Muerte en Moscú

by Juan Diego Madueño

El sábado, embarcando en Moscú para volver a España, tuve el presentimiento de que el avión se iba a estrellar. Suele pasarme. Mientras introduzco la maleta en el compartimento, me siento y observo a la gente avanzar ansiosa por el pasillo, pienso que nadie va a salir vivo de allí. Quizá sean las últimas personas a las que vea, me digo repasando sus caras, la forma que tienen de tratar a su acompañante. El sábado ocurrió con más fuerza que nunca cuando entraron a la cabina un grupo de escolares moscovitas sonrientes y aliviados, cargando con sus mochilas, oliendo a primaria, creando el escenario perfecto para una gran tragedia. Era imposible salvarse en aquellas circunstancias. Estábamos condenados. El avión iría directamente al suelo con todos nosotros dentro, arruinando la primavera de vidas de un golpe. Me acomodé aceptando el momento fatal. A mi lado se sentó una profesora novata nerviosísima.

Mis accidentes siempre los provoca un fallo del motor. La ventana más cercana daba justo a una de las alas y ya podía ver la estela negra manchando el azul despejado del cielo mientras el morro apuntaba poco a poco a tierra firme. En realidad la única duda que tenía era si se produciría en el momento del despegue, siempre me ha obsesionado los que iban en el avión de Spanair, o durante la navegación tranquila de piloto automático rompiendo la placidez de las lecturas y los sueños. En el mundo real, los niños elevaban la excitación con una espuma de sonidos agudos, risas nerviosas y delante, tres niñas comentaban lo que les rodeaba incorporadas en sus butacas. La profesora se levantó también, pidiéndoles que se sentaran cuando pasaba la azafata en la última revisión.

Todo estaba dispuesto. El avión jamás llegaría a Madrid. Las luces de una ambulancia se veían entre la bruma humeante provocada por los pequeños incendios del fuselaje. Un operario esquivaba las maletas abiertas, la marejada de carne y metal extendida por la superficie sin vegetación del accidente, punteada de objetos personales. Mis aviones caen en campos cultivados en los que se aprecia perfectamente el espolvoreado del desenlace. Pensé en los titulares, la primera cifra de víctimas, estar dentro del montón de personas que ya no lo son, los telediarios y los periódicos, algún vídeo en las redes sociales. La muerte es un sueño profundísimo. Oscuro. Tan simple como cerrar los ojos. A nuestra izquierda, el asfalto se difuminaba por la velocidad. Un temblor sostenido calló a los escolares, ahora expectantes. El rumor de la máquina era notablemente intenso.

Las familias encajaban a esas alturas las pistas que deja la fatalidad. El número de vuelo, la hora de despegue, el último mensaje recibido avisando que sí, efectivamente, llegamos a montar en el avión. En el diseño de esta tragedia decidí que no sobreviviese nadie. A veces salvo a alguno, incluso a mí mismo. No esta vez. A los niños un movimiento brusco los puso en guardia. Esos gritos los amplifiqué igual que hago con la inercia del vaivén hacia abajo que se produce alguna vez en el aparato. Me recuerda a las montañas rusas. A los montículos de la carretera que superan los coches con un breve cosquilleo en sus ocupantes. Nos hundíamos en el cielo todos juntos. Apenas quedaba ya distancia con el suelo, en caída libre, borroso, estrecho.

A lo lejos divisé las cuatro torres de Madrid. Entendí que había una última posibilidad de que el piloto se dirigiera directamente hacia allí devorando los kilómetros que separan al aeropuerto de la ciudad, sobrevolando raso las calles. En apenas unos segundos tendríamos a las oficinas en frente. Las mesas de los despachos movidas, los bolígrafos caídos, folios en el aire, la gente corriendo despavorida buscando un refugio dentro de la media docena de plantas que iba a destruir el choque. Sin embargo, el único chillido fue el de las ruedas al rozar el suelo. Hubo un suave tirón, un roce. La ovación del resto confirmó que habíamos llegado, además de a salvo, horteras.

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