Un lunes perfecto

by Juan Diego Madueño

Mi lunes perfecto siempre es el mismo e incluye planes como si viviera de algunas pequeñas rentas heredadas o de los royalties de una novela mediocre y pudiera permitirme desayunar fuera, pasear observando el primer atasco del día, ir al cine, entrar en algún museo, tomar el aperitivo y leer algún diario o comprar algún libro nuevo en las dos o tres librerías que tengo localizadas cerca. Normalmente no ocurre eso, sino que me levanto demasiado tarde para presenciar el atasco a primera hora, me entretengo usando el móvil en la cama, desayuno mal, leo por internet, curioseo títulos de libros en Amazon, y así hasta la hora de comer, deslizando minutos de las mañanas de los lunes que el turno de la redacción me cambia por la noche de los viernes.

Madrid tiene esa influencia terrible por la que uno cree que suceden cosas interesantes continuamente y se las está perdiendo. Eso me agobia, consigue paralizarme. Pocas veces salto a la calle cuando el resto trabaja para ver qué pasa. Cuando ocurre, es a horas complicadas y vagabundeo buscando algún destello, la terraza en la que sentarme o el personaje al que seguir discretamente un rato, miro de reojo a algunas chavalas, intento leer los labios de las conversaciones, me las subtitulo. No utilizo el metro desde hace meses. Siento el alivio de ir a contracorriente, eso me sitúa en algún puesto entre los imbéciles. Durante tres semanas trabajé como comercial de una aplicación para bares, si es que vale como aventura en Madrid.

Este lunes comencé a caminar por Velázquez sin rumbo veinte minutos antes de las dos, un poco agobiado, viéndome en el vertedero de las mañanas en casa. En esta ciudad se reforman pisos sin freno, los obreros dan unos golpes tremendos, y en esos sonidos naufrago un poco. Las reformas son el drama silenciado de Madrid. No sé por qué llegué hasta El Prado. La fiestecita del segundo centenario había acabado, los trabajadores saludaban enajenados hacia mi dirección, como chiquillos. Miré hacia atrás. Sólo estaba yo. Sin entrar al museo, volví inmediatamente a casa en una de esas motos eléctricas de soltero, que sólo tienen un casco y parecen tuneadas en tonos verdes.

Me sorprendí a mí mismo cogiendo el paraguas el miércoles tras observar el nublado. Siempre me ha parecido una aberración anticiparse de esa forma tan pesimista y, por lo tanto, realista. Igual que en esas noches universitarias nunca llevaba preservativos en la cartera porque prefería el placer de ser yo el culpable del fracaso. En esos casos no me gustaba ser tan optimista, me producía una pereza indescriptible la obligación de intentarlo. La ausencia de paraguas y condones ha provocado situaciones descacharrantes, me he mojado más veces de las que creía, para mí eso es lo más interesante, ser feliz sólo en la meta es triste: todos los polvos que quedaron flotando en el ambiente también me los cuento.

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