Septiembre da miedo

by Juan Diego Madueño

Todos los guapos de Madrid han vuelto frescos en septiembre. Un pelotón de caras despejadas atascaba Serrano durante la tarde del primer lunes laborable del curso, en un zoológico luminoso, golpeado por el ronroneo del tráfico. Cada esquina sostenía una conversación, por las terrazas se elevaba el murmullo de las compañeras y algunos hombres paseaban despacio, otros esperaban parados. El sol apuntaba a las calles que parten la principal, llenando de sombra encendida el paseo cárdeno, diáfano y comercial por donde se desplegaba la primera función del Madrid de las oficinas. Las niñeras, con sus uniformes nuevos, rodeaban el tiovivo de El Corte Inglés y de vez en cuando aparecían enormes coches con los cristales tintados, los todoterrenos y furgonetas que colorean Ballers. Quizá embajadores, ministros o turistas ricos. La fauna con la que se llenan luego los relatos que triunfan en provincias. Desde un balcón la secuencia tendría que ser divertida, con las pequeñas personas trepando con sus pasos la avenida. El hormigueo tiene sentido en perspectiva, la sucesión paralela de rutinas. El ambiente es igual en diciembre, sólo que ahora de entrada, con una alegría viral, que se respira.

El nuevo ajetreo se huele también en los gimnasios. Es horrible participar del sudoroso septiembre de las buenas intenciones, de los deseos estabulados, húmedos y malolientes, del clima de la masa, tan bochornoso y apretado, de esta Diada diaria del fitness. Se siguen las gotas de sudor de los otros en una coreografía penosa, sin intimidad, deslumbrada y atronadora por la música de discoteca, corre la bebida isotónica y los vientres se disuelven en los vestuarios. Al menos nadie sostiene ninguna bandera.

Cada septiembre completa una vuelta más. La vida corre tan deprisa que alrededor ya han empezado a formar las parejas recién casadas un ejército de responsabilidades, avanzando por grados de cercanía, cerrando el círculo. El sábado se casaron Mer y Pablo y en la iglesia quedé paralizado por el miedo como cuando pienso en cosas que he dicho y no debería. A mí me congela la regresión a las impertinencias propias. Siento una vergüenza tan grande que me detiene. En un momento de la ceremonia, me vi dentro del burladero de piedra de La Carlota, sentí los botines chocar contra el hormigón, el frío del pavor y ese ardor que sube desde la barriga, con los brazos apretados, caídos, contra el duro filo, atenazado por la impotencía, verdaderísimo. Fue tan real que por un momento sentí todas las caras girarse. Se calló hasta el cura. “Te toca”. Ya no sabía bien qué. Si casarme o torear.

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