Periódicos como prostíbulos

by Juan Diego Madueño

Me gustaría escribir sobre mi viaje a París de enero para rematar la serie viajera, pero no me sale nada que no sea decir “estuve en París”. Y ya está. Tengo anotado por ahí, en alguna aplicación del móvil, lo siguiente: “Ciudad con empaque”; “más que Viena”; “buenísima esta tortita”; “la gente pasea”. Literal. Y una foto del Sena subida a Instagram con un título tan intenso que da un poco de apuro sacarlo de ahí. Ojalá reunirlo todo, batirlo y crear una pieza límpida, brillante, cristalina. Sin embargo la literatura, la poca que albergaba, parece que me va abandonando desde que ocupo un nuevo puesto dentro de un periódico. La sección de últimas noticias la podría desarrollar perfectamente un robot y allí estamos unos cuantos, escudriñando teletipos, poniéndolos bonitos, otorgándole su función -enfoque- para que reciban a los visitantes y los atraigan desde el escaparate de la portada. Perdón, ya no existen portadas. Quería decir la home. Los periódicos son pequeños prostíbulos. Un poco como Westworld, los textos son los hosts, esos seres humanos donde las personas se descargan sin compasión. (Ahora encajaría aquí perfectamente alguna frase pronunciada por el personaje representado por Anthony Hopkins, ocurre que la he visto en inglés y en fin). Nuestro Sweetwater es el enlace y a partir de ahí que cada uno decida. Las noticias, tan bien vestidas, con sus ladillos, negritas y cursivas, las fotos, los pies y los enlaces, sin firmar, son como esos autómatas tan diferentes entre sí pero iguales que esperan en el saloon, diseñados para gustar, con una función muy clara, corta y concreta, acotadísima la personalidad, editorializados. Algún día se volverán en nuestra contra y los pinchazos rebotarán como balas perdidas.

Westworld tiene algo del mundo de Paterson. Son dos versiones totalmente diferentes de la rutina (loop). Las balas sustituyen a los poemas. La poesía es una forma cuidadísima de rutina. Describir es sacar de la nada a algo, meterlo en una serie, inventariarlo en palabras. Fabricar fordianamente noticias también es otra rutina, mucho menos valorada, claro. Los push, la notificación que avisa de la última hora en las aplicaciones creadas por los diarios, son el nuevo ¡extra, extra! Quiero imaginarme esos días donde la impresión pesaba desde la propia palabra. Ya no se venden periódicos a voces como tampoco existen juncales. Juncal, por cierto, tenía otra rutina cumbre, la única en la que me reconozco: coger el regalo diario de 1.000 pesetas y un paquete de Coronas. El resto: aventura. Para qué trabajar si tenemos literatura. “Si no te la merese, si no te la merese”, se lamentaba Paco Rabal pensando en Doña Teresa, su apoderada y novia, y el revuelo de faldas de la Igna cuando metía la mano en aquel cofre enano de la entradita. “Santa, santa”. Con la libertad y el Cossío, ese era su tesoro diario.

En París todo muy bien. Los franceses tienen ese punto de conmovidos que los hace especiales. Fuimos unos cuantos a visitar a un amigo economista que investiga cosas y da clases en la universidad. Me hace ilusión contarlo porque es un triunfo del idealismo. Él fue capaz de liberarse del cepo de la rutina. Vive en el Colegio de España, un lugar que acoge sólo a artistas, profesionales liberales, estudiantes e investigadores. Hay rutinas que no lo son. Cierta élite española se pasea por Francia sin que sepamos nada. En Madrid nos conformamos con el aperitivo en Richelieu. Allí, la llama del soldado desconocido seguirá ardiendo, el sol poniéndose frente al Sacre Coeur, el Taj Mahal del cristianismo, tan blanco y resplandeciente. Por las laderas de Montmartre continuará la gente ascendiendo. La ensoñación egipcia, todo eso, qué ciudad.

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