Un pedo para mí

by Juan Diego Madueño

El otro día en el gimnasio la mujer que hacía abdominales agarrada a la última lista de la espaldera se tiró un pedo tan cerca de mí que pude escuchar a su vergüenza desplomarse. Simplemente se le escapó en mitad del esfuerzo un silbido sordo, un levísimo escape de gas unplugged, acústico, íntimo, sin mayores pretensiones, un soplido capaz de atravesar las mallas quedando entre nosotros dos como un regalo de la naturaleza dentro de uno de los monumentos de la impostación. No dejó de subir y bajar  las piernas, tenía muy contraído el vientre. Sonreí discretamente, casi agradecido por la generosidad de aquella confidencia, y, cuando me miró un poco triste al terminar su ejercicio, le dije mentalmente que lo sabía todo, “te he escuchado”, le susurré mediante telepatía, también que no se preocupara; no iba a decir nada, claro, quizá sí a contarlo después, esa es la verdad.

Lo comprendí perfectamente porque era justo después de comer. No había roto a sudar, su cuerpo, todavía flojo, estaba en ese fastidioso trance de coger la posición adecuada entre decenas de personas empapadas, con el ambiente cargado, todo un poco a medias para ella, lanzada al ejercicio de manera repentina. El cuesco acentuó la incomodidad de su situación, le puso un marco. Quedó la misma sensación que se siente cuando algo te obliga a abandonar la ducha sin estar completamente mojado, esa sustancia sucia, maloliente, viscosa y ahumada que es la primera agua fue la pequeña flatulencia que compartimos de manera improvisada. Por un momento esperé al olor como se espera al trueno pero no sucedió nada, por lo que el compromiso no adquirió nuevas profundidades. Lo fétido me habría obligado a desenmascararla con algún gesto sutil, supongo que cambiando de sitio.

Luego, se levantó y no la volví a ver, abandonando la esterilla gris. Los demás seguían con su actividad, tan peinados los hombres, maquilladas las mujeres, a mí me goteaba la nariz y la camiseta de propaganda se me pegaba al cuerpo. A veces huele a colonia y sudor frío. Esa aparición gaseosa –fugaz– fue una metáfora sobresaliente sobre el significado de septiembre en Madrid después de otro agosto solitario y maravilloso: la vuelta a la rutina del resto se pee en mi cara. Bienvenida.

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