Feliz en Forbes

by Juan Diego Madueño

Durante cinco minutos el jueves fui el hombre más feliz de Europa. Lo sé porque me llegó una notificación al móvil con la lista Forbes de los hombres más felices del continente, recién actualizada. Venía en un escueto mensaje que contenía el top five ordenado por los apellidos. Icluía las iniciales de la ciudad donde se había producido la felicidad y la hora exacta del espontáneo suceso. Mis datos coronaban la clasificación. Si entras en ella, alguien de la organización busca tu móvil para enviar rápidamente la alerta justo cuando se confirma el pelotón de felices de esa franja. La mía iba de 19.20 a y 25. Por lo que sé, le pasa igual a Amancio Ortega, con la otra lista, y hay veces que cuando suena el pitido del sms ya ni siquiera mira, le va dando igual subir o bajar dos o tres posiciones semanalmente. Yo sí que lo miré con ansia: sólo recibo mensajes de texto del banco y de un director de cine. En segundo lugar se podía leer RAJOY MARIANO STP 19.22 y el último, el niño ese repelente que pilota drones.

Fue, de verdad, una sorpresa. Miré a mi alrededor por si alguien más lo recibía. Sólo había un cronista revisando Twitter, y el público, que ya llenaba la plaza, era indiferente. El palco de prensa de los periodistas estaba concebido como una terraza de verano sobre el ruedo liso y las rayas de cal sin quebrar; la perfección es bella justo ahí. Al aparecer los toreros rompiendo la calma de las cosas, sentí el poniente en la cara, una gaviota planeaba tratando de mantenerse recta y a lo lejos se escuchaba la música mezclada de las atracciones y las casetas, el golpe sordo que tengo enganchado a los mejores años en Córdoba, cuando compartí asiento en La Supercazuela con Las Chuches o Popilla, y estuve a punto de desfallecer del gusto. Avisé a Beatriz para que estuviera atenta por si me quedaba inconsciente. En ese momento vibró el móvil, lo consulté con discreción. Al día siguiente imprimí el mensaje en una copistería cerca de Marruecos.

El recepcionista del Hotel Marina era la metáfora del hotel, que a su vez lo es de la ciudad. El alojamiento es uno de los más antiguos de Algeciras, según me dijo el presentador de la televisión local, que por supuesto conocía a los dueños; se le notaba la nobleza caducada en los muebles de madera falsa y los asientos de cuero malo. Los dibujos del suelo, la profundidad de la sala, el teléfono gigante del mostrador. El joven que lo atendía compartía rasgos con los habitantes de los soportales, el dueño de la agencia de cruceros, los clientes del kebab sin alcohol, también tenía el carácter local, sonreía a menudo y se mostraba atento y eficaz, fatigado, mezclándose lo que vi de Algeciras en su persona.

Volviendo de madrugada de un bar del puerto me mareé columpiándome en un parque infantil. Andurrear solo tiene esas ventajas: las regresiones. No me pasó nada de lo que se cuenta en Vidas de hotel. Vivir en ese hostal un par de años hubiera completado la indiferencia con la que afronto muchas cosas que no hace tanto eran importantes. No es el momento de decir por qué me alegré un poco de la eliminación de España en la tanda de penaltis. Cuando pasen las décadas ojalá alguien escriba de mí algo gigantesco como “quise que perdiera España en un Mundial por brindar con él en Pamplona, en San Fermín”. Eso es rozar la eternidad.