Madrugada en Madrid

by Juan Diego Madueño

Lo mejor de agosto en Madrid son las madrugadas solitarias por las avenidas gigantes. Ya no hay coches pasadas las cuatro de la mañana. El silencio del asfalto es una bruma de vida. Los camiones la apartan y las furgonetas con los periódicos vuelan en el reparto. Dentro, la mercancía más suave. La letra impresa es un retablo. Cada frase, los blancos, el color, pesan, tienen sentido más allá, parece que perduran capaces de ganar algo al tiempo. Sólo parece. Espera la basura antes de pasar el checkpoint del quiosco. Las carreteras no están pensadas para esta quietud, ni para estar vacías. Atravesar de lado a lado Príncipe de Vergara transporta a un escenario apocalíptico, las caras en el metro a esas horas lo confirman, ojos cerrados, semblantes serios, cejas caídas, las constantes vitales de la ciudad detenidas incluso en el hormigueo subterráneo de las personas. Fuera amanece en un tono gris azulado. Dos copas no son suficientes para observarlo literariamente, ver en él la vida disoluta de escritor atormentado y despojado de casi todo por la que Madrid existe. Acechan las franquicias. El cielo se aclara por sistema: verlo sin dormir no tiene nada especial. Por Lavapiés, frente a Candela, varias personas rodean un cajón flamenco, víctima del compás. Todos son guiris en estas circunstancias. “Payos go home”, debería poner en las paredes del barrio. No hay nada más ridículo que intentar pasar por flamenco. En el Toni2 apenas quedaba gente media hora antes de las seis. Cuatro asomados al piano, un grupo tirado en los sillones de detrás, así colocados como si tuviera que pasar algo inmediatamente entre ellos. Hablaban, se agachaban, reían. El pianista tocaba al aire. Nadie le hacía caso. Cerca de Gran Vía un joven sudamericano ofrecía “chicas con datáfono”: ganarse la vida como redactor de cargos en la tarjeta para camuflar la actividad debe ser divertidísimo. Pastelería José, Talleres Fergón, Frutería Hermano Plátano, Floristería Katie. Los títulos, todos una mierda, se me ocurrían bajando Velázquez. Faborit, ese sí que es bueno. Qué desagradable este vientecillo.

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