El monstruo de la madurez

by Juan Diego Madueño

Para obligarme a escribir comienzo a teclear de forma aleatoria y van apareciendo frases con alguna conexión entre sí. A veces me hablo a mí mismo, utilizando el folio en blanco como un espejo al que me grito lo que pienso. Sólo yo sé cómo soy en realidad y me lo digo sin medias tintas, a la cara. Me permito un poco de agresividad contra esa persona que espera a escribir mientras aguanta el tiroteo de verdades. Suelto cosas desagradables que jamás reconocería en público, insultos verdaderos y sangrantes, para esculpir una fotografía realista de lo que soy a través de los defectos. Mis palabras van cayéndome como dardos certeros, aniquilándome un poco, practico bulliying conmigo mismo, y así me motivo para sacar algo en claro cuando me bloqueo o enfermo de pereza, que es lo habitual. Después de un mes sin pulsar una tecla, ese proceso me ha permitido completar este párrafo. He borrado las primeras líneas de improperios y críticas.

En los últimos días he recibido la visita del monstruo de la madurez. Apenas me queda algo más de medio año para cambiar de década. El lunes llamó a la puerta para ver cómo iba todo, provocando nuestro primer encuentro tras años evitándolo. Fue sonada mi forma de escabullirme cuando llegué a Madrid y desde entonces me buscaba. Cambié dos veces de domicilio pero ha logrado encontrarme. Con el aspecto de un padre de familia estándar, sus gestos eran graves, entró en casa sin preguntar, se puso cómodo mientras encendía un cigarro. Me ofreció un contratito de cinco días con horario de panadero y un plan perfecto para acostumbrarme al antro de la vida normal, tan lejanas ya las horas dulcemente desperdiciadas de los últimos meses. Asistí atónito a su conferencia, paseaba por el salón a la vez que hablaba y señalaba un power point. La palabra ahorrar estaba repetida en cada diapositiva, la consigna era clara. No fue muy bien recibido por mi yo posadolescente, al que le cae bastante mal la realidad, hubo un pequeño forcejeo cuando mencionó algo sobre reducir las tertulias entre semana en Richelieu. Se mantuvo firme colocando la hoja de ruta a seguir los próximos años en la puerta del frigorífico: esto ya ha empezado.

El proceso está siendo un poco extraño: de los 16 a los 25 fui un adulto adelantado con prisa por tener una vida ejemplar y ahora soy un joven tardío sin perspectiva ni paciencia, cómodo en el sofá, abrumado por las ambiciones, pasando los ratos en Insta y paralizado. Hago malabares con una ansiedad nueva que ya se cobró la peor víctima: el volumen de mis rizos. Supongo que la ilusión por escribir ya no se pasa en el Café Gijón sino navegando por Internet viendo a otros triunfar, leyendo sus artículos, escuchando sus músicas, viendo sus películas. Los 30 me esperan en el chalé hortera de las afueras de la vida y a mí me apetece seguir tirado en este descampado.

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