Puigdemont y yo

by Juan Diego Madueño

Cuando pienso que debería volver a publicar algo en el blog, la necesidad de escribir es casi física. No es una cuestión de talento, vocación o algún concepto abstracto que me posicione en un lugar concreto, se trata de otra cosa, no sé. Cada vez es más fácil entender que quizá no valgo para enlazar cinco o seis párrafos con coherencia y la mayoría de ideas que me abordan en los 45 minutos de cinta de los martes se esfuman en cuanto salgo a la claridad de la luz natural, al resplandor de los nublados, a la suavidad de los días claros.

Siempre me apetece escribir sobre la actualidad. Acudo a ella cada vez más a menudo, con la avidez enfermiza que veo en los otros. Esa necesidad de consumir la última hora, el titular que tiene que funcionar –la palabra funcionar da dolor de cabeza–. Luego se me pasa. He tenido un conato, sin embargo, de articular una opinión con la pose y los matices sobre lo de Cataluña. Debería desglosar aquí las razones que convierten a Puigdemont en El impostor de Cercas, el Enric Marco de la política, un hombre que pasará a la historia por haber inmolado su biografía con la peculiaridad de arrastrar a esa destrucción a miles de personas. Marco, el jubilado que se construyó un pasado alemán de sufrido deportado nazi, convenció a casi todo el país de su artificio, pero no tenía más responsabilidades, sólo las éticas; Puigdemont, además de convertirse en el reverso del político levantando, organizando y gestionando una ficción, ha estrellado a la mitad de su vecinos contra ella. Las horribles caretas no podían tener más significado: ese puigdemont de papel es el virus que enfanga Cataluña. El procés, además, es aburridísimo. Es imposible soportar la carga de democracia, días históricos, la necesidad de implicarse, la transcendencia y el boato, las reivindicaciones, las concentraciones de gente, los discursos del parlament, las urnas, las papeletas, la urgencia de estar implicado. Es la peor época para ser catalán y perezoso. Supongo que hay un puñado de catalanes atascados en esta sucesión de rebaños y manifiestos, que no tienen ideas, quizá ni siquiera una opinión formada sobre lo que ocurre alrededor, en medio de la muchedumbre y las banderas, los gritos y los hombres y mujeres y familias dispuestos a todo por la utopía definitiva, observando esa transformación con un gesto de desgana. La tercera Cataluña es la de la pereza y yo estoy con ellos.

El último día que salí en Madrid supe lo que era triunfar en la vida. Hace cuatro miércoles, a las dos de la tarde, cruzaba Gran Vía montado en una moto eléctrica, entorpeciendo el tráfico con la velocidad de bicicleta rápida que alcanzan esos cacharros silenciosos, mirando casi con placer a los taxistas. La sucesión de comidas, copas, cocktails, merienda, cenas, vinos, cervezas, recenas y copas fue demasiado pero me acercó al nirvana de escritor atormentado. A la una de la madrugada era incapaz de articular palabra, inutilizada la tarjeta por falta de fondos desde el primer ajuste de cuentas. Desplegado el Madrid de Fitur, la ciudad abría esa trastienda fabulosa de las madrugadas laborables. Allí zozobré, primero acurrucado en el baño de Zoko –ese tipo de restaurante de moda en el que parece que los camareros han sido seleccionados para un reality– después en la parte de atrás de un taxi, pidiendo clemencia en las curvas, jurando no volver a beber en cada acelerón en los semáforos, esa sucesión de pequeñas tragedias al cambiar a verde, y al final, por la mañana, cuando descubrí vacía la cuenta corriente, pobre para el resto de mes, los zapatos punteados de vómito, el recuerdo de las impertinencias nocturnas. No veo otro modo de ir por la vida. Como Marco. O Puigdemont.

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