Mi pequeño cani

by Juan Diego Madueño

En estos cinco años que llevo en Madrid he madurado un poco. Supongo que esa frase es mi prueba más contundente: jamás habría reconocido algo así antes. De hecho, al escribir esto me siento un poco mal, como si desvelara que lo que ha sucedido hasta este mismo instante sólo ha sido un ensayo que ha provocado destrozos y pequeñas tragedias. Noto la fuga de inocencia y voy quedando al aire libre, humeante, como si me hubieran apagado la cerilla.

Esta sensación la compagino muy bien con mi forma de montar en moto. Jamás las había conducido hasta hace unos meses, cuando me descargué una de las aplicaciones que alquilan por minutos su uso. He descubierto que llevo un cani en mi interior, un pequeño José Carlos que guía todas mis acciones desde que pulso el botón Iniciar hasta que vuelvo a aparcarla. Intento sentarme lo más atrás posible para alcanzar el manillar con los brazos así alargados, hago slalom por las líneas discontinuas, derrapo al frenar en los semáforos, saco un poco la rodilla en las curvas y miro a los taxistas fijamente. Es como volver a tener los 16 años que nunca tuve en un momento complicado: hace un mes cumplí 29.

Frenar fuerte para que chirríe la rueda de atrás es una liberación, además sin olor a gasolina, sin comprar los botes de aceite –ya quisiera– y sin el ruido del motor, aunque acelero esperando a que la luz se ponga en verde, confiando que algún día una actualización incorpore pequeños altavoces para simular un tubo de escape trucado. Llevo mal las miradas de los otros motoristas, que no me dejan entrar en su club de motocicletas-que-pueden-salir-a-la-M30. Sé perfectamente que mi José Carlos no tiene mucha autenticidad, su estilo es nórdico con consciencia ecológica, un poco socialdemócrata, que apuesta por las energías renovables. Un cani previsible, casi elegante, tímido, diríamos. Llegué un poco tarde y el jovencito temible de Algeciras estaba ya cogido.

En mi segundo instituto fui amigo de un chaval con un problema. Le obsesionaba tanto el hecho de tener una moto que inventó que la tenía y la poca biografía que acumulaba estaba construida sobre esa ficción. Había situaciones verdaderamente descarrachantes. Convirtió su no moto en un grial, una leyenda urbana siempre estropeada, cambiándole el color a las carcasas o poniéndole pegatinas nuevas en el taller. Al pobre se le veía andando a solas de una punta a otra de la ciudad –era un caminador experto– y cuando llegaba a clase por la mañana hacía un gesto con las llaves para dejar claro que eso sí lo controlaba. Volvía a casa siempre a pie, derrotado por las preguntas maliciosas del resto.

La madurez no da para tanto: el domingo pasado me hice un corte en un dedo al que no he sido capaz de mirar directamente. Tuve que sentarme porque me mareé. Me mira él, acechándome en cada movimiento, enseñándome el muñoncito tan mono que se me ha quedado.

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