Dadme de fumar

by Juan Diego Madueño

Las ganas que me dieron de fumar un cigarro el domingo. Quería estar rodeado de humo, salir del cine apretando el mechero y dar la calada con la que podría empezar una novela, la nueva vida. Sólo estar rodeado de humo vale el precio, la hipoteca en los pulmones, el sabor malísimo de los pitillos y su rastro por la mañana, el plomo en el paladar, la resaca ardiente en la garganta. Fumar es el hábito idiota que transporta la realidad a una pequeña parcela de literatura. Por eso es impresionante. ¿Qué se puede decir del genio que inventó la combustión individual de sustancias potencialmente letales sólo por el hecho de hacer interesante a quien lo consume? Siempre me ha gustado ver a los que sujetan el tabaco con los labios mientras tienen ocupadas las manos. Entornan los ojos, aprietan la boca. El plano es perfecto.

Recuerdo a mi padre fumando en el salón con mi hermano y yo sentados junto a él, flanqueando la humareda. “No fuméis nunca”, nos advertía, y la escena tenía el resplandor amarillo y frío del humo viejo, los colores del Marlboro, las cortinas manchadas por la nicotina, el último sol cayendo detrás de los ventanales. El verano se acababa y mi madre apuraba a escondidas las colillas en la cocina, apoyando una mano en la encimera mientras daba la última calada con el grifo abierto. El chorro de agua borraba las pruebas. “No digas nada”.

Después de los recreos de la ESO había un grupo que olía a humo. Llevaban el olor pegado al cuerpo. A Pilar le olían las manos y el pelo, el chándal, hasta los ojos azules con los que prendía el alquitrán. Aquel gas nunca se gastó. Nos sacaba tres metros y cinco vidas, fumándose los cigarrillos igual que mis papelitos arrugados –cartas de confesiones– de caligrafía menuda y nerviosa que le entregaba a escondidas.

Las historias de los que fuman cinco o seis cajetillas diarias son historias de obsesiones, de fugas silenciosas, de persecuciones quietas. ¿Dónde se van, lanzados por millones de caladas? Eso que llaman cartones y el ruido al abrirlos. Los gitanillos de las Margaritas preguntaban si teníamos un sigarro radiografiando nuestro bolsillos. La sigaretta en Via Emilia, el olor de aquel estanco regentado por dos abuelos.

A mí me gustaría parecerme a Manzanares padre y sacarme el paquete arrugado de un bolsillo de la camisa. Fumar como si fuese lo más sano del día sin rutina. El vicio más chiquillo. La llama que cualquiera guarda entre los dientes. A este cigarrillo invito yo, maestro, decirle. Y esconderme un día para fumarme uno pensando que lo hago con él.

En casa, después de la mudanza, ha quedado un paquete blando de Ducados encima de una estantería. Quedan cuatro pitillos. Hay que esquivar la desagradable imagen de una garganta agujereada. La bala está dentro, el gatillo se ilumina con un simple click, viene a explicar la nefasta advertencia. En esa hipocresía nos matamos, la verdad. La gente ahora camina absorbiendo batidos multifrutas. La tragedia es doble: no encuentro ningún mechero.

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