El otro Juan Diego

En Córdoba, durante la Navidad, volví a ver al holograma de mí mismo corretear por las calles. No pasa siempre, al contrario, sólo en determinados momentos. Si la realidad era propicia aparecía este otro Juan Diego sin gafas, afeitado y peinado con gomina. No hemos cruzado ni una palabra pero lo sé: es un viejoven prejuicioso, con convicciones ardiendo como antorchas y feliz en la parcelita de la vida que abarca abriendo un palmo. Tiene cara de frase condicional. Al menos no es como los fantasmas malencarados de Dickens, auténticas pesadillas. Este monstruo respeta el sueño; se dejaba caer con el primer sorbo de las copas, estuvo a mí lado en el ambiente distendido cargado de amigos, paseó por las noches de abrazos y felicitaciones, saludaba efusivamente a la gente con la que ya sólo intercambio un gesto furtivo.

Al otro Juan Diego me lo encuentro desde hace tres años, siempre en las mismas fechas. La Navidad es el ambiente perfecto porque estamos todos de vuelta, apelmazada la ciudad con balizas que señalan qué sería ahora. El holograma salta de una a otra. Encontrarme con el Juan Diego transparente activa un presente que no vivo. Lo sintoniza exponiendo las situaciones que, simplemente, quedaron atrás por las decisiones tomadas en lo últimos años. Si aparece, trae el aroma de los momentos. La primera vez que lo vi fue en el McCauto del Brillante, lugar de referencia para toda una generación. Olí los días de la casa de Quino y los chistes y el whisky al verlo pedir varios menús mientras agitaba una tarjeta universitaria caducada. La presencia del espectro-del-otro-presente es fundamental porque ni yo mismo sé qué he hecho en estos años. De algún modo, instantes o personas reales activan a este ser navideño para vivir la existencia de la que me fui, exponiendo como la mercancía de un mantero la otra vida que surge bajo mis elecciones. Toman cuerpo por contraste y me permiten, más o menos, entender lo que soy.

Sin embargo, esta Navidad cambió, y no sólo actuaba por los bordes del presente, sino que me emboscó con algunos recuerdos. El otro Juan Diego me esperaba por las esquinas agazapado en el pasado. Lo encontré apoyado en un portal de Jesús y María, como esperando. También estaba tirado en la escalinata del Museo Arqueológico con una americana de terciopelo a medio quitar y la bragueta abierta. Desde el Angelillo, lo vi gateando por la puerta de la antigua discoteca Cibeles, apuntando las arcadas al espacio entre dos coches. Son ejemplos de la selección de rincones en los que vomité etílico o le metí mano a alguna chavala, esquinas del mapa de Córdoba –un tesoro– que tengo marcado con pes: petting o pota. Desde fuera, el resto me habrá visto mirando a la nada, distraído, concentrado en una pared cualquiera. No saben que ante mí se sucedían estas espantosas escenas representadas por una presencia fantasmagórica.

La presencia de este tipo me resulta incómoda pero reconozco que en el fondo me gusta. Proyecta la sombra de un personaje divertido y simple, extrovertido hasta la exageración, al que alguna vez he seguido en secreto, vagando por las madrugadas frías de la Judería, trastabillándome alcoholizado al pasar por las Tendillas, espiándolo oculto detrás de los setos de Cruz Conde. Hay algo adictivo en ser espectador de los trozos de vida que dejé atrás. Otras noches me sigue él a mí. Lo descubro traspasando los taxis parados, apurando por las esquinas, en medio del vial rodeado de coches en marcha. Intenta camuflarse por detrás sin éxito: siempre lo pillo. Acelera cuando llego a casa. Giro la llave y antes de acostarme ya se ha fundido conmigo.

Al día siguiente, siempre es el último día, compruebo, todavía en la cama, obligado por el otro Juan Diego, si existe la opción de viajar en algún tren que salga más tarde de Córdoba. Me abruma la obligación de hacer la maleta. Nunca encuentro nada de lo que me tengo que llevar. Doy vueltas por casa sin sentido. Me siento en la cama a esperar no sé qué sin hacer nada. Mi madre dice que espabile, que siempre se me olvidan las llaves y el cepillo de dientes, porque no conoce a esta presencia que actúa por mí; simplemente no tengo la culpa. Voy arrastrándome hasta la estación cargando, además del equipaje, con este otro yo, un lastre que me obliga a visitar siempre el kiosko cuando en la tabla de horas parpadea mi tren, ir al baño o, simplemente, ralentizar mi marcha sin ningún motivo. En el control de seguridad me miran raro si hago aspavientos para quitármelo de encima. Arranca el convoy y por fin se esfuma hasta la próxima vez. En ese momento llega la misma odiosa resaca de siempre: una estúpida ilusión sobre lo fácil que sería vivir de otra manera.

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