El núcleo de mi afición

by Juan Diego Madueño

No tendría cinco años y mis abuelos me montaron en el coche. Me arrojaron al asiento de atrás. Íbamos al pueblo de al lado. En Villa del Río había montada una portátil. Recuerdo el momento en el que se paró el motor, la explanada dispuesta en torno a la chapa roja y el color azulado de la tarde avanzada, un tono antes de ser morado, con el que se desprende el verano. Era principios de septiembre. Nos unimos a la multitud. Filas de personas se acercaban a la ensamblada plaza de toros desde lugares diferentes. El metal se alzaba delante. Todo parecía gigante. El ambiente era ligero, agradable y leve. Las fiestas de la localidad lo arrastraban todo. Andaba levantando un pantalón corto azul. No se podría decir que pisara. En realidad flotaba en la isla de la infancia. Asistía al mundo desde la mano con la que me sostenía y equilibraba mi abuela, alucinado. Un murmullo de pura alegría. El costumbrismo desenfadado de los pueblos. Las caras toscas, diseñadas del mismo modo inocente y bruto, se despejaban en sonrisas. La única referencia que tenía sobre el espectáculo al que iba a asistir era una frase que oscilaba delante de mí desde días antes. Todavía lo hace, suspendida en esa emoción que tragué como si me hubieran hundido en un lago dulce y sin oleaje. “Torea El Soro”, era el ritornello.

Juan y Ramona, los padres de mi padre, me acomodaron en nuestra localidad. Delante, detrás y a los lados se alineaban cientos de personas. La lidia fue para mí un transcurso de chillidos y explosiones de voz, movimientos oscuros y borrosos en medio de una claridad amarilla de luz artificial. Sentado allí, distraído, sin saber a lo que asistía, mis abuelos me habían abandonado a los toros sin intención de recogerme. Se habían desecho de mí con el coche y me perdieron en la plaza, entre ellos, disuelto por la algarabía. Volvería otro nieto a casa. Pero antes debía ir al baño. Lo anuncié y me dejaron bajar solo. Dentro de la grada hueca me aposté. Me bajé la cremallera. Disfruté de aquel momento repentino de soledad adulta, encarcelado como estaba, debajo de tantas personas sentadas sobre los tablones, una mota entre polvo y ruidos, reducido el mundo al chorro con el que aplasté la arena. Terminé y se escuchó algo. Del jaleo se precipitó un golpe grave en el metal, brusco. A la derecha, no lo había visto, un tablón encerraba paralelo a otro el frágil pasillo de toriles. Me giré. Antes de salir al ruedo, al resplandor amarillo, aquello que se escurría con violencia en el interior pegó un brinco: un pitón asomó por encima del filo alcanzando el mismo espacio en el que yo estaba. Cortó el aire con un flash blanco. Ese instante lleva congelado más de dos décadas en una herencia inagotable. Casi se puede decir que me quede allí, como esas sombras de Hiroshima sobre el asfalto. El epicentro de mi afición. Vivo encerrado en una plaza portátil con una media luna clara y afilada al lado. Es confortable, la verdad. Quizá explique el miedo irrenunciable.

(Artículo publicado en la revista del Club Taurino Trujillano con el título El miedo irrenunciable)

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