Lo peor del verano: la sede de Playground

Anoche, mientras volvía del periódico, hice recuento del verano. Eran las cuatro de la mañana, se podía pasear por las avenidas vacías y eso era exactamente lo que hice, caminar por el asfalto haciendo equilibrio sobre las líneas pintadas. Balanceaba los brazos y me sentí un poco ridículo, la verdad. La sensación de ser diferente, estar despierto sin tener que esperar al lunes, era más fuerte. Los aparcamientos estaban completos otra vez. El chaparrón marcaba el ambiente, olía a curso nuevo, a tardecita en la papelería. Volé con una moto eléctrica bajando Serrano y en el único semáforo con cámara que encontré por el camino frené a tiempo, derrapando un buen tramo con la rueda de atrás. El chirrido se sintió en la noche vacía. No ladró ningún perro lejano, lo que hubiera completado el cuadro y el relato, lástima. Era fantástico ser la única persona despierta en dos o tres manzanas.

Llegué a la conclusión de que lo peor del verano en Madrid había sido la visita a la sede de Playground, la empresa encargada de las redes sociales del periódico. Cumplía con lo que imaginé: piso en el centro de la ciudad, espacios diáfanos, conversaciones telefónicas en inglés, ajetreo y trabajadores-marca con la actitud de quien está siempre a punto de ser fotografiado –pasa igual en algunos restaurantes– acompañados de un outfit, un hastag y un género confuso moteado de tatuajes.

Ese primer vistazo fue lo único concreto. El objetivo de la formación estaba centrado en el uso de Facebook. Acudí con interés pensando en conocer a gente interesante que perdería el tiempo mostrando sus avances para triunfar en las redes a quien sólo sabe escribir. ¡Llevé hasta un analógico cuaderno! Dos horas después, tras repasar un extenso y vaporoso power-point y escuchar a tres personas diferentes, llegué al fondo de la estrategia: los adultos se comportan como niños y hay que alimentar ese infantilismo. En medio del debate entre los tres expertos a veces resaltaba el nombre de un tipo que parecía lejano y ausente –atendía sólo por videollamada–, una especie de gurú en la nube capaz de acertar en la diana de los sentimientos con el emoticono adecuado para cada enlace. Cualquier duda podía ser resuelta por él de manera urgente, menos mal.

Al final, el nuevo trabajo es una rueda mecánica de Control C más Control V sobre un excel diferenciado con colores. Eso fue lo más extraño. Hay una enorme organización pensante detrás de ese simple gesto repetitivo. La cara de sorpresa que le va como un guante a la pieza sobre Julián Muñoz sujeta una jerarquía importantísima y exigente asentada en distintas teorías encargadas de reflejar nuestros gustos o comportamientos. El plan de una cadena de varios hombres y mujeres muy preparados consiste en colocar un fragmento de texto sobre el enlace. A eso lo llaman copy en su argot, plagado de anglicismos curiosísimos, hablaban un spanglish técnico. También hay un tipo encargado de buscar imágenes sorprendentes de los protagonistas de las historias, quizá mejor trabajo que ser segundo portero en cualquier equipo. Las envía con mucho boato. Su opinión es muy relevante. Supongo que el fondo es lo importante, programar los temas, utilizar el anzuelo adecuado, no sé, pensar que si se lleva de manera ordenada es mejor. Ordenarse, qué hallazgo.

El enlace, ya digo, se coloca y a esperar. Por las avenidas virtuales pasean las personas y allí está el medio, muy bien analizado, guiado por una niñera carísima y ciega. Ni si quieran tenían claro si su estrategia lograría el objetivo: admiro a quien gana dinero manejando suposiciones. Me resultó curioso observar la forma que tenían de señalar a Facebook, como los curas a un dios caprichoso y vengativo, viviendo en una especie de Antiguo Testamento en el que, de repente, mueres. Igual un día de estos piden sacrificar a uno de los redactores por convencer al algoritmo y vamos convocados a Playground ciegos de fe. Sospecho que si hay algún fallo siempre será culpa de la volatilidad caprichosa de la red. Los periódicos dependen de estos kiosqueros de nuevo milenio. Qué negocio.

Fueron muy amables conmigo, sujetándome ante el gran precipicio de Internet. Me hablaban despacio, abriendo mucho la boca, y en ese paisaje descubrí un escenario prácticamente vacío. Detrás de la diligencia, la paciencia y algunas sonrisas noté cierta compasión como si aquella sala de reuniones fuese Facebook, el simple mensaje disfrazado de forma exótica su gancho y yo el pobre guardia civil o la pobre ama de casa que tiene que pinchar en el enlace, comprar esa mercancía, hacerles parte del trabajo porque ellos no están los fines de semana.