11 de agosto – 18 de agosto

by Juan Diego Madueño

Las horas más tristes son las previas a abandonar algún sitio. Ahora en verano todo se magnifica, surgen unos significados tremendos, y las despedidas son pequeñas muertes de las que me recupero a los cinco segundos. Esos ratos son punzantes. El dolor de verdad que es físico, intenso, una especie de mareo, sufro más por decir adiós a algunos lugares que a determinadas personas. Muchas veces intento frenar al tiempo sin hacer mucho, con la simple contemplación, pero cómo va a funcionar.

El sábado volé directo desde La Toja a la redacción. Algunos lo siguen llamando oficina, como si allí fuésemos a hacer cuentas —los números del tráfico confunden a los periodistas—. El contraste, naturalmente, fue extremo. La mañana de sábado que dejaba atrás era la mejor de la semana, calurosa, despejada y sin viento —esto es muy apreciado por los veraneantes—, y en la tarde de Madrid había suciedad, un sol marrón. A la salida del metro espanté a cientos de palomas que picoteaban ociosas arroz cerca de Príncipe de Vergara.

El otro contraste fue salir del Casino para entrar a olisquear teletipos —¡las breaking!— en un intento triste de recuperar lo perdido. Sólo salió una vez el 8 negro al que aposté casi todos mis días fuera de Madrid. Unos tipos morenos, gordos y tatuados —concluimos que eran de etnia gitana— dejaban billetes de 100 resplandecientes sobre el tapete. Qué verdes. Ellos estaban forrados, nosotros nos acabábamos de duchar. Mis 20 euros tenían un tono más apagado. Estoy en un momento de mi vida en el que prefiero perder dinero que ganarlo, gastarlo en libros, taxis, copas, periódicos o frutos secos.

Me decepcionaron las peñas de Pontevedra. La plaza de toros es bonita, como un hórreo al que le pusieron un horrible capuchón de metal. El pragmatismo está acabando con todo. Al menos el taxista nos llevó en su Mercedes por la costa, obviando la autopista, hablando sobre los motivos de la subida del precio del pulpo. La culpa, entendí, la tenían los chinos. Me asusto porque muchas veces pienso que esto o aquello tiene una historia, hablo ya como ellos, anunciando las piezas que se vienen. La pereza es indescriptible. El penúltimo día manejé brevemente un barco con dos motores sorteando faros, salpicado por el agua, concentrado en mantener la vista fija en el horizonte y las manos firmes sobre el pequeño timón. Fue una sensación estupenda. Fuera, he sido el encargado de sostener un bichero durante las maniobras críticas, como en Monkey Island.

El aperitivo en la terraza del golf estaba lleno de chiquillos. Iban de un lado a otro con sus palos. No le noté nada a Carol. Clara decía que ella lo vio venir, que si estaba nerviosa o muy interesada en vernos. El abrazo fue verdadero. Será en 2019. En aquella feliz burbuja ya somos los últimos. La vida, fuera, aún no ha arrancado del todo.

Advertisements