Irse de Pamplona

by Juan Diego Madueño

El pañuelo sobra a doscientos kilómetros de Pamplona. La derrota es quitarlo sin poder desabrochar el nudo, en ese instante todo es pereza. Llevarlo en la mano es la coartada para las manchas, el mal olor, el paso arrastrado. En las estaciones de tren están acostumbrados a todo tipo de individuos pero no a que vaguen al mediodía. La gente mira y al segundo lo entiende. Por dentro me sentía listo para protagonizar alguna secuela española de Trainspotting, lo mío no será nunca la heroína porque las agujas me dan cosa, podría hacer un esfuerzo con el vermut, por fuera era un pobre diablo en camisa, con cientos de huellas sobre los cristales de las gafas redondas, un bigote maloliente y la cara gris de todos los personajes de Alvite, a punto siempre de morir porque están muertos. Sin batería en el móvil, con la resaca sostenida, aburrida, sin dolor, templada y espesísima, San Fermín es una hermosa fábrica de zombies. Con los rayos de sol en la plaza del Ayuntamiento, el sueño es el primer gol en contra.

La estación de Zaragoza es así como faraónica. Renfe propone este tipo de graciosos transbordos. Tiene luz de grandes dimensiones, un color beige, de pirámide diáfana, y está desierta. Para hacer efectivo el cambio de tren había que bajar una rampa metálica. Los pasos me sonaban como a Tomb Raider en el videojuego durante una misión en el Támesis. Siempre me perseguirá esa mujer en bikini y pistolas. Un señor revisó mi billete juzgando mis últimos 15 años de existencia. Pude ver en su cara nefasta a aquel profesor de tecnología, a la entrenadora de natación, al suspenso en francés, al 4 de música, los suficientes a boli, el enorme guantazo que me devolvió a la realidad. La jodida negra de la facultad de derecho también estaba, su mierda de definición del derecho procesal, aquella cara de yonki asquerosa cuando suspendí la séptima vez. En el control, el policía rezó para no tener que cachearme. La espera fue trágica: pegajoso, arrugado y borrado ya por algunas partes, apretaba el billete junto al pañuelo como un retrato donde señalarme en caso de desaparecer. A esas horas nos parecíamos muchísimo. Pasó un día entero en el bolsillo trasero del vaquero sin escapar, un éxito de gestión sin precedentes por mi parte con la colaboración crucial del artefacto que más me ha ayudado siempre: la suerte.

La cabeza se me caía sentado allí, en aquel lugar tan color crema. No hay postura digna para el sonámbulo. Quedaban dos asientos vacíos a cada lado y mucha gente en pie. Hipotequé el andén, se puede decir. Cuando se me cerraban los pesadísimos párpados escuchaba voces siseantes en mi cabeza que venían del interior porque cuando los abría todo seguía igual fuera, el reloj parado y mi postura inalcanzable, las piernas del resto en la misma posición, el silencio de espera. Así, tirado sobre el asiento frío, partido y duro, no veía sus caras. La oscuridad volvía al dormirme otra vez, el sonido terso, cubierto de terciopelo, todo ralentizado, lentísimo, no por el cansancio, había una cosa diferente, extraña, familiar, otra velocidad. Algo susurraba sin hablar. El tren llegó. Monté por la inercia, empujado por las obligaciones, la cantera, las piedras, el látigo, con un deseo íntimo de no volver nunca a ese trabajo de Madrid. Me hubiera dejado coger por un toro de Victoriano con tal de no subirme al último tren. Ocurre que soy un enorme cobarde: pasé por Estafeta a solo 40 minutos del cohete y no opuse resistencia al suave movimiento del vagón, dormido ya sin traumas, dejándome llevar por la tragedia de irse de Pamplona en julio.

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