Confluencias en el Bernabéu

by Juan Diego Madueño

El miércoles hubo en el Bernabéu un bullicio inesperado. Es verdad que no he ido tantas veces al estadio como para tener una voz autorizada en esto, pero se dio una confluencia. La vi hasta yo, quiero decir. En un fondo, la grada blanca, impoluta, de comunión, alegre, primaveral, juvenil y por lo tanto sospechosa. Arriba, en uno de los laterales, un grupúsculo oscuro, agitado en la primera parte, silente después. Mucho más arriba, a la derecha del palco de prensa, gente vestida de rojo, sin abrigar, apaches en la frontera. Cada uno cantaba lo suyo. El murmullo de los nuevos cánticos madridistas alternaba con los clásicos. Hasta mi posición llegaban lejanos. Benditos los que estaban en medio, congelados por la brisa siberiana comprada por Florentino y machacados por la animación. El gran fiasco del fútbol es ese: como en Cádiz, que también hay gente que canta disfrazada.

La reunión Ultra Sur de antiguos alumnos repasó sus grandes éxitos, Real Madrid alé o Todo el estadio, apenas coreados por el resto. Fue especialmente triste con Todo el estadio, callándose con habilidad entre frases con el timing ajustado sin que nadie les siguiese. El grupo, tan reducido y lejano, era como una de esas bandas tributo a las que nadie va a ver. Viejos rockeros que se homenajean a sí mismos en una gira lamentable por pueblos -la Copa-. Cambiaron las mariposas por los globos en una peleílla de parque temático por sus buenos tiempos de nazis haciendo cosas nazis. Aquello era la reducción de la época de Raúl, las remontadas inconclusas -contra el Zaragoza, por ejemplo, que escuché con el walkman en la cama tapado hasta las orejas- los gemelos de Roberto Carlos, el parche del FIFA para oír los comentarios de la Cope y esas voces de gente subida a las vallas con megáfonos. Cierto periodismo ha estado siempre cerca de ciertas personas.

A los jovencitos confusos que cogieron el relevo se les nota un poco teatreros. Cantan, llegan a bailar y se les ve divertirse, incluso cuando Guillermo cabeceó dentro la que tuvo Benzema en el Clásico con un bello movimiento. Qué foto para su salón. Falta ambición en la hinchada. Desde lejos se les nota gente estudiada, bachilleratos por la inercia, carreras como Derecho y Ade en las que lo más radical es pillar los apuntes a la guapa, al menos es lo que intenté siempre. Gente con Twitter, informadita, que juega a la plei, habrá incluso algún niño rata. Para animar en condiciones hay que haberlo pasado mal de verdad para que la única salvación sea gritar en el estadio. Salir directo a casa frotándose las manos heladas mientras se avisa a mamá rebaja la épica. Además, esto de tener muchachos cantando obligatoriamente en un estadio es una perversión del juego heredada de los equipos que, por falta de copas, eligieron las rimas. Han llevado a los grandes a su terreno y ahí no hay color. Si en el Bernabéu no se canta no pasa nada. En la Maestranza hay un silencio bíblico y a nadie se le ha ocurrido soltar por allí a gente con pañuelos verdes y silbatos. La obligación de cantar tampoco le corresponde ya al Atlético, hablando de nuevos ricos, que se ha mudado para callarse.

La confluencia de esos dos mundos quedaba desactivada a veces por los del Numancia, que tenían todo el derecho a expresarse al estar en la capital. La grada-jaula se convirtió en un momento en una cueva con luciérnagas cuando todos activaron la linterna de sus móviles para acompañar una reivindicación provincial. De pronto el Bernabéu se iluminó poco a poco y todos los sorianos florecieron de sus smartphones. Como a los del Borussia, no se les entendía. Un periodista al que admiro fue a buscar la razón última de las exigencias: “la culpa de todo esto también la tiene Puigdemont”.

Entonaron el ya habitual Sí se puede al que falta la coma pero que sirve para todo y es un hit en la capital desde mayo de 2011. Sí se puede es el nuevo No nos moverán. Optimismo por trinchera. La trinchera del optimismo, o sea. En una contra el Soria empató el partido. Sobre el césped pasaban cosas extrañas, un caño a Llorente, un encontronazo de Kovacic, el agarrón a Isco de Dani Calvo cuando terminaba el encuentro aplaudidísimo por algunos, incluidos los madridistas que odian la conducción. A este Madrid perezoso no se le ve el final, y yo lo entiendo. La pereza es mi especialidad. El frío valió la pena: vi resbalarse a Achraf en una de esas acciones comentadas en Madrid con cinismo años después de que ocurran.