El balón, qué invento

by Juan Diego Madueño

Las cinco o seis veces que he ido al Bernabéu me he propuesto escribir algo después. No lo he conseguido. La atmósfera, la gente, aquel jugador, la portería, el movimiento de la red, el trueno que le sigue como si el gol fuera un rayo o ese silencio incómodo. Me fijo en cosas. Me gusta el sonido del larguero, las carreras del árbitro y las conversaciones de los jugadores cuando la guerrilla se traslada a otra zona del campo, en ese período entreguerras que es cada jugada. Los partidos en vivo son divertidísimos porque pasan muchas cosas sin la tutela de la televisión. Ir al estadio -creo que ya lo he escrito, esa es la suerte de no tener lectores, el reciclaje- es sentirte parte de un gran espectáculo que llega empaquetado a las provincias. Puedo verme señalado por mi yo de hace 10 años desde aquel bar en la esquina del kebab en Avenida de la Victoria. Ver al Madrid siempre ha sido bar.

Luego está el balón. El primero al que se le ocurrió llenar de aire a la pelota primitiva jamás pensó lo que ese gesto iba a provocar. Sólo un genio pudo ver algo transcendente en echarla a rodar porque es mucho menos aparente que inventar la rueda o el primer natural, dos instituciones que marcan y construyen la civilización. Ese gesto sutil ahí sigue, igual de indiscutible. Es curioso cómo lo redondo, la curva, ha marcado profundamente a la humanidad. Alrededor de la pelota se ha creado un imperio gigantesco, ¡un invento!, la gran start-up de la Historia, y allí estábamos este martes decenas de miles de personas en un lugar con el cesped muy bien cuidado observando a dos equipos tratando de superarse para avanzar en un torneo.

No puedo enlazar ni dos frases de algo concreto que sucediera en el partido. Nada tiene que ver el licor café, Jaime. Las estrategias, los cambios y las alineaciones son la prosa horrible que esconde el fútbol. Es dificilísimo. Los partidarios de los que vestían de blanco respiramos aliviados con el segundo gol de Cristiano, mucho más cuando transcendió que ocurrió en fuera de juego. El doble suspiro, de la vida y la ley. Me hubiera gustado apuntar cosas sobre los lances del encuentro, pero nada. Isco corría sin correr, dando una vuelta de tuerca al modo Rajoy, andando deprisa limpio de aspavientos, con fluidez de cinta transportadora. Temple. Qué maravilla tener el centro de gravedad tan bajo, que tu vida la gobierne tu trasero. Los de rojo marcaron dos veces y jugaron con uno menos. A Zidane, un hombre envuelto en talento e inercia, el fútbol le regaló otras cuatro rete de la cosecha que sembró mientras estaba en activo. A nosotros una fantástica previa en la terraza de Richelieu, tanto, que el partido fue en realidad un after bien organizado.

 

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