Mi patética adicción

by Juan Diego Madueño

No puedo dejar de comerme las uñas. Disfruto arrancándome pedazos de mi cuerpo con los dientes. Lo hago de forma automática o señalando un objetivo difícil —las mezclas de piel y uña son muy preciadas— y no paro hasta masticarlo. Eso dice de mí varias cosas. No sé explicar exactamente qué. Sólo puedo interpretar las conclusiones, los mensajes que voy dejando por ahí al airear los dedos erosionados, pero soy incapaz de concretar el resultado de añadir este defecto estéticamente desolador a la imagen que proyecto. Imagino algo por comparación: me horroriza descubrir en la gente uñas vaciadas, pegadas a la carne, restos enrojecidos o pequeñas heridas abiertas en la zona cero. Cambia radicalmente mi percepción sobre esas personas y me acojono si pienso que el resto me ve así, una persona débil o algo parecido, como si hubiera crecido con un escalón mental sin superar. Cristiano Ronaldo tiene unas uñas lamentables que le desmontan un poco. Algo falla. Lo pienso de mí cuando me las veo en fotos. “Eres un tipo patético”, me digo. Por eso a veces escondo las uñas cerrando el puño si echo el brazo sobre alguien. También junto muchos los dedos al coger cualquier objeto frente a otra persona.

Con los años, esta enfermedad ha empeorado irremediablemente. En Primaria le cogí el gusto a lamer la guindilla que rociaba mi madre sobre mis manos. Disfruté del sabor agrio de un líquido que vendían en la farmacia, un pintauñas medicinal transparente. No ha servido el acoso al que he sido sometido durante años por mi familia cada vez que me descubrían con los dedos en la boca. Sus reproches alimentaban la obsesión. Me aíslo de la realidad mientras afeito las garras agotadas, como quien bebe sediento de una fuente de la que sólo se escapa ya un hilo de agua. Siento alivio cuando consigo llegar a los recovecos inaccesibles, las rugosidades, la última esquirla de uña, pero al momento me arrepiento, me limpio y procuro no pensar más en ello. Inconscientemente, a los pocos minutos estoy otra vez martilleando cualquiera de los dedos.

Una vez dije que sucedía por nerviosismo ­—“estoy nervioso”, me excusé— sin conocer en realidad por qué lo hago. Nunca lo he sabido. Desde entonces tengo que aguantar preguntas lamentables sobre si estoy nervioso en situaciones evidentemente relajadas. En realidad me sirve para concentrarme. Es un círculo vicioso. Cuando me bloqueo, me distraigo. Si me distraigo es para morderme los dedos. Y a su vez me ayuda a desatascar ideas. Las frases aparecen cuando aprieto mis pequeños muñones. Mejor si me araño finamente con las aristas sin consumir; lo he convertido en una atrocidad. Sólo he podido llegar hasta aquí gracias a una sobredosis, arrancando letras y padrastros.

Dos veces he conseguido enlazar varios meses sin hacerlo. Nunca me lo propongo. Primero durante el Erasmus y después el pasado invierno, hace justo un año. Siempre pasa lo mismo, poco a poco me disuelvo hasta que apenas me quedan ya meñiques. Esa es la luz verde para atacar al resto. La dimensión real del problema la descubro ahora. Entre frases golpeo de forma inconsciente unas uñas con otras, mientras pienso lo que sigue el anular ataca al pulgar, poso el corazón sobre los labios, me toco las mejillas, la nariz, la barbilla, bordeando siempre la esquina del crimen, los pasos que me llevan al callejón oscuro del subconsciente. Ahora mismo hay saliva en el teclado. Algunos restos blancos alrededor de las teclas. De un índice apenas se distingue la línea dura sobre la piel. Esta adicción patética palpitaba mientras intentaba desgranarla.

Advertisements