Lo de Italia está gastadísimo

by Juan Diego Madueño

Este fin de semana viajé a Milán para hablar de toros. Posiblemente sea lo más exótico que he hecho nunca, chapurrear italiano delante de una docena de personas en un local lejano al Duomo llamado Punto Flamenco. Dentro, en un salón con biombos y sillas monísimas, había un almohadón como un estrado líquido ocupando el centro de la habitación. Pensé que el resumen de la temporada lo haría sentado ahí, medio tumbado, con una actitud distraída, consultando de vez en cuando el cuaderno de notas y mirando a los ojos a alguna italiana guapísima, con fluidez en el idioma y el carisma de los desganados. Sin embargo, nos dirigimos hacia el interior del lugar, a una habitación más pequeña, oculta, supongo que tendría ventanas. A la mesita le colgaba una muleta a modo de decoración. Desde ahí hablaría, en compañía del presidente del club. Paolo me miraba con sus gafas redondas y esos rizones castaños. La gente me rodeó expectante: a los cinco minutos una señora dormitaba mientras yo trataba de conjugar verbos paralíticamente. Poco a poco conseguí rebajar el exotismo hasta el nivel canapé-en-la-Maestranza consiguiendo dormir profundamente a la pobre anciana.

Quería escribir en realidad sobre mi primer viaje a Italia siete años después de volver de Módena y tenía una frase preparada: “el Erasmus es una tortura en diferido”, para hablar de las nostalgias y cómo se acumula el tiempo y el retrovisor se hace cada vez más pequeño. En realidad ya no lo siento de esa forma, quizá porque tengo el tema gastadísimo. Alguna vez pensé que si lo guardaba llegaría el día en el que pudiera describirlo magníficamente. Me habría gustado escribir en otro momento algo lacrimógeno que conectara con todos los que alguna vez han vivido asalvajados y subvencionados nueve meses en otro país pero, sencillamente, se ha agotado. La única tortura es recordarse a uno mismo que ya fue feliz, que tuvo tiempo libre y que conoció a gente y recordárselo a otros. Reconozco esas miradas de impaciencia cuando cometo la torpeza de contar alguna aventura, nunca son tan graciosas. Una buena cantidad de dinero público ha chafado la vida a varias generaciones de jóvenes convirtiéndolos en viejos instantáneamente, atiborrados de experiencias antes de empezar a vivir.

Fui un invitado sencillo en Milán, Turín y Alba, al que algunos socios se turnaron como una antorcha, y me dejé hacer, feliz de ser escuchado, hasta que cogí las riendas un segundo y derramé una copa de grappa. En el Langhe llueve despacio.

Iba preparado para aterrizar en Italia casi una década después. No sentí nada. Ni yo puedo estar a la altura de mis propias expectativas.

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