigo agazapado en el umbral de una puerta, en la sombra de un bar, recordando mi cara, las gafas redondas, el pelo rizado y mi carrera huyendo de él. La cobardía después de los insultos. Seremos rivales en la distancia. Irreconciliables, intensos, íntimos. Odiándonos desde dentro y sin alardes, con el gesto serio y en continua alerta, asombrosamente literarios, recordándonos cada noche al dormir, en un último gesto de amor imposible, sin querer encontrarnos, detestándonos en la distancia, aguantando para siempre las ganas de zanjarlo. Acurrucados en la tensión violenta no resuelta. Ojalá él piense lo mismo, la verdad. 

 

Septiembre da miedo

Todos los guapos de Madrid han vuelto frescos en septiembre. Un pelotón de caras despejadas atascaba Serrano durante la tarde del primer lunes laborable del curso, en un zoológico luminoso, golpeado por el ronroneo del tráfico. Cada esquina sostenía una conversación, por las terrazas se elevaba el murmullo de las compañeras y algunos hombres paseaban despacio, otros esperaban parados. El sol apuntaba a las calles que parten la principal, llenando de sombra encendida el paseo cárdeno, diáfano y comercial por donde se desplegaba la primera función del Madrid de las oficinas. Las niñeras, con sus uniformes nuevos, rodeaban el tiovivo de El Corte Inglés y de vez en cuando aparecían enormes coches con los cristales tintados, los todoterrenos y furgonetas que colorean Ballers. Quizá embajadores, ministros o turistas ricos. La fauna con la que se llenan luego los relatos que triunfan en provincias. Desde un balcón la secuencia tendría que ser divertida, con las pequeñas personas trepando con sus pasos la avenida. El hormigueo tiene sentido en perspectiva, la sucesión paralela de rutinas. El ambiente es igual en diciembre, sólo que ahora de entrada, con una alegría viral, que se respira.

El nuevo ajetreo se huele también en los gimnasios. Es horrible participar del sudoroso septiembre de las buenas intenciones, de los deseos estabulados, húmedos y malolientes, del clima de la masa, tan bochornoso y apretado, de esta Diada diaria del fitness. Se siguen las gotas de sudor de los otros en una coreografía penosa, sin intimidad, deslumbrada y atronadora por la música de discoteca, corre la bebida isotónica y los vientres se disuelven en los vestuarios. Al menos nadie sostiene ninguna bandera.

Cada septiembre completa una vuelta más. La vida corre tan deprisa que alrededor ya han empezado a formar las parejas recién casadas un ejército de responsabilidades, avanzando por grados de cercanía, cerrando el círculo. El sábado se casaron Mer y Pablo y en la iglesia quedé paralizado por el miedo como cuando pienso en cosas que he dicho y no debería. A mí me congela la regresión a las impertinencias propias. Siento una vergüenza tan grande que me detiene. En un momento de la ceremonia, me vi dentro del burladero de piedra de La Carlota, sentí los botines chocar contra el hormigón, el frío del pavor y ese ardor que sube desde la barriga, con los brazos apretados, caídos, contra el duro filo, atenazado por la impotencía, verdaderísimo. Fue tan real que por un momento sentí todas las caras girarse. Se calló hasta el cura. “Te toca”. Ya no sabía bien qué. Si casarme o torear.

Familia ‘shore’

Madrid es la gran cantera. O al menos eso parecía a vista de pájaro. Gris, sucia, bochornosa. El avión cruzó una nube enorme y vibró el fuselaje, que tiene nombre de ataúd, ante la presencia agazapada de la naturaleza. Con un mínimo movimiento puede aplastar toda humanidad a su alcance, y ahí vamos, creyéndonos algo. La pareja de atrás no callaba y tenía pinta de creer en teorías conspiratorias, con esas formas de los que vuelan como si los filmaran. A sus espaldas, tanto en el embarque como dentro del avión, parecía formarse otra nube de maquilladores, productores y luces, pero en realidad no había nada. Sólo la ficción de ese tipo de vida acompañada de la palabra shore. El bebé con el que viajaban completaba el decorado: se llamaba Thiago. Componían una familia creada ad hoc, una falsa bandera de famosos. Una mezcla de idiotez, adultos y actitud millennial, el caos de gimnasios, gafas de sol, gorras y zapatilla de deporte, piernas depiladas y calzonas, pereza y resaquitas. Supongo que siempre ha existido esta tendencia, aunque en los 90 ese tipo de mujeres eran un reflejo de Maite Zaldívar, con leopardos y mechas, y sus maridos un cocktail de whisky y Gotas de Oro. Ahora son todas Matamoros. Ellos se dividen en la escala que va desde Neymar a Morata, sin salir a la superficie. Al llegar a la cueva de la capital, fueron los tres directos a coger un taxi, cargadísimos, medio enfadados y como si el niño fuese el obsequio de un patrocinador.

Madrugada en Madrid

Lo mejor de agosto en Madrid son las madrugadas solitarias por las avenidas gigantes. Ya no hay coches pasadas las cuatro de la mañana. El silencio del asfalto es una bruma de vida. Los camiones la apartan y las furgonetas con los periódicos vuelan en el reparto. Dentro, la mercancía más suave. La letra impresa es un retablo. Cada frase, los blancos, el color, pesan, tienen sentido más allá, parece que perduran capaces de ganar algo al tiempo. Sólo parece. Espera la basura antes de pasar el checkpoint del quiosco. Las carreteras no están pensadas para esta quietud, ni para estar vacías. Atravesar de lado a lado Príncipe de Vergara transporta a un escenario apocalíptico, las caras en el metro a esas horas lo confirman, ojos cerrados, semblantes serios, cejas caídas, las constantes vitales de la ciudad detenidas incluso en el hormigueo subterráneo de las personas. Fuera amanece en un tono gris azulado. Dos copas no son suficientes para observarlo literariamente, ver en él la vida disoluta de escritor atormentado y despojado de casi todo por la que Madrid existe. Acechan las franquicias. El cielo se aclara por sistema: verlo sin dormir no tiene nada especial. Por Lavapiés, frente a Candela, varias personas rodean un cajón flamenco, víctima del compás. Todos son guiris en estas circunstancias. “Payos go home”, debería poner en las paredes del barrio. No hay nada más ridículo que intentar pasar por flamenco. En el Toni2 apenas quedaba gente media hora antes de las seis. Cuatro asomados al piano, un grupo tirado en los sillones de detrás, así colocados como si tuviera que pasar algo inmediatamente entre ellos. Hablaban, se agachaban, reían. El pianista tocaba al aire. Nadie le hacía caso. Cerca de Gran Vía un joven sudamericano ofrecía “chicas con datáfono”: ganarse la vida como redactor de cargos en la tarjeta para camuflar la actividad debe ser divertidísimo. Pastelería José, Talleres Fergón, Frutería Hermano Plátano, Floristería Katie. Los títulos, todos una mierda, se me ocurrían bajando Velázquez. Faborit, ese sí que es bueno. Qué desagradable este vientecillo.

Vaya luna fea

Jamás he visto una luna llena tan fea como la que colgaba esta madrugada sobre Pío XII. Madrid es capaz de destrozar hasta eso. Oscilaba sobre la oscura Avenida de Burgos. La M30 vigilaba el encuentro en silencio, fumando, vestida con una gabardina, oculta tras media sombra. Rozaba el reloj las cuatro en punto. No había personalidad ninguna en la noche, fresca y veraniega, horriblemente práctica. Dos grupos de gente joven la rompían ligeramente. El primero sentado en un banco. Diseminados varios vasos, con el último sorbo en el fondo. El otro más adelante de pie en la acera. Reían, votaban algo. “¡Democracia!”, gritó uno de ellos. “¡Empate a cuatro!”, celebró una de sus amigas. Pisaban hierba fresca, separados los dos mundos por el punto de partida, la velocidad de mi paso y los auriculares. Miraron a ver quién se inmiscuía en su alegría sin dejar de reírse, girando la cabeza, despreocupándose en el mismo segundo. La cadencia de los semáforos, algunos taxis, un autobús en dirección contraria. Los automóviles se perdían detrás de la joroba que hace la calle al partir Comandante Franco. Otros asomaban desde abajo apuntando con los dos faros deslumbrantes, tomando forma progresivamente. Haciéndose coche desde las penumbras iluminadas por las farolas. Qué tentación la luz verde de un taxi. No pasa nunca este autobús.

La primera década

Hace diez años sostenía mi primer carnet de conducir. Recuerdo la frescura del césped de Vallellano cuando llamé a casa al salir del teórico, la luz del aula estrecha, los pupitres, los folios. La mezcla de olores del coche de la autoescuela, el humo del cigarrillo del profesor devuelto por el vientecillo que entraba desde la rendija del cristal, su colonia, el ambientador. Lo removía todo el aire acondicionado. Traqueteaba el motor de gasoi. La impaciencia, los ojos de todos los ocupantes sobre mí durante el inicio del examen práctico. El profesor Lara, la chica morena que vivía en la ribera del Guadalquivir, en una de esas casas de ladrillos amarillos sin urbanizar, guapa pero sin confianza, apenas resuelta, cobijada por su padre, protector, tan atento que salió a la puerta de la cochera para indicarle la maniobra en su primera clase práctica, aparcado el coche, en vilo por los aspavientos y la mirada perdida de su hija, a la que despidió como si navegáramos en el Titanic, la muchacha lloró al acabar el examen mientras esperábamos las calificaciones,  capaz de tener muchos pretendientes en su zona de confort, amigas, llamadas al fijo, recados, paseos, puertas de instituto y que fuera de todo eso era una mota de polvo, un insignificante átomo, una melena morena sin brillo y apagada en el exterior, y el examinador, un hombre mayor, enclenque, trajeado, resignado e irónico, que había estado tomando carajillos un rato antes de montar en la parte de atrás, apoyado en la barra a primera hora de la mañana, solo, delgadísimo, derrotado. Con la vista clavada sobre la palanca de cambios escuchaba los pensamientos de los tres, veía girar el boli a mi espalda, el filo del suspenso marcado en el lenguaje corporal del profesor mientras intentaba avanzar marcha atrás con el freno de mano puesto, la tranquilidad perpleja de ella. El vehículo rojo coronado por el letrero “Autoescuela Lara” estaba paralizado. Caí en la cuenta antes de que se desmoronara todo, como siempre, las ruedas se movieron y varios días después de aquel 24 de julio de 2007 abría la esperada carta.

El carnet, blanco, con una foto mía de perfil terrible, resplandecía. Pesaba. Tenerlo era subir un pequeño escalón. Había mucha luz. Era una mañana espléndida. La inercia en el inicio del verano de la vida. Lo volví a mirar de nuevo en la calle. Le di la vuelta. La fecha de caducidad resaltaba como un neón. “24/07/2017”.  “¿Dónde estaré dentro de 10 años?”, pensé. Era imposible responder, ni siquiera lo intenté, dejándome llevar por esa sensación de victoria continua porque todo estaba en su sitio, 2017 ni se intuía, quedaba un año de Bachillerato, sólo había entrenamientos, pitones muertos, capotes y muletas, paseos al parque, mañanas de sol.

El tiempo son montones de distancias cortas. Si me pusieran en frente de aquel muchacho que mira embobado su carnet de conducir, parado en mitad de la acera, ni hablaríamos, tan diferentes. Soy lo que nunca pensé que sería. Ya es diez años después. Un amigo ha cortado dos orejas en La Maestranza mientras cierro de madrugada un periódico digital. No trabajéis nunca.

 

Irse de Pamplona

El pañuelo sobra a doscientos kilómetros de Pamplona. La derrota es quitarlo sin poder desabrochar el nudo, en ese instante todo es pereza. Llevarlo en la mano es la coartada para las manchas, el mal olor, el paso arrastrado. En las estaciones de tren están acostumbrados a todo tipo de individuos pero no a que vaguen al mediodía. La gente mira y al segundo lo entiende. Por dentro me sentía listo para protagonizar alguna secuela española de Trainspotting, lo mío no será nunca la heroína porque las agujas me dan cosa, podría hacer un esfuerzo con el vermut, por fuera era un pobre diablo en camisa, con cientos de huellas sobre los cristales de las gafas redondas, un bigote maloliente y la cara gris de todos los personajes de Alvite, a punto siempre de morir porque están muertos. Sin batería en el móvil, con la resaca sostenida, aburrida, sin dolor, templada y espesísima, San Fermín es una hermosa fábrica de zombies. Con los rayos de sol en la plaza del Ayuntamiento, el sueño es el primer gol en contra.

La estación de Zaragoza es así como faraónica. Renfe propone este tipo de graciosos transbordos. Tiene luz de grandes dimensiones, un color beige, de pirámide diáfana, y está desierta. Para hacer efectivo el cambio de tren había que bajar una rampa metálica. Los pasos me sonaban como a Tomb Raider en el videojuego durante una misión en el Támesis. Siempre me perseguirá esa mujer en bikini y pistolas. Un señor revisó mi billete juzgando mis últimos 15 años de existencia. Pude ver en su cara nefasta a aquel profesor de tecnología, a la entrenadora de natación, al suspenso en francés, al 4 de música, los suficientes a boli, el enorme guantazo que me devolvió a la realidad. La jodida negra de la facultad de derecho también estaba, su mierda de definición del derecho procesal, aquella cara de yonki asquerosa cuando suspendí la séptima vez. En el control, el policía rezó para no tener que cachearme. La espera fue trágica: pegajoso, arrugado y borrado ya por algunas partes, apretaba el billete junto al pañuelo como un retrato donde señalarme en caso de desaparecer. A esas horas nos parecíamos muchísimo. Pasó un día entero en el bolsillo trasero del vaquero sin escapar, un éxito de gestión sin precedentes por mi parte con la colaboración crucial del artefacto que más me ha ayudado siempre: la suerte.

La cabeza se me caía sentado allí, en aquel lugar tan color crema. No hay postura digna para el sonámbulo. Quedaban dos asientos vacíos a cada lado y mucha gente en pie. Hipotequé el andén, se puede decir. Cuando se me cerraban los pesadísimos párpados escuchaba voces siseantes en mi cabeza que venían del interior porque cuando los abría todo seguía igual fuera, el reloj parado y mi postura inalcanzable, las piernas del resto en la misma posición, el silencio de espera. Así, tirado sobre el asiento frío, partido y duro, no veía sus caras. La oscuridad volvía al dormirme otra vez, el sonido terso, cubierto de terciopelo, todo ralentizado, lentísimo, no por el cansancio, había una cosa diferente, extraña, familiar, otra velocidad. Algo susurraba sin hablar. El tren llegó. Monté por la inercia, empujado por las obligaciones, la cantera, las piedras, el látigo, con un deseo íntimo de no volver nunca a ese trabajo de Madrid. Me hubiera dejado coger por un toro de Victoriano con tal de no subirme al último tren. Ocurre que soy un enorme cobarde: pasé por Estafeta a solo 40 minutos del cohete y no opuse resistencia al suave movimiento del vagón, dormido ya sin traumas, dejándome llevar por la tragedia de irse de Pamplona en julio.

El mendigo de General Oráa

Hay un mendigo en la calle General Oráa, justo antes de Núñez de Balboa. No se le puede llamar señor y en realidad tampoco mendigo. Todavía no. Un cartel con tres frases directas y bien escritas que no recuerdo hace equilibrio en el suelo frente a él. Se nota que aún lucha contra el destino infame que lo ha reducido tanto, sentado en el duro, liso e impersonal, una metáfora de lo que ya casi es, suelo de entrada al bloque de edificios que se eleva detrás. A las puertas de la vida del resto, en la salida de la suya.

La mueca de rabia, las mejillas coloradas, el ceño arrugado, la palidez de la tristeza y el pelo leve, moreno, con algún claro. No hay nada más a su alrededor. Está él, con el llanto contenido, siempre a punto de estallar, que es como se llora cuando se llora tanto. La ropa aún no es ese bloque compacto de mierda. Se diferencia una camiseta, ese pantalón creo que vaquero y el calzado, la higiene en retirada, la intimidad que caduca. Parece siempre que acaba de llegar. Las arenas movedizas de su nueva condición lo atraen, intentan hundirlo. Él lucha y empuja, cayendo algo más. Su mirada se clava en el transeúnte, en mí, joder, al pasar por delante. Verlo allí, abajo, sentado con las piernas dobladas, las rodillas a la altura de la barbilla. Esa milésima de segundo es un bochorno para los dos: en él hay una vergüenza sin márgenes, desbordada, ajena de sí mismo, como si se mirara desde fuera, como si viera a los que le conocen viéndolo allí, tirado, solitario, joven, abandonado; la mía es diferente, interior, descriptiva, una solidaridad idiota, este artículo inservible. No puedo hacer nada, qué voy a hacer.

Es todo familiar en él: podría ser un hermano, un primo, el mejor amigo. Las terrazas están llenas de gente igual, con su cara. Extraña tanto verlo así. No forma parte del mobiliario. Las papeleras, las farolas y los coches aparcados, las baldosas, los andamios, el ruido y la suciedad aún no lo han disuelto. Los días de calor me acuerdo de él. Cuando llueve también. Hay veces que no está. Otras sólo el cartel. Esta mañana tenía un vaso rojo con tres monedas. Suelo mirar las monedas que tienen los mendigos. A veces soy un poco miserable.